Abismo de Pasión Capítulo 107
La noche caía sobre Polanco como un manto de terciopelo negro, y yo, Sofia, me encontraba en mi depa amplio y luminoso, con el aroma del jazmín del jardín flotando desde la terraza. Hacía semanas que no veía a Diego, mi carnal, el wey que me hacía temblar con solo una mirada. Neta, este pinche abismo de pasión capítulo 107 de nuestra historia me tenía al borde del colapso, pensé mientras me ponía el vestido negro ceñido que sabía que lo volvía loco. El tejido suave rozaba mi piel, despertando chispas en mis pezones que ya se endurecían de anticipación.
El sonido del tráfico lejano de Reforma era como un pulso distante, pero mi corazón latía más fuerte, tan fuerte que lo sentía en la garganta. Preparé unos tequilas reposados en vasos helados, el olor fuerte y ahumado del agave llenando el aire. Diego había mandado un mensajito: "Llego en diez, mi reina. Prepárate pa' lo que te viene". Órale, eso sí que me prendió. Me miré en el espejo del pasillo, mis labios rojos brillando, el cabello suelto cayendo en ondas oscuras sobre mis hombros. Mi cuerpo, curvilíneo y moreno, estaba listo para él. Deseaba sentir sus manos grandes, callosas de tanto trabajo en su taller de motos en la Narvarte, recorriéndome como si fuera territorio conquistado.
¿Y si esta vez nos perdemos del todo en este abismo de pasión capítulo 107? me dije, imaginando su boca en mi cuello, su aliento caliente contra mi piel.
El timbre sonó, y corrí a abrir. Ahí estaba Diego, alto, musculoso, con esa sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba su pecho ancho y jeans que abrazaban sus caderas. "¡Hola, mamacita!", dijo con voz ronca, entrando y cerrando la puerta de un golpe suave. Su colonia, una mezcla de madera y cítricos, me envolvió como un abrazo. Sin palabras, me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabían a menta y a deseo puro, su lengua explorando mi boca con urgencia, mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta apretar mis nalgas.
"Te extrañé tanto, Sofia", murmuró contra mi oreja, mordisqueándola suavemente. El roce de su barba incipiente me erizó la piel. Lo empujé hacia el sofá de cuero negro, el mismo donde tantas veces nos habíamos devorado. Nos sentamos, pero no por mucho; sus dedos ya desabrochaban los botones de mi vestido, exponiendo mi brasier de encaje rojo. "Estás cañona, wey", gemí, pasando mis uñas por su pecho, sintiendo los músculos tensarse bajo la tela. El aire se cargaba de nuestro calor, el olor de nuestra excitación empezando a mezclarse con el tequila.
Bebimos un trago rápido, el líquido ardiente bajando por mi garganta, avivando el fuego en mi vientre. "Cuéntame de tu día", le pedí, queriendo alargar la tensión, saborear el preludio. Él rio bajito, su mano subiendo por mi muslo interno, rozando el borde de mis panties húmedas. "Pinche día de mierda en el taller, pero pensar en ti me mantenía duro todo el tiempo". Sus palabras crudas me mojaron más, el calor entre mis piernas palpitando. Le quité la camisa, besando su torso, lamiendo el sudor salado de su piel, inhalando su esencia masculina que me volvía loca.
La luz de las velas que encendí parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes blancas. Sus besos bajaron a mi cuello, succionando hasta dejar marcas rosadas. Qué chido sentirlo así, como si fuéramos los únicos en el mundo. Lo empujé para que se recostara, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mí a través de los jeans, gruesa y lista. "Diego, por favor", susurré, frotándome contra él, el roce enviando ondas de placer por mi clítoris hinchado.
Desabroché su cinturón, liberando su miembro erecto, venoso y palpitante. Lo tomé en mi mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado. "Mírate, tan grande y mío", le dije juguetona, lamiendo la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Él gruñó, sus manos enredándose en mi pelo. "Chúpamela, mi amor". Obedecí, tragándomelo profundo, el sonido húmedo de mi boca llenando la sala, sus gemidos roncos como música erótica. Su sabor me inundaba, embriagándome más que el tequila.
Pero no quería que terminara así. Me levanté, quitándome el vestido y las panties, quedando desnuda ante él. Mis tetas firmes, pezones oscuros y duros, mi coño depilado brillando de jugos. "Ven, fóllame ya", lo invité, tumbándome en el sofá y abriendo las piernas. Diego se desnudó rápido, su cuerpo atlético reluciendo bajo la luz tenue. Se arrodilló entre mis muslos, besando mi interior, lamiendo mis labios mayores con lengua experta. El placer era eléctrico, su aliento caliente, el roce áspero de su barba contra mi piel sensible. "¡Sí, ahí, wey!", grité cuando tocó mi clítoris, chupándolo suave al principio, luego con hambre.
Mi cuerpo se arqueaba, manos apretando las almohadas, el cuero pegándose a mi espalda sudada. El olor de mi arousal, almizclado y dulce, se mezclaba con el suyo. Introdujo dos dedos, curvándolos para golpear mi punto G, mientras su boca no paraba. "Estás empapada, Sofia, neta me encanta". Las olas de placer crecían, mi respiración jadeante, gemidos escapando sin control. "No pares, ¡voy a venirme!". Él aceleró, y exploté en un orgasmo que me sacudió entera, jugos salpicando su cara, mi voz rompiendo el silencio en un grito gutural.
Este abismo de pasión capítulo 107 nos consumía, y ni modo, quería más.
Temblando aún, lo jalé hacia arriba. "Métemela, Diego, lléname". Él se posicionó, la cabeza de su verga rozando mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Qué apretada estás, carajo!", jadeó, sus caderas empujando hasta el fondo. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Empezamos a movernos, yo clavando mis talones en su espalda, él embistiéndome con ritmo creciente.
El sonido de piel contra piel era obsceno, chapoteos húmedos, nuestros jadeos sincronizados. Sudor perlando nuestros cuerpos, resbalando entre mis tetas que rebotaban con cada thrust. Cambiamos de posición; me puso a cuatro patas en la alfombra persa, agarrando mis caderas, follándome profundo. "¡Más fuerte, papi!", supliqué, empujando contra él. Su mano bajó a mi clítoris, frotando en círculos, mientras la otra pellizcaba mis pezones. El placer se acumulaba de nuevo, tensión en mi bajo vientre, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla.
"Me vengo, Sofia, ¡juntos!", rugió, acelerando. Yo exploté primero, un orgasmo más intenso, gritando su nombre, mi coño ordeñándolo. Él se derramó dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo colapsando sobre el mío. Permanecimos así, jadeando, el semen goteando por mis muslos, mezclado con mis jugos. Besos suaves, caricias perezosas, el aroma de sexo impregnando el aire.
Nos acurrucamos en el sofá, envueltos en una manta suave. "Eres lo mejor que me ha pasado, mi reina", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, trazando patrones en su pecho. En este abismo de pasión capítulo 107, habíamos encontrado nuestro paraíso. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros flotábamos en la afterglow, satisfechos, conectados. Mañana sería otro día, pero esta noche era nuestra eternidad.