Pasión de Gavilanes Capítulo 88 Fuego en la Sangre
La noche en la hacienda de Jalisco se sentía como un velo de terciopelo caliente cubriendo todo. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina mezclada con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Sofia caminaba descalza por el pasillo empedrado, su camisón de algodón blanco rozando sus muslos con cada paso, enviando chispas de anticipación por su piel. Hacía calor, pero no era solo el clima; era él, Mateo, el capataz que había contratado hacía meses y que ahora ocupaba cada rincón de sus pensamientos.
Desde que vio Pasión de Gavilanes capítulo 88 esa tarde en la tele del porche, no podía sacarse de la cabeza esa escena ardiente entre los amantes. La pasión de gavilanes, con sus miradas fieras y cuerpos entrelazados, había despertado algo salvaje en ella. "Neta, qué chingón", murmuró para sí, recordando cómo la protagonista se entregaba sin reservas. Sofia, viuda a los treinta y cinco, con curvas que el sol mexicano había dorado a la perfección, se sentía lista para su propia versión de esa pasión.
Llegó a la puerta de la recámara de Mateo, el corazón latiéndole como tambor de mariachi. Golpeó suave con los nudillos, pero antes de que respondiera, empujó la puerta. Él estaba ahí, sentado en la cama con el torso desnudo, sudado del día de trabajo en los campos. Sus músculos brillaban bajo la luz tenue de la lámpara de petróleo, pectorales firmes y abdomen marcado como si hubiera sido esculpido por las manos de un dios ranchero. Olía a hombre puro: sudor limpio, cuero y un toque de tabaco.
¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es una locura, pero lo quiero tanto que duele, pensó Sofia, mordiéndose el labio inferior.
¿Sofía? ¿Qué onda, mi reina? ¿Todo bien?
preguntó Mateo con esa voz grave, ronca, que le erizaba la piel. Se levantó lento, como un felino acechando, sus ojos cafés clavados en ella con hambre pura.
No aguanto más, Mateo. Vi esa novela, Pasión de Gavilanes capítulo 88, y me prendió fuego. Quiero que me hagas tuya como en esa escena, sin frenos, sin miedos
, confesó ella, cerrando la puerta con un clic que sonó como promesa.
Él sonrió de lado, ese gesto pícaro que la volvía loca. ¿En serio? Entonces ven, mamacita, déjame mostrarte lo que es pasión de verdad
. La tomó de la cintura, atrayéndola contra su pecho duro. Sus manos grandes, callosas del trabajo, subieron por su espalda, desatando el lazo del camisón. La tela cayó al suelo como una cascada blanca, dejando su cuerpo expuesto: senos plenos con pezones oscuros ya erectos, vientre suave y caderas anchas invitando al pecado.
El beso llegó como tormenta. Sus labios se devoraron, lenguas danzando con sabor a tequila de la cena y deseo crudo. Sofia sintió su erección presionando contra su vientre, dura como hierro forjado, y un gemido escapó de su garganta. Su piel quema, sabe a sal y aventura, pensó mientras sus dedos se hundían en el cabello negro y revuelto de él.
La llevó a la cama, tumbándola sobre las sábanas ásperas que olían a él. Mateo se arrodilló entre sus piernas, besando su cuello, lamiendo el hueco de su clavícula donde latía su pulso desbocado. Bajó lento, torturándola con la barba incipiente raspando sus senos. Chupó un pezón, succionando con fuerza que la hizo arquearse, mientras su mano libre exploraba el interior de sus muslos, rozando los labios húmedos de su sexo.
Estás chorreando, mi amor. Tan mojada por mí
, gruñó él, metiendo un dedo grueso en su calor resbaladizo. Sofia jadeó, las caderas moviéndose solas, buscando más. El sonido húmedo de su excitación llenaba la habitación, mezclado con sus respiraciones agitadas y el canto lejano de los grillos afuera.
Pero no era solo físico; en su mente, Sofia luchaba con el recuerdo de su matrimonio frío, de noches vacías. Esto es mío, lo elijo yo. Mateo me hace sentir viva, poderosa. Le jaló el cabello, guiándolo más abajo. Chúpame, cabrón. Hazme volar
.
Mateo obedeció con devoción, su lengua plana lamiendo desde el clítoris hasta la entrada, saboreando su miel salada y dulce. Ella gritó suave, las uñas clavándose en sus hombros. El placer subía en olas, tensando cada músculo, hasta que explotó en un orgasmo que la dejó temblando, el cuerpo convulsionando mientras él lamía sin piedad, prolongando el éxtasis.
Se incorporó, quitándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de pre-semen. Sofia la miró hipnotizada, extendiendo la mano para acariciar, sintiendo el pulso caliente bajo la piel sedosa. Te la chupo yo ahora, mi rey
, dijo con voz ronca, incorporándose para tomarla en la boca. La saboreó, salada y masculina, succionando la punta mientras su mano bombeaba la base. Mateo gruñó, las caderas empujando leve, ¡Órale, qué rica boca tienes! Pero no quiero acabar así
.
La volteó boca abajo, poniéndola a cuatro patas. El colchón crujió bajo su peso cuando se posicionó atrás, frotando la punta contra su entrada empapada. Dime que la quieres, Sofía. Dime que eres mía
.
Sí, métela toda, hazme tuya como en Pasión de Gavilanes capítulo 88
, suplicó ella, empujando hacia atrás. Entró de un solo golpe, llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardiente la hizo gritar de placer, sus paredes apretándolo como guante caliente. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda rozando ese punto que la volvía loca. El slap-slap de carne contra carne resonaba, sudor goteando de su espalda a la de ella.
La intensidad creció. Mateo aceleró, una mano en su cadera, la otra enredada en su cabello largo, tirando suave para arquearla más. Sofia sentía cada vena de él deslizándose dentro, el roce en su clítoris con cada choque de pelvis. Es como fuego en las venas, no puedo más, pero quiero eternidad. Gemía sin control, palabras sueltas: Más duro, pendejito, rómpeme
.
Cambiaron posiciones, ella encima ahora, cabalgándolo como amazona en su corcel. Sus senos rebotaban con cada salto, manos de él amasándolos, pellizcando pezones. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y sudor, mientras el clímax se acercaba. Sofia rodó las caderas, frotando su clítoris contra el pubis de él, hasta que el mundo explotó en blanco. Gritó su nombre, contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo.
Mateo la volteó de nuevo, embistiendo salvaje unas últimas veces antes de gruñir ronco, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer en aftershocks. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. Su semen goteaba entre sus piernas, cálido recordatorio de su unión.
Minutos después, en la quietud, él la besó la frente, suave. Eres mi pasión, Sofía. Como esas gavilanes, fieros y libres
. Ella sonrió, acurrucándose en su pecho, escuchando el latido calmado de su corazón. Esto es lo que necesitaba: entrega total, sin cadenas. Mañana será otro día, pero esta noche es nuestra eternidad.
El viento nocturno susurraba promesas afuera, y en la hacienda, la pasión de gavilanes capítulo 88 había cobrado vida en sus pieles, dejando un fuego que no se apagaría fácil.