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Amarte Es Mi Pasión

6563 palabras

Amarte Es Mi Pasión

La brisa salada del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras te esperaba en la terraza de la casa rentada. El sol se ponía tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y el sonido de las olas rompiendo en la playa era como un latido constante, sincronizado con el mío acelerado. Tú, Diego, mi chulo moreno con ojos que prometían travesuras, llegaste con esa sonrisa pícara que me deshace. Llevabas una camisa guayabera abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que me hace salivar.

"Órale, nena, ¿me extrañaste?", dijiste con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, mientras me jalabas por la cintura. Tu olor a sal, arena y un toque de colonia barata me invadió, y sentí un cosquilleo en el estómago. Te abracé fuerte, presionando mis pechos contra tu torso duro. "Más que nada en este mundo", murmuré, besándote el cuello. Ahí empezó todo, esa tensión que se acumulaba desde la mañana cuando nos separamos para el trabajo. Amarte es mi pasión, pensé, mientras tus manos bajaban a mis caderas, apretando con esa fuerza que me hace sentir viva.

Entramos a la casa riendo, tropezando como pendejos enamorados. La cocina olía a tacos de mariscos que preparé antes, pero ninguno pensó en comer. Te senté en la silla de madera y me subí a horcajadas sobre ti, mis shorts de mezclilla rozando tus jeans. Tus labios capturaron los míos en un beso hambriento, lengua explorando mi boca con sabor a tequila del trago que tomaste en el camino. Gemí bajito, sintiendo cómo tu verga se endurecía debajo de mí, presionando justo donde lo necesitaba.

"Qué rica estás, Ana", susurraste contra mi oreja, mordisqueándola suave. Tus manos subieron por mi blusa suelta, acariciando mi espalda desnuda. El calor de tus palmas era fuego líquido, y mis pezones se endurecieron al instante, pidiendo atención. Me quité la blusa con un movimiento rápido, dejando mis tetas al aire, y vi cómo tus ojos se oscurecían de deseo. "Chíngame con la mirada primero", te dije juguetona, moviéndome lento sobre tu bulto. El roce era delicioso, una promesa de lo que vendría.

¿Por qué me pones así de loca, cabrón? Cada caricia tuya es como una droga, y yo soy tu adicta voluntaria. Amarte es mi pasión, y esta noche te lo voy a demostrar hasta que grites mi nombre.

Te levantaste conmigo en brazos, fuerte como un toro, y me llevaste al sofá amplio frente al ventanal con vista al mar. La noche caía, y las luces de los barcos lejanos parpadeaban como estrellas caídas. Me recostaste con cuidado, pero tus ojos ardían con urgencia. Desabroché tu camisa, besando cada centímetro de tu pecho bronceado, lamiendo el sudor salado que perlaba tu piel. Sabías a hombre, a esfuerzo del día y a promesas sucias. Tus manos desataron mi short, deslizándolo por mis muslos junto con las tangas, exponiéndome al aire fresco que entraba por la ventana abierta.

"Mírate, toda mojada para mí", dijiste, pasando un dedo por mi raja húmeda. Jadeé, arqueándome, el sonido de mi propia excitación chorreando era obsceno y excitante. Tus dedos jugaron ahí, círculos lentos en mi clítoris hinchado, metiéndose adentro con facilidad. "¡Ay, Diego, no pares!", supliqué, mis uñas clavándose en tus hombros. El placer subía en olas, como el mar afuera, pero tú controlabas el ritmo, torturándome deliciosamente. Olía a mi propia esencia, almizclada y dulce, mezclada con tu aroma masculino.

Te quité los jeans a tirones, liberando tu verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, la piel suave sobre el acero. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. "Qué chingona chupas, nena", gruñiste, enredando tus dedos en mi pelo. Me la metí hasta la garganta, gimiendo con cada embestida, mis labios estirados alrededor de ti. Tus caderas se movían instintivas, follándome la boca con cuidado, pero con esa pasión que nos define.

Pero quería más. Te empujé al sofá y me subí encima, guiando tu pija a mi entrada empapada. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abrías, me llenabas hasta el fondo. "¡Qué rico te sientes, carajo!", grité, comenzando a cabalgarte. Tus manos en mis tetas, pellizcando pezones, enviaban chispas directo a mi coño. El sonido de piel contra piel, chapoteos húmedos, se mezclaba con nuestros jadeos y el rugido del océano. Sudábamos, cuerpos brillantes, el olor a sexo impregnando el aire.

Esto es el paraíso, Diego. Tu verga dentro de mí, tus ojos devorándome, tu aliento en mi cuello. Amarte es mi pasión, y cada thrust me lo recuerda.

La tensión crecía, mis paredes apretándote más, tu punta golpeando ese punto que me hace ver estrellas. Cambiamos posiciones; me pusiste a cuatro patas en el suelo mullido, el tapete mexicano arañando mis rodillas de placer. Entraste de nuevo, profundo y fuerte, tus bolas chocando contra mi clítoris. "¡Más duro, pendejo, dame todo!", exigí, empujando hacia atrás. Tus embestidas eran salvajes ahora, el sofá crujiendo, mis tetas balanceándose. Sentía cada vena, cada pulso, el calor acumulándose en mi vientre.

Me volteaste, piernas sobre tus hombros, penetrándome visualmente mientras me follabas. Nuestros ojos se clavaron, almas conectadas en ese momento crudo. "Te amo, Ana, eres mi todo", confesaste entre gruñidos. Eso me rompió. El orgasmo llegó como tsunami, contrayéndome alrededor de ti, chorros de placer escapando, mojando tus muslos. Grité tu nombre, cuerpo temblando, uñas en tu espalda dejando marcas rojas. Tú seguiste, prolongando mi éxtasis, hasta que explotaste dentro, semen caliente llenándome, marcándome como tuyo.

Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Te besé suave, probando el salado de lágrimas de placer en mis mejillas. El mar susurraba arrullándonos, la brisa enfriando nuestros cuerpos febriles. Me acurruqué en tu pecho, escuchando tu corazón galopante calmarse al ritmo del mío.

"Qué chido fue eso, mi amor", murmuraste, acariciando mi cabello revuelto. Sonreí, trazando círculos en tu piel. "Amarte es mi pasión, Diego, y cada día lo vivo más intenso". La noche nos envolvió, prometiendo más amaneceres así, en este rincón de México donde nuestro amor arde eterno. El aroma a sexo perduraba, un recordatorio dulce, mientras nos dormíamos entrelazados, satisfechos y completos.

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