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El Diablo de la Pasión de Cristo (1)

7491 palabras

El Diablo de la Pasión de Cristo

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de mi pueblo en Oaxaca durante esa Semana Santa que prometía ser como todas las demás. Yo, Laura, de veintiocho años, caminaba entre la multitud que seguía la procesión del Silencio. El aroma a copal y velas derretidas flotaba en el aire, mezclado con el sudor de la gente apiñada. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a mi piel por el calor húmedo, y sentía cómo mis pezones se endurecían contra la tela con cada brisa traicionera. Neta, ¿por qué carajos vengo todos los años a esto? me preguntaba en mi cabeza, mientras mi vida de oficina en la ciudad me ahogaba en rutinas grises.

De repente, entre los penitentes encapuchados y las vírgenes de madera, lo vi. Un vato alto, moreno, con el torso desnudo brillando bajo el sol, tatuajes que serpenteaban como llamas por sus brazos y pecho. Llevaba una máscara de diablo rojo con cuernos retorcidos, pero sus ojos negros me taladraban desde las rendijas. Se movía con una gracia felina, como si el ritmo de los tambores lo poseyera. El corazón me dio un brinco. ¿Quién chingados es ese cabrón? pensé, y un calor traicionero se encendió entre mis piernas.

La procesión avanzaba lenta, y él se acercó más, rozando mi hombro con el suyo. Su piel olía a tierra caliente, a tabaco y algo salvaje, como el mezcal puro. Me volteó a ver y quitó la máscara un segundo, revelando una sonrisa pícara con dientes blancos perfectos. "Órale, morrita, ¿vienes a pecar hoy?" murmuró con voz ronca, ese acento oaxaqueño que me erizaba la piel. Me quedé muda, pero mi cuerpo respondía solo: mis labios se entreabrieron, el pulso latiéndome en la garganta.

Al final de la procesión, en la plaza principal, la gente se dispersó hacia las posadas. Yo me quedé bebiendo una cerveza fría en una banca, fingiendo leer mi celular, pero mis ojos lo buscaban. Apareció de nuevo, sin máscara ahora, con una camisa negra abierta que dejaba ver su pecho velludo. "Soy el Diablo de la Pasión de Cristo", se presentó, sentándose a mi lado tan cerca que su muslo rozaba el mío. "Me dicen así porque en estas fiestas, despierto los fuegos que la iglesia quiere apagar". Su risa era grave, vibrante, y sentí un cosquilleo en el vientre.

Hablamos. Se llamaba realmente Mateo, pero el apodo le calzaba perfecto. Era carpintero, carnal de unos amigos míos, y había vuelto al pueblo por la Semana Santa. Contaba anécdotas con slang puro mexicano: "Neta, en la ciudad soy un pendejo más, pero aquí soy el rey de las tentaciones". Yo reía, mi mano accidentalmente tocando su rodilla, y el contacto era eléctrico, como si su piel quemara la mía. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo pasión, y el aire se llenaba del olor a tlayudas asándose en comales cercanos. "Ven conmigo a la cantina de Don Chucho", me invitó, y yo, sin pensarlo, dije que sí.

¿Qué me pasa? ¿Estoy loca? Pero su mirada me promete lo que mi cuerpo lleva años pidiendo a gritos.

La cantina era un antro humeante de risas y rancheras a todo volumen. Pedimos mezcal en copas de barro, el líquido ardiente bajando por mi garganta como fuego líquido. Mateo me contaba de sus viajes, sus manos grandes gesticulando, rozándome el brazo cada rato. "Tú hueles a jazmín y deseo, Laura", susurró cerca de mi oreja, su aliento cálido contra mi cuello. Mi piel se erizó, los pezones duros como piedras bajo el vestido. Sentía la humedad creciendo entre mis muslos, un pulso insistente que me hacía apretar las piernas.

Salimos tambaleantes de risa y alcohol, la noche estrellada sobre nosotros. Caminamos por un callejón oscuro, solo iluminado por faroles tenues. De pronto, me acorraló contra una pared de adobe fresco, sus manos en mis caderas. "¿Quieres que sea tu diablo esta noche?", preguntó, sus labios a milímetros de los míos. Asentí, jadeante, y lo besé. Su boca era voraz, lengua invadiendo la mía con sabor a mezcal y hombre. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Sus manos subieron por mi vestido, acariciando mis muslos suaves, deteniéndose en mis nalgas para apretarlas con fuerza juguetona. "Qué rica estás, morra", gruñó, y yo respondí apretándome más contra su erección dura como hierro.

Me llevó a su casa, una choza sencilla con patio de bugambilias perfumadas. Adentro, velas parpadeaban, oliendo a cera y algo almizclado. Me desvistió lento, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello, donde lamió mi sudor salado; los senos, chupando mis pezones hasta que grité de placer; el ombligo, mordisqueando suave. Yo temblaba, mis manos explorando su cuerpo: el vello áspero de su pecho, los abdominales duros, bajando hasta su verga gruesa, palpitante en mi palma. "Métemela ya, cabrón", le rogué, voz ronca de necesidad.

Pero él jugaba, experto. Me tendió en la cama de sábanas frescas, su boca bajando por mi vientre hasta mi sexo empapado. Sentí su lengua caliente lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con maestría. El placer era olas, mi espalda arqueándose, manos enredadas en su pelo negro. "¡Ay, Dios! ¡No pares!", gritaba, el sonido de mi voz mezclándose con sus gruñidos hambrientos. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, mientras él lamía sin prisa, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hacía ver estrellas.

Este es el diablo de la pasión de Cristo, y yo su mártir voluntaria, rindiéndome al éxtasis prohibido.

La tensión crecía, mis caderas moviéndose contra su cara, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, jugos corriendo por sus labios. Él subió, besándome para que probara mi sabor en su lengua. "Ahora sí, mi reina", dijo, posicionándose. Su verga entró lento, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Gemimos juntos, piel contra piel sudorosa, el slap slap de nuestros cuerpos uniéndose. Lo cabalgaba primero, mis tetas rebotando, uñas arañando su pecho mientras él me guiaba por las caderas. "¡Qué chingón te sientes!", jadeaba él, ojos fijos en los míos.

Cambié de posición, él encima, embistiéndome profundo y rápido. Sentía cada vena de su miembro rozando mis paredes, su pubis contra mi clítoris, building el fuego otra vez. El aire olía a sexo puro, a sudor y pasión desatada. Sus manos en mis nalgas, levantándome para penetrar más hondo. "Ven conmigo, Laura", ordenó, y yo obedecí, corriéndome de nuevo con un grito ahogado, mi coño apretándolo como vicio. Él se derramó dentro, caliente y abundante, gruñendo mi nombre mientras su cuerpo se tensaba sobre el mío.

Quedamos jadeantes, enredados en las sábanas húmedas. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón galopante calmarse. Afuera, los cohetes de la medianoche anunciaban el fin del Viernes Santo. "Eres más que un diablo, Mateo", murmuré, acariciando su espalda. Él rio bajito. "Y tú mi salvación, morrita. Esto no acaba aquí". Me besó suave, y en ese afterglow, con el cuerpo saciado y el alma en paz, supe que había encontrado mi propia pasión de Cristo, redentora y ardiente.

La mañana trajo café negro humeante y promesas susurradas. Caminamos por el pueblo, mano en mano, mientras la gente preparaba las piñatas de gloria. El diablo de la pasión de Cristo ya no era solo un apodo; era el hombre que despertó mi fuego interior, y yo, su cómplice eterna en este baile de tentaciones dulces.

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