Diario De Una Pasion Libro Gratis
Querido diario, hoy encontré este diario de una pasion libro gratis en una página de descargas, neta que parecía un tesoro escondido entre tanto chisme digital. Lo bajé rapidito, pensando que sería puro morbo, pero desde la primera página me jaló como imán. Habla de una morra que se lanza a lo loco con sus deseos, sin pendejadas, solo pura pasión cruda. Me dejó con el corazón latiendo fuerte y un calorcito entre las piernas que no se iba. Me llamo Ana, tengo 28 pirulos, vivo en la Condesa aquí en la CDMX, y desde que leí eso, no dejo de pensar en mi carnal, no, en mi chavo, Diego, ese wey que me trae loca con su mirada pícara y su cuerpo de gym.
Era viernes por la noche, el aire de la ciudad olía a taquitos de la esquina y a lluvia fresca que acababa de caer. Me puse mi vestido negro ajustado, el que marca mis curvas como si fueran un mapa del tesoro, y lo invité a mi depa. Cuando abrió la puerta, su sonrisa ancha, dientes blancos brillando bajo la luz del farol, me derritió. "Órale, mami, estás cañona", me dijo con esa voz ronca que suena como tequila añejo. Lo jalé adentro, cerré la puerta de un golpe, y nos quedamos ahí, mirándonos como si fuéramos a comernos vivos. El olor de su colonia, mezcla de madera y cítricos, me invadió las fosas nasales, y sentí mi piel erizarse.
Hoy empieza mi propio diario, inspirado en ese libro. Quiero escribir cada detalle, cada roce, para no olvidar ni un segundo de esta pasión que me quema por dentro.
Nos sentamos en el sofá de piel suave, que crujió bajo nuestro peso. Le platiqué del libro, se lo mostré en mi cel, y el wey se rio bajito, "¿Y qué, ya te puso caliente?". Le di un codazo juguetón, pero mi mano se quedó en su muslo firme, sintiendo el calor que subía por su pantalón. Hablamos de la morra del libro, de cómo se atreve a pedir lo que quiere, y de repente, sentí esa tensión, como un elástico estirándose. Mi respiración se aceleró, el pecho subiendo y bajando, rozando su brazo. Él me miró a los ojos, oscuros y profundos como pozos de chocolate, y acercó su boca a mi oreja. Su aliento caliente me erizó el vello de la nuca, "Yo también quiero mi diario contigo, Ana".
Acto uno del deseo: el beso. Sus labios carnosos se pegaron a los míos, suaves al principio, probando, como si saboreara un mango maduro. Sabía a chicle de menta y a cerveza que había tomado antes, dulce y fresco. Mi lengua bailó con la suya, explorando, chupando, y un gemido se me escapó, vibrando en mi garganta. Sus manos, grandes y callosas de tanto trabajar en construcción, subieron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. La tela cayó al piso con un susurro, dejando mi piel expuesta al aire fresco del ventilador. Sentí sus dedos trazando mi espinazo, enviando chispas eléctricas directo a mi entrepierna.
Me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por instinto. Caminó al cuarto, el suelo de madera fría bajo sus pies descalzos contrastando con el fuego que nos consumía. Me tiró en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio suaves como nubes. Se quitó la playera, revelando su pecho moreno, pectorales duros salpicados de vello negro que bajaba en una línea tentadora hasta su abdomen marcado. Olía a sudor limpio, masculino, mezclado con mi perfume de vainilla. Me arrodillé frente a él, besando su ombligo, lamiendo esa línea que me guiaba abajo. "Qué rica eres, pinche diosa", murmuró, su voz entrecortada.
El medio tiempo de la locura empezó cuando le bajé el pantalón. Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante, con ese olor almizclado que me hace agua la boca. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso latiendo contra mi palma. La chupé despacio, saboreando la piel salada, la punta suave que se endurecía más con cada lamida. Él gruñó, un sonido gutural que retumbó en el cuarto, agarrándome el pelo con ternura pero firme. "Sí, así, no pares, wey", le dije yo, mi voz ronca de pura necesidad. Me volteó, poniéndome boca abajo, y sentí su lengua en mi culo, lamiendo mis labios húmedos, separándolos con delicadeza. El placer me recorrió como corriente, mis caderas moviéndose solas, el sonido de mi humedad chorreando audible en el silencio.
En el libro, ella escribe sobre el primer toque que la hace explotar. Yo lo siento ahora: su dedo entrando en mí, curvándose justo ahí, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Pienso en lo empoderada que me siento, pidiendo más, guiando su mano. Esto es mío, nuestra pasión, sin culpas.
La intensidad subía como el volcán Popo en erupción. Me puso de rodillas, mi cara contra la almohada que olía a lavanda de mi detergente. Entró en mí de un solo empujón, llenándome completa, estirándome delicioso. El roce de su pubis contra mis nalgas, piel con piel, sudor pegándonos. Cada embestida era un plaf húmedo, sus bolas golpeando mi clítoris, enviando ondas de placer. Gemía su nombre, "Diego, chíngame más duro, cabrón", y él obedecía, acelerando, su respiración jadeante en mi oído, mordisqueando mi lóbulo. Sentía mi interior contrayéndose, el orgasmo construyéndose como tormenta, mis pezones rozando la sábana áspera, erguidos y sensibles.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas, amasándolas, pellizcando los pezones rosados que se ponían duros como balines. Rebotaba sobre él, mi cabello largo azotando su pecho, el sonido de carne contra carne llenando el cuarto. Sudor goteando entre mis pechos, salado en mi lengua cuando lo lamí de su piel. Él me miró, ojos vidriosos de placer, "Eres mi todo, Ana, mi pasión viva". Ese momento de conexión, más allá de lo físico, me rompió. El clímax llegó como avalancha: mi cuerpo temblando, paredes apretándolo, chorros de placer mojando sus muslos. Él se vino segundos después, gruñendo, llenándome con su leche caliente, pulsos que sentía hasta el alma.
El final, el afterglow que sella todo. Nos quedamos pegados, respiraciones calmándose al unísono, su verga aún dentro de mí, ablandándose lento. Besos suaves, lenguas perezosas, saboreando el resto de nosotros. El cuarto olía a sexo puro, a sudor, semen y mi esencia dulce. Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón galopando calmándose. "Esto fue mejor que cualquier libro", le dije, riendo bajito. Él me apretó, "Y apenas empieza nuestro diario".
Fin de esta entrada. Mañana escribo más. Este
me abrió los ojos: la pasión no se pide permiso, se vive. Con Diego, todo es posible. Neta, qué chingonería ser dueña de mis deseos.
Me dormí así, envuelta en su calor, soñando con más noches como esta, con tensiones que explotan en éxtasis, con un amor que sabe a México: picante, dulce y eterno.