Duelo de Pasiones Capitulo 2 Llamas en la Noche
La hacienda en las afueras de Tequila bullía de vida esa noche. Luces de faroles colgaban de los altos mezquites, iluminando mesas cargadas de botanas y vasos de tequila reposado que brillaban como oro líquido. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, mezclado con el humo de las barbacoas y el dulce aroma de las flores de cempasúchil que adornaban el patio. Yo, Ana, caminaba entre la gente con mi vestido rojo ceñido al cuerpo, sintiendo cómo la tela rozaba mi piel con cada paso, como una caricia impaciente. Hacía meses que no veía a Diego, el wey que me traía loca con su mirada de fuego y su sonrisa pícara. Nuestra familia competía con la suya en el negocio del tequila, pero lo que ardía entre nosotros era otro pedo, un duelo de pasiones que no se apagaba.
Lo vi de lejos, recargado en una columna de adobe, con su camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver el vello oscuro que me hacía salivar. Sus ojos negros me encontraron al instante, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubiera echado un trago de tequila puro. Órale, Ana, no seas pendeja, me dije, pero mis pies ya se movían hacia él. La música de mariachi retumbaba, con trompetas que vibraban en el pecho y violines que lloraban pasiones contenidas. La gente bailaba, risas y gritos se mezclaban con el crujir de las hojas secas bajo las botas.
—¿Qué onda, reina? —me soltó con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose tanto que olí su colonia fresca, con notas de limón y madera—. ¿Vienes a seguir el duelo de pasiones capítulo 2 o nomás a verme la cara?
Me reí, sintiendo el calor subir por mi cuello. —Neta, Diego, eres un carnal imposible. Pero sí, aquí estoy, lista pa'l round dos.
Nos quedamos platicando, pero las palabras eran puro pretexto. Sus dedos rozaron mi brazo al pasarme un vaso, y el toque fue eléctrico, como un rayo que me recorrió hasta las ingles. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, calentándome por dentro, mientras sus ojos devoraban mis labios. La tensión crecía, densa como el humo de las fogatas. Recordé nuestra primera noche, meses atrás, en una bodega llena de barriles, donde nos dimos como animales hambrientos. Eso había sido el capítulo uno; ahora, esto prometía ser épico.
La fiesta seguía su ritmo, pero nosotros nos escabullimos hacia el jardín trasero, donde los nogales altos daban sombra y privacidad. La luna llena pintaba todo de plata, y el aire fresco besaba mi piel expuesta. Diego me acorraló contra un muro de piedra, sus manos grandes en mi cintura, apretándome con esa fuerza que me hacía jadear.
Pinche Diego, me vas a volver loca, pensé, mientras su boca rozaba mi oreja, su aliento caliente oliendo a tequila y deseo.
—Te extrañé, Ana —murmuró, sus labios trazando un camino por mi cuello—. Desde esa noche no paro de pensar en tu sabor, en cómo te aprietas contra mí.
Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa, el latido acelerado de su corazón. —Yo también, wey. Pero no creas que te la voy a poner fácil. Esto es un duelo, ¿no?
Se rió bajito, un sonido gutural que me vibró en el cuerpo. Me besó entonces, duro y profundo, su lengua invadiendo mi boca con hambre. Sabía a tequila ahumado y a algo salvaje, mexicano puro. Mis uñas se clavaron en su espalda, rasgando la tela, mientras él me levantaba contra el muro, mis piernas envolviéndolo por instinto. El vestido se subió, y sus manos exploraron mis muslos, subiendo hasta donde la humedad ya me traicionaba.
El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de la piedra en mi espalda, el calor de su cuerpo presionando el mío, el olor almizclado de su sudor mezclándose con el jazmín del jardín. Gemí en su boca cuando sus dedos encontraron mi clítoris, frotando con círculos lentos que me hicieron arquearme. Qué chido se siente, neta, pensé, mientras el placer subía en olas, mi respiración entrecortada contra su cuello.
—Estás empapada, mamacita —gruñó, metiendo un dedo dentro de mí, luego dos, moviéndolos con maestría—. Me encanta cómo te mojas por mí.
Lo empujé hacia abajo, al césped mullido bajo los árboles. Me puse encima, quitándole la camisa con urgencia, besando su pecho, lamiendo el salado de su piel. Su verga ya estaba dura, presionando contra los pantalones. La liberé, admirando su grosor, venoso y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, y él siseó de placer.
—Chúpamela, Ana, por favor —suplicó, voz ronca.
Me incliné, mi lengua trazando la punta, saboreando el precum salado. Lo tragué hasta la garganta, gimiendo con él, el sonido de succión húmeda mezclándose con los grillos y el lejano mariachi. Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome, pero suave, siempre consensual, puro fuego mutuo.
La intensidad crecía como una tormenta. Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas al aire fresco. Las chupó con avidez, mordisqueando los pezones hasta que dolía rico, enviando chispas directo a mi centro. Rodamos en el pasto, él encima ahora, besando mi vientre, bajando hasta mi panocha. Su lengua era mágica, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris con succión perfecta. Olía a mi propia excitación, dulce y musgosa, y gemí alto, mis caderas moviéndose contra su cara.
No aguanto más, carnal, pensé, jalándolo arriba. — métemela ya, Diego. Quiero sentirte todo.
Se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada, lubricada y lista. Entró despacio al principio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro, hasta llenarme por completo. Ambos jadeamos, el sonido gutural de su placer uniéndose al mío. Empezó a moverse, lento, profundo, cada embestida rozando ese punto que me volvía loca. El sudor nos unía, piel resbaladiza contra piel, el slap-slap de cuerpos chocando como música erótica.
—¡Más fuerte, pendejo! —le exigí, arañando su espalda.
Aceleró, follando con pasión animal, mis tetas rebotando, sus bolas golpeando mi culo. El orgasmo me golpeó primero, una explosión de placer que me hizo gritar, mi concha apretándolo como un vicio, olas y olas convulsionándome. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire nocturno secaba nuestro sudor, y el olor a sexo impregnaba todo. Diego me besó la frente, tierno ahora.
—Eso fue el mejor capítulo dos del duelo de pasiones —dijo, riendo suave.
Yo sonreí, acariciando su cara barbuda. Neta, esto no termina aquí, pensé, mientras la luna nos cubría con su luz plateada. La fiesta seguía a lo lejos, pero nosotros habíamos encontrado nuestro propio ritmo, un fuego que ardía eterno en la noche mexicana.