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David de Pasión y Poder

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David de Pasión y Poder

La noche en Polanco bullía de luces neón y risas coquetas. El salón del hotel Four Seasons estaba repleto de ejecutivos con trajes italianos y mujeres con escotes que prometían pecados. Yo, Sofia, vestida con un vestido rojo ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo, me movía entre la gente con una copa de champagne en la mano. El aire olía a perfume caro y cigarros cubanos, y el jazz suave flotaba como una caricia invisible.

Entonces lo vi. David de pasión y poder. Todos lo llamaban así en los corrillos de negocios: David el que conquistaba contratos con la misma ferocidad con que devoraba a las mujeres. Alto, moreno, con ojos negros que perforaban el alma y una mandíbula cincelada que gritaba dominio. Su camisa blanca se ajustaba a pectorales duros, y cuando se movía, exudaba un aroma a colonia masculina y algo más primitivo, como tierra fértil después de la lluvia.

¿Qué carajos me pasa? Neta que este wey me prende con solo mirarme.
Pensé mientras mis pezones se endurecían bajo la tela. Me acerqué, fingiendo casualidad. Nuestras miradas chocaron, y sentí un cosquilleo eléctrico subir por mi espina.

—Buenas noches —dijo él con voz grave, como ron puro derramándose en mi oído. Su aliento cálido rozó mi piel, oliendo a menta y deseo contenido.

—Buenas —respondí, ladeando la cadera. —He oído de ti. David de pasión y poder, ¿verdad? El que no deja cabos sueltos.

Él sonrió, una curva lobuna que me humedeció al instante. —Y tú eres Sofia, la diseñadora que hace que las mujeres se sientan diosas. Me late tu estilo.

Charlamos. De arte, de la ciudad que nunca duerme, de cómo el poder en los negocios se parece al fuego: quema si no lo controlas. Sus manos grandes rozaban mi brazo al gesticular, enviando chispas por mi piel. Cada roce era una promesa. El salón se desvanecía; solo existía su calor, el latido acelerado de mi corazón contra las costillas.

—¿Bailamos? —preguntó, extendiendo la mano. Su palma era áspera, de hombre que trabaja con las uñas sucias de ambición.

En la pista, sus caderas se pegaron a las mías. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, gruesa y caliente a través de la tela. Órale, qué chingón, pensé, mientras mis nalgas se apretaban contra él en un ritmo lento, sensual. Sudor perló su cuello; lo lamí disimuladamente, saboreando sal y hombre. Él gruñó bajito, un sonido animal que vibró en mi clítoris.

—Ven conmigo —me susurró al oído, mordisqueando el lóbulo. No era orden, era invitación. Asentí, empapada ya.

Subimos a su penthouse en el elevator privado. El viaje fue tortura: sus dedos trazaban mi columna, bajando hasta mi culo, amasándolo con fuerza. Gemí, el sonido rebotando en las paredes de acero. Olía a su excitación, almizclada y embriagadora.

La puerta se abrió a un mundo de lujo: ventanales con vista al skyline de la CDMX, luces tenues, una cama king size con sábanas de seda negra. Me sirvió tequila reposado en copas de cristal. Bebimos, nuestros labios chocando en el primer beso. Su boca era voraz, lengua invadiendo la mía con sabor a agave y hambre. Me devoró, manos enredándose en mi pelo, tirando lo justo para arquearme.

Este pendejo sabe lo que hace. Me tiene como gelatina.

Me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mis tetas llenas, pezones duros como piedras. Los chupó con avidez, succionando hasta que grité, el placer punzante irradiando a mi coño palpitante. Sus dientes rozaron, un dolor dulce que me hizo mojarme más. Bajó, lamiendo mi ombligo, mi monte de Venus. Arrodillado, el David de pasión y poder era mío.

—Estás chingona —gruñó, separando mis muslos. Su aliento caliente sobre mi sexo me erizó la piel. Lamidas lentas, explorando pliegues húmedos. Saboreó mi clítoris, chupándolo como caramelo. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G. El sonido de mi jugo chapoteando era obsceno, delicioso. Mis caderas se mecían solas, persiguiendo su boca. ¡Qué rico, cabrón!

Me corrí primero, un orgasmo que me sacudió como terremoto, jugos brotando en su lengua. Él lamió todo, ojos fijos en los míos, poderosos y tiernos a la vez.

Lo empujé a la cama. Le arranqué la camisa, besando su pecho velludo, saboreando sudor salado. Bajé la cremallera; su verga saltó libre, venosa, cabezona, goteando precum. La tomé en mano, masturbándola lento. Era pesada, caliente, latiendo como un corazón. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su esencia salada y varonil. Él jadeó, puños en las sábanas.

—Chúpamela, Sofia —suplicó, voz ronca.

La engullí, garganta profunda, babas resbalando. Él embestía suave, follándome la boca con respeto. Sus gemidos eran música, graves y desesperados.

No aguanté más. Me subí a horcajadas, restregando mi coño empapado en su pija.

Lo quiero dentro, ya. Que me rompa.
Me hundí despacio, centímetro a centímetro. Llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Grité al tocar fondo, clítoris frotando su pubis.

Cabalgamos. Mis tetas rebotaban; él las atrapó, pellizcando pezones. El slap-slap de carne contra carne llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sudor nos unía, resbaloso y caliente. Cambiamos: él encima, misionero feroz. Piernas en sus hombros, penetrando profundo, golpeando mi cervix con cada estocada. Olía a sexo puro, a nosotros fundidos.

—¡Más duro, David! —supliqué.

Obedeció, el poder desatado en cada embestida. Sentí otro orgasmo construyéndose, bolas de fuego en mi vientre. Él se tensó, gruñendo:

—Me vengo, Sofia...

Explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, pulsos interminables. Yo convulsioné, uñas clavadas en su espalda, gritando su nombre. El mundo se disolvió en blanco placer.

Colapsamos, entrelazados. Su peso sobre mí era consuelo, su corazón tronando contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a semen y satisfacción, la ciudad parpadeaba afuera como testigo mudo.

—Eres increíble —murmuró, acariciando mi pelo.

—Tú tampoco estás tan pendejo —bromeé, riendo bajito.

Nos quedamos así, piel con piel, respiraciones sincronizadas.

David de pasión y poder. Pero esta noche, solo David, mi David. Neta que esto apenas empieza.
La promesa de más noches ardientes flotaba en el aire, dulce como el afterglow.

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