Bajo el Cielo Púrpura de Roma Pasión
El sol se estaba poniendo en Roma y el cielo se teñía de un púrpura intenso, como si los dioses hubieran derramado vino tinto sobre las nubes. Yo, Ana, una morra mexicana de veintiocho pirulos que había cruzado el charco huyendo del jale rutinario en el DF, caminaba por las calles empedradas cerca del Coliseo. El aire olía a jazmín mezclado con el humo de las pizzas horneándose en los hornos de leña, y el bullicio de los turistas me hacía sentir viva, neta, como si por fin respirara de verdad.
Estaba pensando en lo chido que era todo cuando lo vi. Un wey alto, moreno, con ojos verdes que brillaban como esmeraldas bajo esa luz púrpura. Vestía una camisa blanca arremangada, dejando ver unos brazos fuertes, y se recargaba en una fuente antigua, fumando un cigarro con esa pose de italiano que te hace babear. Nuestras miradas se cruzaron y ¡pum!, sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que te prenden el cuerpo entero.
—Buenas noches, bella —me dijo con acento romano que sonaba como música—. ¿Primera vez en Roma?
—Sí, wey —respondí en mi español mexicano, riéndome—. Primera vez, y ya me enamoré de esta ciudad loca.
Se llamaba Marco, tenía treinta y dos, era guía turístico y pintor en sus ratos libres. Charlamos un rato bajo el cielo púrpura de Roma, pasión que empezaba a encenderse en el aire. Me contó historias de emperadores y gladiadores, pero sus ojos no dejaban de recorrer mi cuerpo: mis chichis bajo el vestido ligero, mis caderas que se movían al caminar. Yo sentía el calor subiendo por mis muslos, el pulso acelerado como tambores en una fiesta de pueblo.
¿Qué carajos estoy haciendo? —pensé—. Este pendejo me ve como si ya me estuviera comiendo con los ojos. Pero órale, qué rico se ve.
Me invitó a un gelato en una plazuela cercana. Caminamos juntos, rozándonos los brazos accidentalmente, y cada toque era como electricidad. El gelato de fresa sabía dulce y frío en mi lengua, contrastando con el calor de su mirada. Bajo el cielo púrpura de Roma pasión, nos sentamos en un banco, nuestras rodillas tocándose. Habló de su vida, de cómo Roma lo hacía sentir vivo, y yo le conté de mis aventuras en México, de las fiestas en la Condesa y los tacos al pastor que me hacían falta.
La noche caía suave, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas terrenales. Marco tomó mi mano, su palma cálida y áspera por el trabajo, y me dijo:
—Ana, hay algo en ti que me quema por dentro. ¿Vienes a mi taller? Pinto bajo las estrellas.
Mi corazón latía pa-pa-pa, fuerte como un mariachi. Neta, ¿ir con un desconocido? Pero su sonrisa era honesta, y el deseo en sus ojos me empoderaba, me hacía sentir reina. Asentí, y nos fuimos caminando por callejones iluminados por faroles, el eco de nuestros pasos mezclándose con risas lejanas.
Acto dos: su taller era un ático viejo en Trastevere, con vistas al Tíber que brillaba plateado. Olía a óleo, trementina y algo más, su colonia masculina que me mareaba. Paredes llenas de lienzos vibrantes, una cama grande con sábanas revueltas en la esquina. Me sirvió vino tinto en copas altas, y brindamos bajo el cielo púrpura de Roma pasión, que aún se colaba por la ventana abierta.
Nos sentamos en el piso, sobre una alfombra persa suave. Hablamos más, profundo: de sueños rotos, de amores que no cuajaron. Su mano rozó mi rodilla, subiendo despacio por mi muslo. Sentí mi piel erizarse, el calor húmedo entre mis piernas creciendo. Lo miré fijo:
—Marco, no soy de las que se echan con cualquiera, pero contigo... me late. Quiero esto.
—Yo también, mi reina mexicana —susurró, su aliento cálido en mi cuello.
El beso llegó como tormenta: labios suaves al principio, luego hambrientos. Su lengua explorando mi boca, saboreando el vino y el gelato. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello negro. Me quitó el vestido con cuidado, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis hombros, bajando a mis chichis, lamiendo mis pezones que se endurecían como piedras preciosas. Olía a su sudor limpio, a deseo puro.
¡Ay, wey! Esto es mejor que cualquier sueño. Su boca... me está volviendo loca.
Yo lo desvestí, mis uñas arañando su espalda musculosa. Su verga dura saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado. Él jadeaba, "Dios, Ana..." La chupé despacio, saboreando su piel salada, el pre-semen dulce en mi lengua. Sus gemidos llenaban el cuarto, roncos y sexys.
Me recostó en la cama, sus dedos abriendo mis labios vaginales, húmedos y hinchados. Entró un dedo, luego dos, curvándose justo ahí, en mi punto G. Grité de placer, mis caderas moviéndose solas, el olor a mi excitación impregnando el aire. Lamía mi clítoris con maestría, círculos lentos que me hacían ver estrellas. El tension se acumulaba, como ola creciendo en el mar Caribe.
Pero no quería acabar aún. Lo empujé, montándolo como amazona. Su verga me llenó entera, estirándome delicioso. Cabalgaba fuerte, mis chichis rebotando, sudor perlando nuestros cuerpos. Él me agarraba las nalgas, guiándome, sus ojos clavados en los míos. "¡Más rápido, mi pasión!" gritaba. El slap-slap de piel contra piel, nuestros jadeos, el crujir de la cama... todo era sinfonía erótica.
Cambié de posición: él atrás, doggy style, embistiéndome profundo. Sus bolas golpeando mi clítoris, sus manos en mis caderas. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, el orgasmo acercándose como tren express. "¡Ven conmigo, Marco!" grité, y explotamos juntos. Mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer saliendo de mí, su semen caliente llenándome mientras rugía mi nombre.
Acto tres: colapsamos en la cama, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El cielo púrpura había dado paso a la noche estrellada, y el Tíber murmuraba abajo. Marco me besó la frente, su mano acariciando mi cabello.
—Neta, eso fue épico —le dije, riendo bajito.
—Roma te cambia, Ana. Tú me cambiaste a mí —respondió, su voz ronca de satisfacción.
Nos quedamos así, escuchando nuestros corazones calmarse, el aroma de sexo flotando dulce. Pensé en lo empowering que era: dos adultos conectando por puro deseo, sin promesas rotas. Mañana volaría de regreso a México, pero llevaría este recuerdo grabado en la piel, bajo el cielo púrpura de Roma pasión.
En la quietud, su mano bajó de nuevo, rozando mi monte de Venus. Sonreí. Tal vez una ronda más antes del amanecer.