La Imagen de la Pasión de Jesús
En las calles empedradas de Coyoacán, donde el aroma a churros recién fritos se mezcla con el dulzor de las flores de cempasúchil, María paseaba sin rumbo fijo un sábado por la tarde. El sol de octubre calentaba su piel morena, haciendo que el escote de su blusa de algodón se pegara un poco a sus pechos. Llevaba el cabello suelto, negro como la noche, y unos jeans ajustados que realzaban sus caderas anchas. Neta, estaba de buenas, buscando inspiración para su próximo post en Instagram sobre arte callejero.
De pronto, sus ojos se clavaron en un puesto improvisado junto al parque. Un tipo alto, de piel canela y músculos definidos bajo una camiseta raída, pintaba con furia en un lienzo grande. El título garabateado en la esquina inferior rezaba Imagen de la pasión de Jesús. No era la típica Virgen de Guadalupe ni un santo tieso; era una figura masculina, un Jesús moderno, de torso desnudo y sudoroso, con los ojos cerrados en éxtasis, las venas marcadas en los brazos como si estuviera en el clímax de un sufrimiento que parecía más placer que dolor. La pintura olía a óleo fresco y trementina, un olor que le revolvió las tripas de una forma chida.
¿Qué carajos? Este wey pintó a Jesús como si estuviera a punto de venirse. Me está poniendo caliente nomás de verlo.
María se acercó, fingiendo interés casual. El pintor levantó la vista, unos ojos cafés intensos que la traspasaron. "¿Qué onda? ¿Te late la imagen?", dijo con voz grave, mexicana hasta la médula, con ese acento chilango que suena como un ronroneo.
"Neta, está cañón. ¿Por qué lo pintaste así, como si la pasión fuera... ya sabes, pasión?" respondió ella, mordiéndose el labio sin querer.
Él sonrió, limpiándose las manos en un trapo manchado. "Me llamo Jesús, güey. Y la pasión no es solo clavos y espinas. Es fuego, sudor, deseo que quema. Esta imagen de la pasión de Jesús es mi yo, expuesto." Extendió la mano, áspera por los pinceles, y cuando sus dedos rozaron los de ella, un chispazo eléctrico le subió por el brazo hasta el entrepierna. Se llamaba Jesús, ¡el colmo!
Charlaron un rato, riendo de tonterías. Él le contó que era artista freelance, que vivía en un depa chiquito en la Roma, y que esa pintura era su hit del momento. Ella le platicó de su curro en una galería, de cómo odiaba el arte aburrido. El aire entre ellos vibraba, cargado de feromonas y el humo de unos elotes asados cerca. Cuando él propuso: "Ven a mi taller, te muestro más imágenes así de pasionales", María no lo pensó dos veces. "¡Órale, vamos!"
El taller era un caos creativo en un segundo piso: lienzos apilados, olor a café quemado y algo más, como almizcle masculino. Jesús cerró la puerta, y el clic resonó como una promesa. Puso música de Natalia Lafourcade bajito, esa voz suave que envuelve. Se sentaron en un colchón viejo cubierto de telas, bebiendo chelas frías que él sacó de una hielera.
"Mírate, como en tu pintura", murmuró ella, acercándose. Sus rodillas se tocaron, y el calor de su muslo la hizo jadear. Él la miró fijo, la mano subiendo por su brazo, dejando un rastro de cosquilleo.
Pinche Jesús, con esa imagen de la pasión de Jesús en mi cabeza, lo quiero ya. Su piel huele a sal y arte, me muero por probarlo.
Se besaron despacio al principio, labios suaves explorando, el sabor de la chela y su saliva dulce en la lengua. Las manos de él se colaron bajo su blusa, acariciando la curva de sus senos, el pulgar rozando el pezón que se endureció al instante. María gimió contra su boca, un sonido ronco que llenó el cuarto. "Qué rico, carnal", susurró ella, jalándole la camiseta por la cabeza.
El torso de Jesús era como la pintura: marcado, con un vello ligero que bajaba hasta el ombligo. Ella lo lamió, saboreando el sudor salado, mientras él le desabrochaba los jeans con dedos temblorosos. "Estás mojada, ¿verdad?", dijo él, metiendo la mano dentro de sus calzones. Ella asintió, arqueando la espalda cuando sus dedos encontraron su clítoris hinchado, resbaloso de excitación. El roce era eléctrico, círculos lentos que la hacían retorcerse.
Se desnudaron mutuamente, piel contra piel, el aire fresco del ventilador contrastando con el fuego que los consumía. Jesús la tumbó en el colchón, besando su cuello, mordisqueando la clavícula, bajando hasta sus pechos. Chupó un pezón con hambre, succionando fuerte mientras su mano seguía jugando entre sus piernas. María olía su propia arousal, ese aroma almizclado que lo volvía loco. "¡Ay, wey, no pares!", jadeó ella, clavándole las uñas en la espalda.
Él se movió abajo, separando sus muslos con reverencia. Su lengua tocó su panocha primero suave, lamiendo los labios externos, saboreando el jugo dulce y salado. María gritó, las caderas elevándose para empujarse contra su boca. Él la devoró, metiendo la lengua adentro, chupando el clítoris como si fuera el fruto más chido del mundo. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con sus gemidos y el latido de su corazón en los oídos.
Su lengua es pura pasión, como esa imagen de la pasión de Jesús viva en mi concha. Me voy a venir ya.
Pero él se detuvo, subiendo para besarla, dejándola probarse en sus labios. "Quiero estar adentro", gruñó. Ella asintió, guiando su verga dura como piedra hacia su entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El grosor la llenaba, pulsando caliente. Se movieron juntos, primero lento, sintiendo cada roce, el sudor goteando de su frente al valle de sus senos.
La intensidad creció. Jesús la embestía más fuerte, el colchón crujiendo, sus bolas golpeando contra su culo. María lo arañaba, gritando "¡Más duro, pendejo, dame todo!". Él obedecía, sudando profusamente, el olor a sexo impregnando el aire. Ella sentía su orgasmo construyéndose, una ola en el vientre, los músculos apretándose alrededor de su verga.
Se vinieron al mismo tiempo. Ella primero, convulsionando, un grito ahogado que salió de lo más hondo, el placer explotando en chispas blancas detrás de los ojos. Él la siguió, gruñendo su nombre, llenándola con chorros calientes que la hicieron temblar. Se quedaron pegados, respirando agitados, el corazón de él martillando contra su pecho.
Después, en el afterglow, se acurrucaron bajo una sábana ligera. El cuarto olía a sexo y pintura, la música seguía sonando suave. Jesús acariciaba su cabello, besándole la frente. "¿Vienes a menudo por acá?", bromeó ella.
"Siempre, si es por ti", respondió él, riendo bajito.
María sonrió, pensando en esa imagen de la pasión de Jesús que había cambiado su tarde en algo inolvidable. Salieron juntos al balcón, mirando las luces de la ciudad encenderse, con la promesa de más pasiones por venir. Neta, la vida en México podía ser un pinche paraíso cuando menos lo esperas.