Música de Cañaveral de Pasiones
El salón de fiestas en las afueras de Huatusco vibraba con el ritmo contagioso de la banda. Las luces de colores giraban como estrellas borrachas, iluminando parejas que se mecían al son de música de Cañaveral de pasiones, esa que te calienta la sangre y te hace olvidar el mundo. Tú entraste con un vestido rojo ceñido que marcaba tus curvas, el aire cargado de olor a tacos al pastor y cerveza fría. El calor veracruzano pegaba como un amante insistente, haciendo que tu piel brillara con un leve sudor que atraía miradas.
Desde la barra, él te vio. Alto, moreno, con camisa negra desabotonada lo justo para dejar ver el pecho tatuado con un águila. Sus ojos oscuros te clavaron como un gancho. Órale, qué chula, pensaste tú, sintiendo un cosquilleo en el vientre. Se acercó con una sonrisa pícara, ofreciéndote un michelada helada. “¿Bailas, reina?”, dijo con voz ronca, su acento veracruzano puro miel.
—Simón, güey, pero agárrame bien que esta música de Cañaveral de pasiones me pone loca —respondiste, riendo, mientras tus dedos rozaban los suyos al tomar el vaso. El primer sorbo fue refrescante, lima y sal picando en la lengua, pero nada comparado con el fuego que empezaba a encenderse dentro de ti.
¿Por qué carajos me mira así? Como si ya supiera cómo sabe mi piel. Neta, este wey me trae de cabeza.
La pista estaba repleta, cuerpos chocando al ritmo del trombón y el clarinete que lloraban pasiones prohibidas. Él te tomó de la cintura, su mano grande y callosa presionando justo donde dolía de ganas. Bailaron pegaditos, tus caderas girando contra las suyas, sintiendo la dureza que crecía bajo sus jeans. El bajo retumbaba en tu pecho, sincronizándose con los latidos acelerados de tu corazón. Olía a su colonia barata mezclada con sudor masculino, un aroma que te mareaba más que la cerveza.
—Te mueves como diosa, mamasita —murmuró en tu oído, su aliento caliente rozando el lóbulo, enviando chispas directo a tu entrepierna.
—Y tú no te quedas atrás, papi. Sigue así y no respondo —contestaste, mordiéndote el labio, presionando tu nalga contra su verga endurecida. Cada vuelta era una promesa, el roce de telas húmedas, el sonido de risas y zapateos alrededor, pero solo existían ustedes dos en ese torbellino.
La canción cambió a un cumbia más lenta, y él te giró, pegando tu espalda a su torso. Sus labios besaron tu cuello, un roce suave que te erizó la piel. ¡No mames, ya estoy mojada! El calor entre tus muslos era innegable, tu clítoris palpitando al ritmo de la música de Cañaveral de pasiones. Sus manos subieron por tus costados, rozando los senos bajo el vestido, pezones endureciéndose como piedritas.
Quiero que me toque ya, que me folle aquí mismo, pero neta, hay que esperar un poco. Esto va a valer la pena.
Se apartaron de la pista hacia un rincón oscuro del salón, donde las sombras los cobijaban. Ahí, contra la pared áspera, sus bocas se encontraron en un beso hambriento. Lenguas danzando como en un baile prohibido, sabor a cerveza y deseo puro. Tú gemiste bajito cuando su mano se coló bajo tu falda, dedos gruesos encontrando tu tanga empapada.
—¿Ya estás así por mí, ricura? —preguntó, voz grave, mientras frotaba tu chochito hinchado con maestría.
—Por ti y por esta pinche música que nos prende —jadeaste, desabrochando su cinturón. Su pinga saltó libre, gruesa y venosa, latiendo en tu palma. La acariciaste despacio, sintiendo la piel suave sobre el acero, el calor que emanaba como lava.
Él se arrodilló, subiendo tu vestido. El aire fresco besó tus muslos, pero su lengua fue fuego. Lamió desde la rodilla hasta tu centro, inhalando tu aroma almizclado de excitación. Cuando su boca cubrió tu clítoris, chupando con hambre, viste estrellas. Tus uñas se clavaron en su cabello negro, caderas moviéndose solas al ritmo que aún sonaba lejano.
¡Ay, cabrón, qué rico! Gemidos ahogados se mezclaban con el eco de la banda. Él metió dos dedos dentro de ti, curvándolos justo ahí, mientras su lengua giraba sin piedad. El orgasmo te golpeó como un trueno, jugos corriendo por sus labios, cuerpo temblando contra la pared.
Pero no pararon. Tú lo jalaste arriba, besándolo para probarte en él, salado y dulce. “Vamos afuera”, susurraste, y él asintió, ojos en llamas. Salieron al estacionamiento, el aire nocturno cargado de jazmín y tierra húmeda. Su camioneta negra estaba apartada, y ahí, en la caja, extendieron una cobija raída.
Te quitó el vestido de un tirón, admirando tus tetas firmes, pezones oscuros pidiendo atención. Los succionó uno a uno, mordisqueando suave, mientras tú lo montabas a horcajadas. Su verga rozaba tu entrada, lubricada y ansiosa. “Métemela ya, amor”, rogaste, y él obedeció, embistiéndote de un golpe profundo.
Siento cada centímetro estirándome, llenándome. Es perfecto, como si estuviera hecho para mí. ¡Qué chingón se siente!
El ritmo empezó lento, savorizando cada penetración. Su pelvis chocando contra tu clítoris, manos amasando tu culo redondo. Sudor goteaba de su frente al valle de tus senos, salado en tu lengua cuando lo lamiste. La música de Cañaveral se filtraba desde el salón, pasiones cantando sus gemidos. Aceleraron, tú cabalgando como amazona, tetas rebotando, él gruñendo “¡Qué rica panocha, güera!”.
Cambiaron posición: él encima, piernas sobre sus hombros, follando profundo y rápido. El sonido húmedo de carne contra carne, olfato invadido por sexo puro, pieles pegajosas. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo. “Me vengo, papi”, gritaste, y el clímax te sacudió de nuevo, espasmos ordeñando su leche caliente que explotó dentro, llenándote hasta rebosar.
Colapsaron jadeando, cuerpos entrelazados bajo las estrellas veracruzanas. Su mano acariciaba tu cabello húmedo, besos suaves en la frente. El olor a sexo y tierra se mezclaba con risas lejanas de la fiesta.
—Neta, esa música de Cañaveral de pasiones nos unió, ¿verdad? —dijiste, riendo bajito.
—Y lo repetiremos, mi reina. Esto apenas empieza —respondió él, atrayéndote más cerca.
Qué noche, cabrones. Mañana duele el cuerpo, pero el alma está en paz. Pasiones así no se olvidan.
Se quedaron así un rato, escuchando el eco de la banda desvanecerse, sabiendo que habían creado su propia melodía de placer.