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La Pasion de Cristo Premios Ardientes

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La Pasion de Cristo Premios Ardientes

En el corazón de Taxco, con sus calles empedradas brillando bajo el sol de Semana Santa, el aire olía a incienso quemado y a flores de bugambilia desbordantes. Yo, Ana, había llegado hace un mes para participar en la gran representación de La Pasion de Cristo, ese evento que cada año atraía a miles de turistas y locales. No era solo una obra religiosa; era un carnaval de pasiones contenidas, donde los actores nos convertíamos en héroes por una noche, compitiendo por los codiciados La Pasion de Cristo premios, trofeos dorados con forma de cruz que premiaban al mejor Judas, la mejor Virgen, el mejor Cristo. Y yo, con mi vestido de Magdalena arrepentida, anhelaba llevarme uno a casa.

El primer ensayo fue cuando lo vi. Diego, el wey que interpretaba a Jesús, alto, moreno, con ojos cafés que parecían pozos de miel oscura y un cuerpo esculpido por horas en el gimnasio y caminatas por las minas de plata. Cuando me miró mientras ensayábamos la escena del perdón a la pecadora, sentí un cosquilleo en la piel, como si el viento caliente de Guerrero me lamiera el cuello. "Perdóname, Señor", repetí mis líneas, pero mi voz salió ronca, traicionándome. Él sonrió de lado, esa sonrisa pícara que gritaba neta quiero comerte, y el aire se cargó de electricidad. Olía a su sudor fresco, mezclado con el aroma terroso de la tierra mojada por la lluvia de la tarde.

Los días siguientes fueron puro tormento delicioso. Ensayábamos bajo el calor abrasador del mediodía, con el sonido de las campanas de la catedral repicando como latidos acelerados. Cada vez que me arrodillaba a sus pies en la escena, mis manos rozaban sus piernas musculosas, cubiertas solo por una túnica ligera. Sentía el calor de su piel a través de la tela, el pulso fuerte en sus tobillos. "Chula, estás que ardes", me susurró una vez al oído cuando nadie miraba, su aliento cálido oliendo a menta y tequila de la comida anterior. Mi corazón galopaba, y entre mis piernas un calor húmedo empezaba a traicionarme.

¿Qué carajos me pasa? Esto es sagrado, pero él... ay, wey, él me prende como fogata de pueblo.
Yo reía nerviosa, empujándolo juguetona: "Pendejo, compórtate o te denuncio al director". Pero mis ojos decían lo contrario.

La noche de la función principal llegó como un huracán. El zócalo rebosaba de gente: familias con veladoras, turistas gringos con cámaras, vendedores gritando "¡Aguas frescas, elotes asados!". El olor a maíz tostado y chile se mezclaba con el humo de las antorchas. Subí al escenario improvisado en la plaza, mi túnica roja ceñida al cuerpo por el sudor, pechos subiendo y bajando con cada respiración. Diego, clavado en la cruz falsa, gemía sus líneas con una voz grave que vibraba en mi vientre. Cuando interpreté el llanto a sus pies, toqué de verdad su piel, áspera por la pintura de sangre falsa, y un escalofrío me recorrió la espina. La multitud rugía, aplaudiendo, pero yo solo oía su respiración agitada.

Al bajar del escenario, el director nos reunió para los La Pasion de Cristo premios. "¡Y la ganadora de Mejor Magdalena es... Ana!", gritó, y el trofeo pesó en mis manos como una promesa cumplida. Diego me abrazó fuerte, su pecho duro contra el mío, corazón latiendo desbocado. "Te lo mereces, mamacita", murmuró, labios rozando mi oreja. El premio ardía en mi palma, pero su cuerpo era fuego puro. Nos escabullimos entre la multitud, riendo como chavos traviesos, hacia una callejuela oscura detrás de la iglesia. El ruido de la fiesta se amortiguaba: mariachis cantando "Cielito Lindo", risas lejanas, cohetes estallando como orgasmos en el cielo.

Allí, bajo la luz plateada de la luna filtrada por las bugambilias, nos besamos por primera vez. Sus labios eran suaves pero urgentes, sabían a sal de sudor y a la pulque que había probado antes. "Desde el primer día te quiero, Ana", gruñó, manos grandes deslizándose por mi espalda, desatando la túnica con dedos temblorosos de deseo. Yo jadeaba, oliendo su aroma masculino, almizclado, que me mareaba como incienso prohibido. Mis uñas se clavaron en sus hombros anchos, sintiendo los músculos tensos bajo la piel curtida por el sol mexicano.

Esto es pecado, pero qué rico pecado. Su piel contra la mía, neta, es el paraíso que promete la cruz.
Lo empujé contra la pared de adobe fresco, aún tibia del día. Mi boca devoró su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando hasta sus pezones oscuros que se endurecieron al instante. Él gimió, voz ronca como en la obra: "¡Ay, Dios, Ana!". Sus manos exploraron mis curvas, apretando mis nalgas firmes, levantándome para que mis piernas envolvieran su cintura. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna, gruesa y pulsante, a través de la tela fina. El calor entre nosotros era insoportable, mi coño chorreando, lubricado por la anticipación.

Caímos sobre un montón de mantas abandonadas por los vendedores, olor a tierra húmeda y jazmín silvestre envolviéndonos. Me quitó la túnica de un tirón, exponiendo mis tetas llenas, pezones erectos como bayas maduras. Los chupó con hambre, lengua girando, dientes rozando lo justo para hacerme arquear. "¡Más, cabrón, más!", supliqué, voz entrecortada. Mis manos bajaron a su entrepierna, liberando su polla venosa, caliente como hierro forjado. La apreté, masturbándolo lento, sintiendo cada vena latir. Él gruñó, oliendo a hombre excitado, ese olor almizclado que me volvía loca.

La tensión crecía como tormenta de verano. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo el sudor que corría por mi espina. Sus dedos encontraron mi clítoris hinchado, frotando círculos expertos mientras yo me retorcía, gemidos ahogados contra la manta. "Estás empapada, preciosa", susurró, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mi excitación llenaba la noche, mezclado con nuestros jadeos. Yo quería más, todo. Me puse encima, cabalgándolo despacio al principio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sus manos en mis caderas guiaban el ritmo, tetas rebotando, piel chocando con piel en palmadas rítmicas.

El clímax se acercaba como ola del Pacífico. Aceleré, grindando contra él, clítoris rozando su pubis peludo. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras embestía desde abajo, polla golpeando profundo. "¡Me vengo, Diego, me vengo!", grité, el orgasmo explotando en espasmos que me sacudían entera, coño contrayéndose alrededor de él como puño de terciopelo. Él rugió, corriéndose dentro de mí, chorros calientes inundándome, cuerpos temblando en éxtasis compartido. Sudor, semen, jugos mezclados en un charco pegajoso bajo nosotros.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose al unísono. El aire nocturno refrescaba nuestra piel ardiente, olor a sexo y tierra impregnando todo. Diego me besó la frente, suave ahora. "Fue como ganar todos los premios del mundo", dijo, riendo bajito. Yo sonreí, acurrucada en su pecho, el trofeo de La Pasion de Cristo premios olvidado a un lado, brillando débilmente.

Al amanecer, volvimos a la plaza como si nada, pero con un secreto ardiente latiendo entre nosotros. Semana Santa seguía, pero nuestra pasión apenas empezaba. En Taxco, donde la plata y el deseo se funden, supe que había encontrado mi verdadero premio: él, su cuerpo, su fuego. Y neta, valió cada ensayo, cada mirada robada.

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