Pasion Prohibida Capitulo 89 El Fuego Oculto
El aroma del mole poblano flotaba en el aire de mi penthouse en Polanco, mezclado con el dulzor de las velas de vainilla que acababa de encender. Mi corazón latía como tambor en fiesta patronal, neta, cada vez que pensaba en él. Javier, el mejor amigo de mi hermano, el que me hacía mojarme con solo una mirada. Mi hermano estaba de viaje en Monterrey por negocios, y yo, Ana, de veintiocho pirulos, había invitado a Javier a cenar. "Solo platicamos", me dije, pero las mentiras que me contaba a mí misma eran más calientes que el chile en nogada.
La puerta sonó, y ahí estaba él, con esa camisa ajustada que marcaba sus pectorales chonchos, el olor a su colonia terrosa invadiendo el espacio. Órale, qué chulo, pensé, mientras lo abrazaba un poquito más de la cuenta, sintiendo el calor de su pecho contra mis tetas. "Ana, qué buena onda que me invitaste, carnala", dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Nos sentamos a la mesa, el vino tinto corriendo como río, las risas llenando el lugar. Hablamos de todo y nada, pero sus ojos cafés se clavaban en mis labios, y yo sentía el cosquilleo entre las piernas, como si ya me estuviera tocando.
Esto es pasion prohibida capitulo 89, me dije en la cabeza, imaginando nuestra historia como esas novelas que leo a escondidas, donde el deseo gana siempre.
La cena terminó, y puse música, un bolero suave de Armando Manzanero que nos envolvió como niebla. "Baila conmigo", le pedí, y él se acercó, su mano grande en mi cintura, el roce de sus dedos enviando chispas por mi espinazo. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo contenido. Nuestros cuerpos se pegaron, mis caderas moviéndose contra las suyas, sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre. "Ana, no deberíamos", murmuró, pero su aliento caliente en mi cuello decía lo contrario. Lo miré, mordiéndome el labio: "Pero sí queremos, pendejo".
Sus labios cayeron sobre los míos como tormenta, saboreando a vino y a menta, su lengua explorando mi boca con hambre de lobo. Gemí bajito, el sonido ahogado en su beso, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona. Lo empujé hacia el sofá de piel italiana, el tacto fresco contrastando con el fuego de nuestras pieles. Me quité el vestido negro ajustado de un jalón, quedando en encaje rojo que compré pensando en él. Sus ojos se oscurecieron, devorándome: "Eres una diosa, Ana, qué chingonería".
Se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre, el rastro de saliva fresca haciendo que mi piel se erizara. Escuchaba mi propia respiración agitada, el latido de mi pulso en las sienes. Sus dedos enganchados en mi tanga, la bajaron despacio, revelando mi coño ya mojado, brillando bajo la luz tenue. "Mírate, tan rica", gruñó, y su lengua tocó mi clítoris, un lametón largo que me hizo arquear la espalda. Sabía a sal y miel, pensé, mientras sus labios chupaban suave, luego fuerte, el sonido húmedo de su boca en mí llenando la sala. Mis manos en su cabello negro, tirando, guiándolo: "Sí, así, Javier, no pares, cabrón".
El placer subía como ola en Acapulco, mis muslos temblando, el olor a sexo empezando a perfumar el aire. Me corrí con un grito ahogado, el mundo explotando en colores, mi jugo en su barbilla. Él se levantó, quitándose la camisa, revelando ese torso moreno y marcado por horas en el gym. Lo jalé hacia mí, desabrochando su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la dureza como acero caliente. "Te la chupo hasta que ruegues", le dije coqueta, y bajé, lamiendo la punta, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta. Él gemía ronco, "Qué mamacita tan pinche buena", sus caderas empujando suave.
No aguantamos más. Lo monté en el sofá, guiando su pija a mi entrada húmeda, hundiéndome despacio. Qué estirón tan rico, el llenado completo, tocando fondo. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros como piedras. El slap slap de piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos, el aroma almizclado de nuestra pasión. "Más duro, Ana, chíngame con todo", pedía, y yo aceleré, mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, el roce en mi G, building el segundo orgasmo.
Esto es prohibido, pero qué chido es romper las reglas, pensé, mientras él volteaba las tornas, poniéndome a cuatro en el sofá, embistiéndome desde atrás con fuerza animal. Su vientre chocando mis nalgas, bolas golpeando mi clítoris, el placer punzante.
Me jaló el cabello suave, besando mi cuello, mordisqueando la oreja: "Te amo, Ana, desde siempre". Sus palabras me derritieron, el lazo emocional apretando mi pecho tanto como su verga mi coño. Cambiamos a misionero en la alfombra persa, piernas en sus hombros, penetrando profundo, ojos en ojos. El sudor goteaba de su frente a mis tetas, el sabor salado cuando lo lamí. "Córrete conmigo", jadeé, y él gruñó, hinchándose dentro, el chorro caliente llenándome, mi tercer clímax explotando en estrellas, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo.
Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados, el corazón tronando al unísono. Su piel pegajosa contra la mía, el olor a sexo y amor flotando. Me acurruqué en su pecho, escuchando su pulso calmarse, besando su piel salada. "Mi hermano nunca lo sabrá", susurró, acariciando mi cabello. Sonreí, sabiendo que esta pasión prohibida capítulo 89 no sería la última. El deseo prohibido nos unía más que cualquier lazo familiar, y en la quietud de la noche, con la ciudad brillando afuera, supe que valía cada riesgo. Mañana fingiríamos normalidad, pero esta noche, éramos libres, empapados en placer puro.