El Color de la Pasión Capítulo 12
El sol del atardecer teñía de rojo pasión las colinas de Cuernavaca, filtrándose por las cortinas de gasa del balcón. Ana se recargaba en la barandilla, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel sudada por el calor bochornoso. Olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia vespertina, un aroma que le erizaba la piel y le recordaba las noches locas de su juventud. Hacía meses que no veía a Diego, pero esa tarde él había aparecido sin avisar, con esa sonrisa pícara que la desarmaba.
¿Qué chingados haces aquí, cabrón?
le había dicho ella al abrir la puerta, fingiendo enojo, pero su voz salió ronca, traicionera. Diego, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, oliendo a colonia fresca y a hombre que acaba de manejar horas, la miró de arriba abajo. Vine por ti, mi reina. No aguanto más sin probarte
, murmuró, y la jaló hacia él con fuerza juguetona.
Ana sentía el pulso acelerado en las sienes, el corazón latiéndole como tambor en fiesta. Sus manos grandes la rodeaban la cintura, y el calor de su cuerpo la invadía como una ola. Esto es una locura, pensó, estoy casada, él tiene su vida... pero carajo, lo deseo tanto. Se separó un poco, solo para mirarlo a los ojos cafés intensos, que brillaban con ese fuego que solo ellos conocían.
Entraron a la recámara principal, donde la cama king size con sábanas de hilo egipcio los esperaba como un altar pagano. Diego cerró la puerta con el pie, sin soltarla. El aire estaba cargado de electricidad, de promesas mudas. Ana lo empujó contra la pared, besándolo con hambre acumulada. Sus labios sabían a menta y a tequila del camino, ásperos y suaves a la vez. Qué rico sabe este pendejo, se dijo ella, mientras su lengua exploraba la de él, bailando un tango húmedo y caliente.
Las manos de Diego bajaron por su espalda, amasando sus nalgas con posesión. Ana gimió bajito, sintiendo cómo se mojaba entre las piernas, el calor líquido creciendo. Él levantó su vestido con urgencia, rozando la piel sensible de sus muslos. Eres tan chingona, Ana... tan mujer
, susurró contra su cuello, mordisqueando la piel salada. Ella arqueó la espalda, el roce de sus dedos en el encaje de las panties enviando chispas por su espina.
Esto es el color de la pasión, capítulo 12 de nuestra historia prohibida, pensó Ana, recordando el diario que guardaba en el cajón, donde escribía cada encuentro como si fuera una novela erótica solo para ellos.
Se tumbaron en la cama, el colchón hundiéndose bajo su peso. Diego se quitó la camisa de un tirón, revelando el pecho moreno y musculoso, marcado por el sol. Ana lo recorrió con las uñas, dejando surcos rojos que lo hicieron gruñir. Me vas a matar, morra
, dijo él, riendo entre dientes, mientras le bajaba el vestido por los hombros. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras preciosas. Él las tomó en las palmas, masajeándolas con devoción, lamiendo uno hasta que Ana jadeó, tirando de su pelo.
El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el zumbido lejano de los grillos afuera. Ana olía su sudor mezclado con el perfume de ella, un elixir embriagador. Bajó la mano hasta el bulto en sus jeans, apretándolo con firmeza. Estás listo para mí, ¿verdad, amor?
ronroneó, desabrochando el cinturón con dedos temblorosos de anticipación.
En el medio de la tensión, Ana dudó un segundo. ¿Y si nos cachan? ¿Y si esto arruina todo? Pero Diego la miró con esos ojos que prometían el paraíso, y le quitó las panties de un jalón, exponiendo su sexo hinchado y húmedo. Olvídate del mundo, solo existimos tú y yo
, dijo, y hundió la cara entre sus piernas. Su lengua caliente lamió despacio, saboreando cada gota de su excitación. Ana gritó suave, las caderas elevándose solas. ¡Qué chido! Su boca es puro fuego.
Él chupaba su clítoris con maestría, metiendo dos dedos gruesos adentro, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. Los jugos corrían por sus muslos, el sonido chapoteante obsceno y delicioso. Ana se retorcía, las sábanas enredándose en sus puños. ¡Más, Diego, no pares, cabrón!
exigía, mientras oleadas de placer la sacudían. Él aceleró, succionando fuerte, hasta que ella explotó en un orgasmo que la dejó temblando, estrellas estallando detrás de sus párpados.
Diego subió, besándola para que probara su propio sabor salado y dulce. Ahora te toca a ti, reina
, murmuró. Ana lo volteó boca arriba, quitándole los jeans. Su verga saltó erecta, venosa y palpitante, goteando precum. Ella la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza como terciopelo sobre acero. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto almizclado. Es mía esta noche, pensó, tragándosela hasta la garganta, mientras él gemía ronco, ¡Pinche diosa!
.
Lo montó despacio, guiándolo adentro de su coño empapado. Inchándose al llenarla, centímetro a centímetro. Ambos jadearon al unísono, el estiramiento perfecto, el roce exquisito. Ana empezó a moverse, subiendo y bajando, sus tetas rebotando hipnóticas. Diego la agarraba las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. El slap-slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos. Olía a sexo puro, a deseo desatado.
Esto es pasión en su color más vivo, el rojo sangre de nuestros cuerpos unidos, reflexionó Ana en medio del frenesí, mientras él le pellizcaba los pezones, enviando descargas directas a su clítoris. Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, mirándose a los ojos. Te amo, Ana, aunque sea pecado
, confesó entre embestidas brutales. Ella clavó las uñas en su espalda, Y yo a ti, mi amor eterno
.
La intensidad creció, sus movimientos desesperados. Ana sentía el orgasmo construyéndose otra vez, una marea imparable. Vente conmigo, Diego!
suplicó. Él gruñó, acelerando, su verga hinchándose más. Exploto primero ella, contrayéndose alrededor de él en espasmos, gritando su nombre. Segundos después, él se corrió adentro, chorros calientes llenándola, marcándola como suya.
Colapsaron exhaustos, entrelazados, el pecho de él subiendo y bajando contra el de ella. El aire olía a semen y sudor, a satisfacción profunda. Diego le besó la frente, ¿Ves? Esto es nuestro color de la pasión, capítulo 12 y contando
. Ana sonrió, acariciando su mejilla barbuda. Sí, y el mejor hasta ahora, pensó, mientras el sol se ponía del todo, dejando la habitación en penumbras íntimas.
Se quedaron así un rato, hablando susurros de sueños imposibles, riendo de tonterías. Ana sentía una paz que no conocía en su vida cotidiana, un glow que le calentaba el alma. Cuando él se fue al amanecer, prometiendo volver pronto, ella se quedó en la cama, oliendo a él en las sábanas. Abrió su diario y escribió: El color de la pasión capítulo 12: rojo fuego, eterno ardor. Cerró los ojos, sabiendo que la espera valdría cada segundo.