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Pasión Prohibida Capítulo 51 Fuego en la Piel

7749 palabras

Pasión Prohibida Capítulo 51 Fuego en la Piel

Ana se recargó en la barandilla del balcón, con el viento nocturno de Polanco revolviéndole el cabello negro y largo. La ciudad bullía abajo, luces de autos y neones parpadeando como promesas rotas. Llevaba un vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como un amante posesivo, y debajo, nada más que su piel ardiente. Hacía meses que esta pasión prohibida la consumía, y esta noche, en la fiesta de su esposo en su penthouse, sabía que capítulo 51 estaba a punto de escribirse.

Desde el salón llegaba el eco de risas y copas chocando, mezclado con el ritmo de una cumbia rebajada que ponía a todos a mover las caderas. Su marido, Carlos, charlaba animado con los cuates, ajeno a todo. Pero Diego... ay, Diego, el carnal de Carlos, el wey que la volvía loca con solo una mirada. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Trabajaba en publicidad, siempre con esa colonia cara que olía a madera y deseo, y un cuerpo forjado en el gym que Ana imaginaba presionado contra el suyo.

¿Por qué carajos tengo que resistirme? Neta, cada vez que lo veo, mi cuerpo traiciona mi mente. Mi chochito se moja solo de pensarlo.
Pensó Ana, mordiéndose el labio mientras lo buscaba con la vista. Ahí estaba, platicando con unas morras, pero sus ojos se clavaron en ella como flechas. Un guiño disimulado, y Ana sintió un cosquilleo subirle por las piernas.

El deseo inicial era un fuego lento, encendido en una cena familiar meses atrás. Diego la rozó "sin querer" al pasar el guacamole, y ese toque eléctrico la dejó temblando toda la noche. Desde entonces, mensajes codificados, miradas robadas en reuniones. Prohibido porque era familia, porque Carlos era su vida estable, pero esta tensión la hacía sentir viva, chida de verdad.

—Órale, Ana, ¿ya te cansaste de la pachanga? —dijo Diego apareciendo a su lado, su voz grave como un ronroneo.

—Nah, wey, solo necesitaba aire fresco. Esta calor está cabrón —mintió ella, su pulso acelerándose al sentir su calor corporal tan cerca.

Él se acercó más, su aliento con sabor a tequila rozándole la oreja. —Pues yo traigo un calor que no se apaga. ¿Quieres que te ayude con eso?

Ana giró la cabeza, sus labios a centímetros. El olor de su piel, mezclado con el humo de cigarro y sudor fresco, la mareó. —Eres un pendejo peligroso, Diego. Si Carlos nos ve...

—No nos va a ver. Vamos adentro, al cuarto de visitas. Solo un ratito.

El corazón de Ana latía como tamborazo en sus oídos. Sí, neta, quiero esto. Capítulo 51 de mi pasión prohibida. Asintió, y él la tomó de la mano, guiándola por el pasillo desierto mientras la fiesta seguía ajena.

La puerta del cuarto se cerró con un clic suave, y el mundo exterior se desvaneció. La habitación era un oasis de lujo: cama king size con sábanas de hilo egipcio, luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas. Diego la empujó contra la pared, sus manos grandes explorando su cintura.

—Te he deseado toda la noche, nena. Ese vestido me tiene loco —murmuró, besándole el cuello con labios calientes y húmedos.

Ana jadeó, el sabor salado de su piel en su lengua mientras lo besaba con hambre. Sus lenguas danzaron, un torbellino de tequila y lujuria. ¡Qué rico sabe, cabrón! Sus manos bajaron a su verga, ya dura bajo los pantalones, palpitando como un corazón salvaje. La apretó, sintiendo su grosor, y Diego gruñó contra su boca.

Se quitó el vestido en un movimiento fluido, quedando desnuda, sus pechos firmes con pezones erectos rogando atención. Diego la devoró con los ojos, luego con la boca, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. El roce áspero de su barba en su piel sensible era puro fuego, y el sonido de su respiración agitada llenaba la habitación.

