Novela Cañaveral de Pasiones Capítulos Completos
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de mi familia en Veracruz, haciendo que las hojas verdes de la caña susurraran con el viento caliente como un secreto compartido. Yo, Fernanda, de veintiocho años, caminaba entre los altos tallos con la machete en mano, cortando las varas maduras que olían a tierra húmeda y dulzor fermentado. El sudor me empapaba la blusa blanca, pegándola a mi piel morena, y cada gota que resbalaba por mi cuello me recordaba lo viva que me sentía en este lugar. Mi rancho no era de lujos, pero era nuestro, fértil y lleno de promesas, como mi cuerpo que ardía por algo más que el trabajo.
¿Cuánto tiempo más voy a aguantar esta soledad, wey? Cada noche me acuesto pensando en un hombre que me toque como se merece esta tierra.
A lo lejos vi a Miguel, el capataz nuevo que llegó hace un mes del norte. Alto, con el torso musculoso brillando bajo el sol, su piel cobriza tatuada por el sol y una sonrisa pícara que me hacía mojarse las chonas sin remedio. Él manejaba la troja con maestría, su voz grave gritando órdenes que resonaban como un tambor en mi pecho. Nuestras miradas se cruzaban a cada rato, cargadas de esa tensión que huele a deseo crudo, a caña recién cortada.
—Órale, Fernanda, ¿ya terminaste tu hilera? —me dijo acercándose, su aliento cálido rozándome la oreja, oliendo a tabaco y hombre de campo.
—Nomás un cachito, Miguelito. ¿Y tú, qué? ¿Vas a ayudarme o nomás a mirarme el culo? —le contesté coqueta, sintiendo el cosquilleo en el vientre.
Él se rio bajito, ese sonido ronco que me erizaba la piel. —Neta, chula, si no estuvieran los demás, ya te tendría aquí mismo contra la caña.
El corazón me latía fuerte, el pulso acelerado como el viento que mecía los tallos a nuestro alrededor. Ese fue el principio, el gancho de nuestra novela cañaveral de pasiones capítulos completos que apenas empezaba a escribirse en mi mente.
Al atardecer, cuando el sol teñía el cielo de rojo pasión, el ingenio se vaciaba de gente. Yo me quedé rezagada, fingiendo arreglar las herramientas, pero en realidad esperando. El aire se enfrió un poco, trayendo el aroma dulce del bagazo quemado y la savia fresca. Miguel apareció como un fantasma moreno, con la camisa abierta dejando ver el vello oscuro en su pecho.
—Ven pa'cá, reina —me susurró, tomándome de la mano. Sus palmas callosas contra mi piel suave eran fuego puro, enviando chispas directo a mi entrepierna.
Nos metimos en lo hondo del cañaveral, donde las cañas nos ocultaban como amantes clandestinos. El suelo crujía bajo nuestros pies, húmedo y pegajoso, y el zumbido de los grillos era la banda sonora de nuestra calentura. Me arrinconó contra un grupo de tallos gruesos, su cuerpo grande presionando el mío. Sentí su dureza contra mi vientre, ese bulto que prometía placeres olvidados.
¡Ay, Diosito! Este pendejo me va a volver loca. Su olor, su fuerza... lo quiero ya, todo adentro.
—Te tengo ganas desde el primer día, Fernanda. Eres como esta caña, dulce y jugosa —murmuró contra mi cuello, lamiendo el sudor salado que sabía a mí, a mujer deseosa.
Mis manos temblaban mientras le desabrochaba el cinturón, sintiendo el calor de su piel bajo la tela áspera. Él me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis senos llenos al aire fresco de la noche que caía. Sus labios se cerraron en un pezón, chupando con hambre, el ruido húmedo mezclándose con mis gemidos ahogados. ¡Qué rico! La lengua áspera girando, mordisqueando suave, haciendo que mis rodillas flaquearan.
Yo le bajé los pantalones, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante como el corazón de la tierra. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el olor almizclado de su excitación que me mareaba. —Métemela, Miguel, no aguanto más —le rogué, voz ronca de pura necesidad.
