Ejemplo de Pasiones de una Persona
La noche en la Condesa caía como un velo de terciopelo caliente, con ese olor a jazmín mezclado con el humo de los tacos al pastor que flotaba desde las esquinas. Yo, Laura, caminaba por la avenida Ámsterdam con mis tacones resonando contra la banqueta, sintiendo cómo el vestido negro ceñido a mi cuerpo se pegaba a mi piel sudada. Tenía veintiocho años, soltera por elección, y esa noche buscaba algo que me sacara del hastío de la oficina. Neta, necesitaba sentirme viva, sentir un fuego que me recordara que aún tenía sangre en las venas.
Entré a un bar chido, de esos con luces tenues y música electrónica suave que te hace mover las caderas sin querer. Pedí un mezcal con sal y limón, y mientras lamía la sal de mi mano, sentí unos ojos clavados en mí. Volteé y ahí estaba él: Marco, alto, moreno, con una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Vestía una camisa blanca arremangada, dejando ver unos antebrazos fuertes que gritaban gym y trabajo manual.
"¿Qué onda, güerita? ¿Te puedo invitar esa siguiente ronda?"dijo con voz grave, ronca como el tequila añejo.
Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Órale, este wey era guapo de verdad. Acepté, y platicamos de todo: de la pinche tráfico de la ciudad, de lo chido que era el antro, de cómo la vida a veces te ponía en modo automático. Pero entre risas, sus ojos bajaban a mis labios, a mi escote, y yo no era tonta; le devolvía la mirada con un fuego que ya ardía bajito. El mezcal entraba dulce y picante, calentándome la garganta, y el roce accidental de su rodilla contra la mía mandaba chispas por mi espina.
Salimos del bar caminando, el aire nocturno fresco contra mi piel caliente. Esto era el comienzo, pensé, un ejemplo de pasiones de una persona que se despiertan de golpe. Me tomó de la mano, suave pero firme, y me llevó a un parque cercano, de esos con bancas ocultas por las sombras de los ahuehuetes. Nos sentamos, y su aliento olía a menta y alcohol, delicioso.
"Sabes, Laura, desde que te vi, no pude dejar de imaginar cómo sería besarte", murmuró, acercando su rostro al mío.
Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, fuerte y rápido. Lo miré a los ojos, oscuros como pozos de obsidiana, y asentí. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, explorador. Su boca era cálida, suave, con un sabor a mezcal que me embriagaba más que la bebida. Sus manos subieron por mi espalda, atrayéndome más cerca, y sentí su pecho duro contra mis tetas, que ya se endurecían bajo el vestido. Gemí bajito, un sonido que me sorprendió incluso a mí, y él respondió profundizando el beso, su lengua danzando con la mía en un ritmo que prometía más.
Pero no queríamos apuros. Caminamos a su departamento en la Narvarte, no muy lejos, tomados de la mano como adolescentes. El trayecto fue tortura deliciosa: sus dedos rozando mi palma, susurrándome al oído cosas como
"Eres una chingona, Laura, me prendes con solo mirarte". Llegamos, y apenas cerró la puerta, me empujó contra la pared con gentileza, besándome el cuello mientras sus manos bajaban por mis caderas. Olía a su colonia, madera y algo masculino, sudor fresco que me volvía loca.
En su recámara, la luz de la luna se colaba por las cortinas, bañando la cama king size con plata. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Carajo, sus labios en mi clavícula, chupando suave, enviaban ondas de placer directo a mi entrepierna. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos de su abdomen bajo mis uñas, duros como piedra tallada.
"Métetela, Marco, tócame ya", le rogué, mi voz ronca de deseo.
Me tumbó en la cama, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Sus manos expertas masajearon mis senos, pellizcando los pezones hasta hacerme arquear la espalda. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos. Bajó por mi vientre, lamiendo el ombligo, y cuando llegó a mis panties, las deslizó con los dientes, exhalando caliente sobre mi monte de Venus. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, y él gruñó de aprobación:
"Estás chingón mojada, mi reina".
Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo en círculos lentos que me hicieron retorcer. Sentía cada roce como electricidad, mis muslos temblando contra sus orejas. Esto era puro fuego, un ejemplo perfecto de cómo las pasiones de una persona pueden desatarse en una noche cualquiera. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí fuerte, agarrando sus cabellos negros, empujándolo más profundo. El sabor salado de mi piel en su boca, el sonido húmedo de sus chupadas, todo me llevaba al borde.
Pero quería más, quería sentirlo todo. Lo jalé arriba, volteándolo para montarlo. Su verga estaba dura como fierro, gruesa, latiendo en mi mano mientras la acariciaba de arriba abajo, sintiendo las venas prominentes. Él jadeaba,
"Pinche Laura, vas a volverme loco", y yo sonreí, saboreando su pre-semen salado en la punta con mi lengua. Lo chupé despacio, saboreando cada centímetro, mi saliva resbalando por el tronco mientras él se retorcía debajo de mí.
No aguantamos más. Me subí encima, guiándolo dentro de mí con un movimiento fluido. ¡Ay, wey! Llenaba perfecto, estirándome delicioso. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce contra mis paredes internas, el choque de mi clítoris contra su pubis. El sudor nos unía, piel resbaladiza, olores mezclados en una nube embriagadora. Aceleré, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos apretando mi culo. Nuestros gemidos se volvieron gritos:
"¡Más duro, Marco! ¡Dame todo!"le exigí, y él embistió desde abajo, clavándome profundo.
El clímax llegó como avalancha. Sentí el orgasmo construyéndose, una tensión en el bajo vientre que explotó en oleadas de placer puro. Grité su nombre, mi cuerpo convulsionando alrededor de él, ordeñándolo. Él se vino segundos después, gruñendo como animal, su semen caliente llenándome mientras pulsaba dentro. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel, el corazón tronando al unísono.
Después, en la quietud, con su brazo alrededor de mi cintura y su aliento cálido en mi nuca, reflexioné. El cuarto olía a sexo, a nosotros, un aroma crudo y satisfactorio. Esto había sido un ejemplo de pasiones de una persona, mío, desatadas sin cadenas. Marco besó mi hombro:
"Eres increíble, Laura. ¿Repetimos?". Sonreí en la oscuridad, sabiendo que sí, que esto era solo el principio de muchas noches así. La vida en México podía ser caótica, pero momentos como este la hacían valer la pena. Me acurruqué más, sintiendo su calor, y cerré los ojos en un afterglow perfecto.