Esto es lo que necesitaba. No más fantasías, quiero sentirlo dentro de mí, llenándome hasta reventar.

Diego la levantó como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo la camisa que Ana le arrancó con impaciencia. Botones volando, piel morena expuesta, olor a macho puro invadiendo sus sentidos. La tiró en la cama, y se arrodilló entre sus piernas abiertas. Besó su interior de muslos, lento, torturándola. Ana se retorcía, sus jugos ya chorreando, el aroma almizclado de su excitación flotando en el aire.

—Estás empapada, mi reina. Todo para mí —dijo él, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en su punto G. Ana gritó bajito, cubriéndose la boca para no alertar a nadie. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo era obsceno, delicioso. Él lamió su clítoris hinchado, succionando con maestría, su lengua plana y rápida como un latigazo de placer.

La tensión escalaba, olas de calor subiendo desde su vientre. Ana agarró su cabello, empujándolo más profundo. Más, wey, no pares. Esta es mi pasión prohibida, y la vivo al máximo. Diego aceleró, su boca voraz, hasta que ella explotó en un orgasmo que la dejó temblando, estrellas estallando detrás de sus párpados, el sabor de su propia esencia en sus labios cuando él la besó después.

Pero no era suficiente. Ana lo volteó, montándose a horcajadas. Su verga erecta, venosa, reluciente de pre-semen. La frotó contra su entrada, lubricándose, provocándolo. —Ahora te toca sufrir, carnal —susurró, bajando despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo.

Diego maldijo en voz baja, sus caderas embistiendo arriba. ¡Qué prieta y caliente está! El ritmo se volvió frenético, piel contra piel chocando con palmadas rítmicas, sudor perlando sus cuerpos. Ana cabalgaba como una diosa, pechos rebotando, uñas clavadas en su pecho. Él la agarró de las nalgas, amasándolas, un dedo rozando su ano para más placer prohibido.

Los gemidos se volvieron salvajes, ahogados contra hombros y cuellos. El olor a sexo crudo, sudor y perfume caro impregnaba todo. Ana sentía cada vena de su verga frotando sus paredes internas, el glande golpeando su cervix en éxtasis. La psychological intensity crecía: culpa mezclada con liberación, amor fraternal torcido en lujuria pura.

—Me vengo, Ana, ¡no aguanto! —gruñó Diego, sus ojos fijos en los de ella.

—Dámelo todo, amor prohibido —jadeó ella, contrayendo sus músculos para ordeñarlo.

El clímax los golpeó como un rayo. Diego se vació dentro de ella en chorros calientes, pulsando, mientras Ana se deshacía en un segundo orgasmo, su chochito convulsionando alrededor de él. Gritaron en silencio, cuerpos pegados, temblores compartidos. El afterglow fue dulce: Diego la abrazó, besos suaves en la frente, mientras el sudor se enfriaba en su piel.

Yacían enredados, el corazón de ella latiendo contra el de él. La ciudad seguía viva afuera, pero aquí, en este nido de sábanas revueltas, todo era paz culpable.

Pasión prohibida, capítulo 51 completado. ¿Habrá un 52? Neta, no sé si pueda parar esto. Me hace sentir mujer, deseada, libre.
Reflexionó Ana, trazando círculos en su pecho con un dedo.

—Tenemos que volver —susurró Diego, besándola una última vez, su sabor persistiendo en su boca.

Se vistieron con prisas, miradas cargadas de promesas. Al salir, la fiesta seguía en pie, Carlos riendo con una cerveza en mano. Nadie sospechaba. Ana sonrió, el secreto ardiendo en su interior como brasas listas para avivarse de nuevo.

Esta noche, la pasión prohibida había ganado un capítulo más, y Ana sabía que el fuego solo crecía.

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