Pero él era un galán paciente, de esos que saben construir el fuego lento. Me volteó de espaldas, apoyándome en la caña que rasgaba mi piel con sus filos suaves. Sus dedos expertos se colaron bajo mi falda, encontrando mi chochito empapado, resbaloso de jugos. —Estás chorreando, mi amor. ¡Qué rica! —gruñó, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos para rozar ese punto que me hacía arquear la espalda.
El sonido de mis fluidos chapoteando, su respiración agitada en mi oreja, el roce de las hojas contra mi culo desnudo... todo era una sinfonía sensorial. Gemí fuerte, el placer subiendo en olas, mis caderas moviéndose solas contra su mano. Él aceleró, el pulgar en mi clítoris hinchado, frotando círculos que me nublaban la vista con estrellas.
Acto dos: la escalada. No era solo carnalidad; en mi cabeza bullían pensamientos profundos. Miguel no era un pendejo cualquiera; en sus ojos azules de mestizo vi ternura mezclada con lujuria. Hablamos entre jadeos, confesándonos deseos reprimidos por el trabajo duro, por la vida en el rancho que nos ataba pero también nos unía.
—Siempre soñé con una mujer como tú, fuerte, con curvas que invitan al pecado —me dijo mientras me besaba el hombro, sus dientes marcando mi piel con besos posesivos pero tiernos.
Yo respondí con la verdad: —Y yo con un hombre que me haga sentir reina, no solo jornalera. Tú me miras como si fuera oro puro.
Sus dedos salieron de mí brillando, y me los metió en la boca para que probara mi propio sabor salado-dulce. Luego, se arrodilló, su lengua reemplazando las manos. ¡Madre mía! Lamía mi raja con devoción, sorbiendo mis jugos como néctar de caña, la barba raspándome las nalgas. El placer era eléctrico, mis muslos temblando, el orgasmo construyéndose como una tormenta en el horizonte. Grité su nombre cuando exploté, el cuerpo convulsionando, chorros calientes mojando su cara sonriente.
Él se levantó, verga en mano, frotándola contra mi entrada resbaladiza. —Dime que sí, Fernanda. Dime que me quieres dentro.
—Sí, carajo, métela toda —jadeé, empujando contra él.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, el grosor llenándome hasta el fondo, su pubis peludo chocando contra mi clítoris. El olor de nuestros sexos unidos, sudor y sexo puro, impregnaba el aire. Empezó a bombear, lento al principio, el sonido de carne contra carne como palmadas en la troja. Yo me aferraba a las cañas, los filos cortándome leve pero excitante, mientras él me taladraba con ritmo creciente.
Esto es el paraíso, wey. Su verga me parte en dos y lo amo. Más fuerte, más hondo.
Cambié de posición, montándolo en el suelo blando cubierto de hojas secas. Sus manos en mis caderas guiándome, senos rebotando con cada bajada. Lo cabalgaba como amazona del cañaveral, sintiendo sus bolas contra mi culo, su gemido gutural cuando apreté mis paredes internas alrededor de él. El clímax nos alcanzó juntos; él se hinchó dentro, gritando mi nombre mientras su leche caliente me inundaba, mezclándose con mis jugos en un río de placer compartido. Yo colapsé sobre su pecho, pulsos latiendo al unísono, el mundo reducida a nuestros jadeos y el susurro del viento.
En el afterglow, nos quedamos tendidos bajo las estrellas que asomaban, su brazo alrededor de mi cintura, dedos trazando círculos perezosos en mi piel sudorosa. El cañaveral parecía aprobarnos, sus tallos mecidos como aplausos suaves. Olía a tierra fecundada, a nosotros renovados.
—Esto no es el fin, mi reina. Hay muchos capítulos más en nuestra novela cañaveral de pasiones capítulos completos —me dijo besándome la frente.
Yo sonreí, el corazón pleno. —Neta, Miguel. Y todos van a ser así de calientes.
Nos vestimos con calma, robándonos besos robados, sabiendo que el rancho guardaría nuestro secreto. Caminamos de vuelta, manos entrelazadas ocultas, listos para el siguiente día de trabajo... y de pasión.