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Diario de una Pasion Nicholas Sparks

7417 palabras

Diario de una Pasion Nicholas Sparks

El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que parecía besado por los dioses. Yo, Sofía, acababa de llegar a la casa de la playa de mi familia, ese rincón chido en la zona hotelera donde el mar Caribe susurraba promesas de olvido. Tenía treinta y dos años, soltera por elección después de esa ruptura que me dejó el corazón hecho trizas. En la maleta, traía un libro viejo que encontré en una tiendita de libros usados en la Ciudad de México: Diario de una pasión de Nicholas Sparks. Neta, lo abrí y las páginas amarillentas me transportaron a esos veranos locos con Miguel, mi primer amor, el wey que me hacía temblar con solo una mirada.

Me senté en la terraza, con el ventilador zumbando perezoso y el olor a salitre mezclándose con el de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes. El viento jugaba con mi vestido ligero de algodón, pegándolo a mis curvas como una caricia traviesa. Hojeé el libro, recordando cómo Noah y Allie se reencontraban después de años, su pasión contenida explotando como una ola furiosa.

¿Y si Miguel aparece?, pensé. ¿Y si el destino es tan cabrón como en las novelas?
Mi piel se erizó, no solo por la brisa, sino por el calor que subía desde mi vientre, un anhelo viejo que no se apagaba.

Entonces lo vi. Caminando por la playa, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales bronceados y unos shorts que dejaban ver sus piernas fuertes de tanto surfear. Miguel, con el pelo revuelto por el viento y esa sonrisa pícara que me derretía. Órale, no mames, era él. Nuestros ojos se cruzaron y el mundo se detuvo. Corrí hacia la orilla, la arena caliente quemándome las plantas de los pies, el corazón latiéndome como tambor en fiesta.

Sofía, carnala —dijo él, su voz grave como el rugido del mar, envolviéndome en recuerdos—. ¿Qué pedo? ¿Tú por aquí?

Nos abrazamos, su cuerpo duro contra el mío, oliendo a protector solar y a hombre, ese aroma que me volvía loca. Sus manos en mi espalda baja, casi rozando mi nalga, mandaron chispas por mi espina dorsal. No seas pendeja, Sofi, contrólate, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba, pezones endureciéndose bajo la tela fina.

Lo invité a la casa, pretexto de unas chelas frías. Nos sentamos en la sala con ventanales al mar, el sonido de las olas rompiendo como fondo perfecto. Saqué el libro de la mesa.

—Mira, encontré esto. Diario de una pasión de Nicholas Sparks. Me hizo acordarme de ti, de nosotros.

Él lo tomó, sus dedos gruesos pasando por la portada gastada. —Neta chido. Lo leí hace años. Habla de amores que no mueren, ¿verdad? Sus ojos se clavaron en los míos, oscuros y profundos como el océano al atardecer.

La tensión creció con cada página que leímos en voz alta. Su pierna rozaba la mía, un contacto eléctrico que hacía que mi piel hormigueara. Hablamos de todo: de cómo la vida nos separó por chambas y familias pendejas, de las noches que pasamos en esta misma playa hac nos el amor bajo las estrellas. El aire se cargó de electricidad, el olor de nuestra piel sudada mezclándose con el salitre. Mi respiración se aceleró, sintiendo cómo mi centro se humedecía, anhelando su toque.

—Sofía, siempre te quise de vuelta —murmuró, su aliento cálido en mi cuello—. Eres mi pasión, mi diario secreto.

Me volteó el rostro con gentileza, sus labios capturando los míos en un beso que empezó suave, como olas lamiendo la playa, y se volvió voraz, lenguas danzando con sabor a cerveza y deseo reprimido. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo, tirando suave para acercarlo más. Sus dedos bajaron por mi espalda, levantando el vestido, acariciando la curva de mis caderas. Qué rico se siente, pendejo, no pares, pensé, mientras mi cuerpo se arqueaba hacia él.

Me cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome, y me llevó a la recámara. La cama king size con sábanas blancas crujió bajo nuestro peso. El ventilador giraba lento, moviendo el aire tibio cargado de nuestro aroma: sudor salado, feromonas que gritaban urgencia. Se quitó la camiseta, revelando ese torso esculpido por horas en el gym y la playa, vello oscuro bajando hasta su abdomen marcado. Lo devoré con los ojos, lamiéndome los labios.

Quítate eso, mi reina —ordenó con voz ronca, y obedecí, el vestido cayendo como cascada, dejando mis senos libres, pezones duros pidiendo atención. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento, su barba raspando delicioso mi piel sensible. Sentí su aliento caliente en mi monte de Venus, mis bragas empapadas de anticipación.

Con dientes juguetones, las bajó, exponiéndome al aire fresco. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con maestría, círculos lentos que me hacían jadear. ¡Ay, cabrón, qué chido! Más fuerte. Mis caderas se movían solas, montándolo como olas en tormenta, el sonido de mis gemidos mezclándose con el mar lejano. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me volvía loca, bombeando rítmico mientras succionaba. El orgasmo me golpeó como trueno, piernas temblando, grito ahogado escapando de mi garganta, jugos cubriendo su barbilla.

Pero no paró. Me tumbó en la cama, su boca reclamando mis senos, mordisqueando pezones hasta que dolía rico. Yo bajé su short, liberando su verga dura, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo su calor, el pulso acelerado. —Cómela, Sofi, suplicó, y lo hice, labios envolviéndolo, lengua girando en la cabeza sensible, saboreando su pre-semen salado. Lo chupé profundo, garganta relajada, manos masajeando sus bolas pesadas. Él gruñía, caderas empujando suave, consensual y puro fuego.

Me volteó a cuatro patas, su cuerpo cubriéndome desde atrás, piel contra piel, sudor pegándonos. La punta rozó mi entrada húmeda, deslizándose adentro centímetro a centímetro, estirándome delicioso. —¡Qué apretadita, mi amor! —gimió, y empecé a moverme, follándolo con hambre, nalgas chocando contra su pelvis con palmadas húmedas. El olor de sexo llenaba la habitación, almizcle puro. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo salvaje, senos rebotando, uñas clavándose en su pecho. Él me sujetaba las caderas, guiando el ritmo, ojos fijos en los míos, conexión profunda más allá de lo físico.

La tensión subió, mis paredes contrayéndose alrededor de él, su verga hinchándose. —Vente conmigo, Sofi —ordenó, y explotamos juntos, mi segundo orgasmo desgarrándome, chorros calientes llenándome mientras él rugía, cuerpo convulsionando. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono, el mar cantando nuestra sinfonía.

Después, en la afterglow, yacimos besándonos perezosos, su mano trazando círculos en mi espalda. Tomamos el libro, riendo bajito. —Este Diario de una pasión de Nicholas Sparks nos salvó, ¿no? —dijo.

Simón, pero el nuestro es mejor, más nuestro. Lo abracé fuerte, sintiendo paz en su calor. El sol se ponía, pintando el cielo de rojos y naranjas, prometiendo más noches así. Ya no éramos los de antes; éramos adultos, dueños de nuestra pasión, listos para escribir nuestro propio diario, página a página, con besos y susurros eternos.

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