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Il Divo Amor y Pasión Desnuda

6774 palabras

Il Divo Amor y Pasión Desnuda

La noche en la Ciudad de México se sentía como un abrazo caliente y pegajoso. Yo, Ana, acababa de llegar a mi depa en la Condesa después de un día eterno en la oficina. El aire olía a jazmín de los balcones vecinos y a tacos de la taquería de la esquina. Me quité los tacones con un suspiro de alivio, sintiendo cómo el piso fresco de losa me masajeaba las plantas de los pies. Neta, necesito algo que me saque esta tensión, pensé mientras ponía play a mi playlist favorita: Il Divo Amor y Pasión. Esas voces masculinas graves y sedosas siempre me ponían la piel chinita, como si me susurraran secretos al oído.

Estaba en la cocina sirviéndome un mezcal con limón cuando sonó el timbre. Era Marco, mi vecino del piso de arriba, el moreno alto con ojos cafés que parecía sacado de un anuncio de tequila. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados.

¡Órale, qué chulo se ve esta noche!
me dije, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

—Ey, Ana, ¿me prestas tu cargador? Se me acabó la pila y tengo que mandar un mensaje urgente —dijo con esa sonrisa pícara que me derretía.

Lo invité a pasar, y mientras buscaba el cargador, las voces de Il Divo llenaban el aire con "Hasta Mi Final". Marco se quedó parado en la sala, moviendo la cabeza al ritmo. Olía a su colonia fresca, mezclada con un toque de sudor masculino que me aceleró el pulso.

Il Divo Amor y Pasión, ¿verdad? Esa rola siempre me pone romántico —comentó, sentándose en el sofá sin que lo invitara del todo.

Me reí, sentándome a su lado. Nuestras rodillas se rozaron, y sentí un calor subiendo por mis muslos. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de lo cara que está la vida en la CDMX, de cómo esas canciones nos transportaban a otro mundo. Su mano rozó la mía accidentalmente, pero no la quitó. ¿Será que él también siente esta electricidad?

El mezcal fluía, y la conversación se volvió más íntima. Le conté de mi última ruptura, cómo el wey me había dejado por una flaca de Instagram. Él me escuchaba con esos ojos intensos, asintiendo.

—Tú mereces alguien que te valore de verdad, Ana. Alguien que te haga sentir amor y pasión como en esas canciones —dijo, su voz baja como las de Il Divo.

El roce se volvió intencional. Su dedo trazó un círculo en mi antebrazo, enviando chispas por mi espina dorsal. Lo miré, y ahí estaba: el deseo crudo, mutuo. Nos besamos sin palabras, sus labios firmes y calientes contra los míos, saboreando a mezcal y a menta de su chicle. Su lengua exploró mi boca con hambre contenida, y yo gemí bajito, enredando mis dedos en su cabello negro y ondulado.

La primera parte de la noche fue puro fuego lento. Nos fuimos a mi cuarto, con Il Divo de fondo cantando sobre amores eternos. Marco me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a deseo puro. ¡Carajo, qué bien se siente esto! Mi blusa cayó al suelo, y él lamió mis pezones endurecidos, haciendo que arqueara la espalda. El sonido de su succión era obsceno y delicioso, como un beso húmedo amplificado.

Yo no me quedé atrás. Le quité la camisa, admirando su torso moreno y musculoso, tocado por el gym y el sol mexicano. Mis uñas rasguñaron su pecho, bajando hasta el botón de sus jeans. Lo abrí con dedos temblorosos de anticipación, liberando su verga dura que saltó como ansiosa. Era gruesa, venosa, con un glande rosado que brillaba de precúm. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma, caliente como un hierro al rojo.

Mamacita, me vas a volver loco —gruñó, su voz ronca mientras yo la lamía desde la base hasta la punta, saboreando su salado almizcle.

Pero no quería que terminara tan rápido. Lo empujé a la cama, montándome encima. Mis nalgas rozaban sus muslos peludos, y froté mi concha húmeda contra su pinga, lubricándola con mis jugos. El olor a sexo llenaba la habitación: almizcle femenino mezclado con su masculinidad terrosa. Il Divo seguía sonando, ahora "Si Vos No Vuelves", y juraba que las voces nos guiaban, elevando la tensión.

Marco me volteó con facilidad, quedando encima. Besó mi vientre, bajando hasta mi monte de Venus depilado. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, chupándolo con maestría. Gemí fuerte, agarrando las sábanas.

¡Ay, wey, no pares! Esto es puro cielo.
Sentía mis labios mayores abriéndose como una flor al rocío, y él metía dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era chapoteante, obsceno, y el placer subía en oleadas.

La intensidad crecía. Me corrí primero, temblando, gritando su nombre mientras mi concha se contraía alrededor de sus dedos. Él sonrió triunfante, lamiéndose los labios con mi sabor. Pero yo quería más. Lo jalé hacia mí, guiando su verga a mi entrada. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico tan grande y duro! Sus caderas chocaban contra las mías en un ritmo primitivo, piel contra piel sudorosa. El slap-slap de nuestros cuerpos era música propia, compitiendo con Il Divo.

Cambiábamos posiciones como en una danza erótica: de misionero a vaquera, donde yo rebotaba sobre él, sintiendo sus bolas golpeando mi culo; luego a perrito, con sus manos amasando mis nalgas mientras me penetraba profundo. Cada embestida rozaba mi G, enviando descargas eléctricas. Sudábamos, el aire espeso con nuestro aroma compartido. Él jadeaba en mi oído:

—Te sientes tan cachonda, Ana. Tan apretada y mojada para mí.

Yo respondía arqueándome, pidiendo más fuerte. Pendejo caliente, pensaba con cariño, perdida en la frenesí.

El clímax nos alcanzó juntos. Marco se hinchó dentro de mí, gruñendo como animal mientras eyaculaba chorros calientes que pintaban mis paredes internas. Yo exploté de nuevo, mi concha ordeñándolo, piernas temblando. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas sincronizándose poco a poco.

Después, en el afterglow, nos quedamos acostados escuchando el final de la playlist. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su espalda. Olía a sexo satisfecho, a sábanas revueltas y a nosotros. Marco levantó la vista, besándome suave.

—Esto fue más que sexo, Ana. Fue Il Divo Amor y Pasión en carne viva.

Sonreí, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico. Quizá esto sea el comienzo de algo chido. La noche mexicana nos envolvía, prometiendo más susurros apasionados.

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