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Noche de Pasion Desenfrenada

7034 palabras

Noche de Pasion Desenfrenada

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio que solo la Ciudad de México sabe armar. Luces de neón parpadeando en las fachadas de los bares, el aroma a tacos al pastor flotando en el aire mezclado con el perfume caro de las chavas que desfilaban por la Reforma. Yo, Alejandro, acababa de salir de una junta eterna en la oficina, pero en lugar de irme a la casa, decidí entrarle al mood. Neta, necesitaba soltar el estrés. Entré al bar La Diabla, uno de esos antros chidos con música en vivo y meseras que te miran como si ya supieran lo que quieres.

Allí la vi. Se llamaba Valeria, o al menos eso me dijo cuando le invité el primer trago. Pelo negro largo hasta la cintura, ojos cafés que brillaban como el tequila reposado bajo la luz tenue, y un vestido rojo ceñido que marcaba curvas que me pusieron a sudar de inmediato. "¿Qué onda, guapo? ¿Vienes solo o esperas compañía?" me soltó con una sonrisa pícara, su voz ronca cortando el ruido de la banda norteña que tocaba El Sinaloense.

Platicamos un rato, riéndonos de pendejadas. Ella era de Guadalajara, pero vivía aquí por trabajo en una galería de arte. Hablaba con ese acento tapatío que me erizaba la piel, soltando órale y no manches como si nada. El deseo empezó a picar bajito, como un hormigueo en el estómago. Le conté de mi pinche rutina de contador, y ella se rio, tocándome el brazo. Su piel era suave, cálida, y olía a vainilla y algo más, algo que me hacía imaginarla sin ese vestido.

¿Y si esta noche de pasion desenfrenada es para mí? Neta, esta morra me prende como nadie.

El trago se nos acabó rápido, y cuando la banda aceleró con un corrido tumbado, la invité a bailar. Sus caderas se movían contra las mías al ritmo del bajo, el sudor empezando a perlar su cuello. Sentí su aliento en mi oreja, caliente, mientras me susurraba: "¿Sabes? Me caes bien chido, Alejandro. ¿Vamos a otro lado?" Mi corazón latió fuerte, como tambor en desfile. Sí, cabrón, esta es la buena.

Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche golpeándonos la cara. Caminamos unas cuadras hasta mi depa en una torre con vista al skyline. En el elevador, no aguantamos más. La besé, sus labios carnosos sabiendo a tequila y menta, su lengua jugando con la mía en un duelo húmedo y ansioso. Sus manos me apretaron la nuca, y yo bajé las mías por su espalda hasta esa nalga firme que me volvía loco. ¡Qué chingón se siente esto! El ding del elevador nos separó un segundo, pero ya íbamos encendidos.

Adentro, cerré la puerta y la arrinconé contra la pared del pasillo. Le quité el vestido de un jalón, revelando lencería negra que me dejó boquiabierto. Sus tetas perfectas, pezones duros como piedras preciosas, subiendo y bajando con su respiración agitada. "Te quiero ya, wey", jadeó ella, desabrochándome la camisa con dedos temblorosos. La cargué hasta la recámara, su risa ronca llenando el cuarto mientras la tiraba en la cama king size. El olor a sábanas frescas se mezcló con su aroma almizclado de excitación, ese que te hace babear.

Me quité la ropa rápido, mi verga ya dura como fierro palpitando al aire. Valeria se lamió los labios, mirándola con hambre. "Ven, déjame probarte". Se arrodilló en la cama, su boca caliente envolviéndome de golpe. Sentí su lengua girando alrededor de la cabeza, chupando con fuerza, saliva resbalando por el tronco. Gemí fuerte, mis manos enredadas en su pelo, el sonido húmedo de su succión mezclándose con mis jadeos. ¡Puta madre, qué rica chupada! La dejé un rato, pero no quería acabarme todavía. La empujé suave hacia atrás, besando su cuello, bajando por sus tetas. Mordí un pezón, succionándolo hasta que gritó de placer, su piel erizándose bajo mi lengua.

Le abrí las piernas, admirando su panocha depilada, ya mojada y brillante. Olía a deseo puro, dulce y salado. Metí un dedo, luego dos, sintiendo cómo se contraía alrededor, caliente y resbalosa. "¡Sí, así, cabrón! Fóllame con los dedos", rogó ella, arqueando la espalda. Aceleré, mi pulgar en su clítoris hinchado, escuchando sus gemidos subir de tono, el colchón crujiendo bajo nosotros. Su primer orgasmo llegó rápido, su cuerpo temblando, jugos empapando mis dedos mientras gritaba mi nombre.

Pero esto era solo el principio. La volteé boca abajo, su culo en pompa invitándome. Besé sus nalgas, lamiendo hasta llegar a su ano, juguetón, mientras ella se retorcía. "¡No mames, qué rico!" Ponme un condón, pedí, y ella lo sacó de su bolso como experta. Me lo puso con la boca, mirándome con ojos lujuriosos. Me posicioné atrás, frotando mi verga contra su entrada húmeda. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, caliente y viva. ¡Espectacular, wey!

Empecé a bombear, lento al principio, saboreando cada embestida. El slap slap de piel contra piel, sus gemidos ahogados en la almohada, el sudor chorreando por mi espalda. Aceleré, agarrándola de las caderas, mis huevos golpeando su clítoris. Ella se empujaba contra mí, pidiendo más fuerte. "¡Dame verga dura, Alejandro! ¡Hazme tuya!" Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, sus tetas rebotando, uñas clavándose en mi pecho. Yo desde abajo, pellizcándole los pezones, sintiendo su coño ordeñándome. El cuarto olía a sexo puro, a sudor y placer.

Esta noche de pasion desenfrenada me está volando la cabeza. Nunca había sentido algo tan intenso, tan neta.

La puse de lado, una pierna en alto, penetrándola profundo mientras le besaba la boca. Nuestros cuerpos resbalosos, el heartbeat latiendo en sincronía. Sentí el clímax construyéndose, esa presión en las bolas. "Me vengo, Valeria... ¡juntos!" Ella asintió, masturbándose el clítoris. Exploto dentro, oleadas de placer sacudiéndome, mi semen llenando el condón mientras ella se convulsionaba en su segundo orgasmo, chillando como loca. Nos quedamos pegados, jadeando, el silencio roto solo por nuestras respiraciones.

Después, nos duchamos juntos, el agua caliente lavando el sudor, pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, besos lentos bajo el chorro. Salimos envueltos en toallas, nos echamos en la cama con una chela fría. "Eso fue chingón, ¿verdad?" dijo ella, acurrucándose en mi pecho. Su pelo húmedo oliendo a shampoo de coco. Yo la abracé, sintiendo su corazón calmarse contra el mío.

Platicamos hasta el amanecer, de la vida, de sueños locos. No fue solo sexo; hubo conexión, risas, esa chispa que te hace querer más. Cuando se fue, con un beso largo en la puerta, supe que esta noche de pasion desenfrenada cambiaría algo en mí. El sol saliendo sobre la ciudad, yo sonriendo como pendejo. Neta, la vida es chida cuando pasa esto.

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