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Jimena Pasion de Gavilanes

7232 palabras

Jimena Pasion de Gavilanes

En las lujosas haciendas de Gavilanes, donde el sol besa la tierra con un calor que enciende los sentidos, vive Jimena, la mujer que todos llaman Pasion de Gavilanes. Su piel morena brilla como el tequila añejo bajo la luz del atardecer, y sus ojos negros prometen tormentas de placer. Jimena, con sus curvas generosas que se mecen al ritmo de las rancheras, siempre ha sido el sueño húmedo de los hombres del pueblo. Pero ella no se conforma con miradas; busca el fuego real, el que quema hasta los huesos.

Era una tarde de esas que el aire huele a jazmín y tierra mojada por la lluvia reciente. Jimena caminaba por los jardines de la hacienda, su vestido ligero de algodón blanco pegándose a su cuerpo por el bochorno. ¿Por qué carajos siento este vacío adentro?, se preguntaba mientras sus pezones se endurecían contra la tela fina. De repente, lo vio: Rodrigo, el capataz nuevo, un moreno alto y musculoso, con manos callosas que hablaban de trabajo duro y promesas sucias. Él la miró de arriba abajo, y Jimena sintió un cosquilleo en el vientre, como si su pasión de Gavilanes se despertara de golpe.

Este wey me va a volver loca, pensó ella. Sus brazos como troncos, y esa sonrisa pícara que dice "te voy a chingar hasta que grites".

Buenas tardes, Jimena —dijo Rodrigo con voz grave, como un ronroneo que vibraba en el pecho de ella—. ¿Necesitas ayuda con algo?

Jimena se acercó, oliendo su aroma a sudor limpio mezclado con cuero y caballos. —Sí, carnal, ayúdame a bajar estas flores —mintió, solo para sentir sus manos cerca. Cuando él la rozó al pasarle el ramo, un relámpago le recorrió la espina dorsal. Sus dedos ásperos contra su piel suave fueron como una invitación al pecado. Esa noche, en la cena familiar, no podía dejar de mirarlo. Cada bocado de mole poblano sabía a deseo, y el vino tinto bajaba ardiente por su garganta, avivando el fuego entre sus piernas.

El segundo día, la tensión era un nudo en el estómago de Jimena. Salió al corral al amanecer, cuando el rocío aún perlaba la hierba y el canto de los gallos rompía el silencio. Rodrigo estaba allí, ensillando un caballo, su camisa abierta dejando ver el pecho velludo y brillante de sudor. Ella se mordió el labio, imaginando esa lengua experta lamiéndole el cuello.

¿Qué pasa, Jimena? Te ves inquieta —preguntó él, acercándose con paso felino.

Es este calor, me tiene como perra en celo —confesó ella con una risa juguetona, usando el slang mexicano que los hacía cómplices—. Y tú no ayudas, güey, con esa mirada que me desnuda.

Rodrigo rio, un sonido profundo que le erizó la piel. La tomó de la cintura, suave pero firme, y la atrajo contra su cuerpo duro. —Si quieres, te ayudo a refrescarte —susurró, su aliento caliente contra su oreja. Jimena sintió su verga semierecta presionando su muslo, gruesa y pulsante. No se resistió; al contrario, arqueó la espalda, rozando sus tetas contra él. Sus labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando como en una pelea de gallos, saboreando el salado de la piel y el dulce de la anticipación.

¡Chin güey, este beso me moja hasta los tobillos!, pensó Jimena, mientras sus manos bajaban a apretar ese culo prieto.

La llevaron a la caballeriza, donde el olor a heno fresco y estiércol seco mezclaba un perfume rústico y excitante. Rodrigo la recargó contra una pila de paja, levantándole el vestido con urgencia. Sus manos exploraron sus muslos suaves, subiendo hasta encontrar su concha empapada, resbaladiza como miel de maguey. —Estás chingón de mojada, mi reina —gruñó él, metiendo dos dedos que la hicieron gemir alto, un sonido que rebotó en las vigas de madera.

Jimena le arrancó la camisa, clavando uñas en su espalda mientras lo besaba con hambre. Bajó la mano a su pantalón, liberando esa verga venosa, caliente como hierro al rojo. La acarició despacio, sintiendo cada vena latir bajo su palma, el prepucio suave deslizándose. —Te la voy a mamar hasta que me ruegues —dijo ella, arrodillándose en la paja que pinchaba sus rodillas de forma deliciosa.

Su boca lo envolvió, lengua girando alrededor del glande salado, chupando con succiones que lo hicieron jadear. Rodrigo enredó los dedos en su cabello negro, guiándola sin forzar, solo disfrutando el ritmo. El sabor de su precum era amargo y adictivo, como mezcal puro. Jimena lo miró desde abajo, ojos brillantes de lujuria, mientras lo tragaba más profundo, garganta relajada por la práctica que solo una pasión de Gavilanes como ella domina.

Pero Rodrigo no era de los que se rinden fácil. La levantó, volteándola contra la pared de tablas ásperas que raspaban su piel sensible. Le bajó las bragas de encaje, exponiendo su culo redondo y su coño hinchado, labios mayores abiertos como una flor en rocío. —Ahora te voy a comer viva —prometió, arrodillándose él. Su lengua atacó primero el clítoris, lamiendo en círculos lentos que la hicieron temblar. El sonido de su chupeteo era obsceno, jugos chorreando por su barbilla. Jimena empujaba hacia atrás, gimiendo "¡Sí, cabrón, así!", el placer subiendo como una ola desde su vientre.

El aire estaba cargado del olor almizclado de sus sexos, sudor perlando sus cuerpos. Rodrigo se puso de pie, frotando su verga contra su entrada resbalosa, teasing sin penetrar aún. —Dime que la quieres adentro —exigió, voz ronca.

¡Métemela ya, pendejo! Te necesito chingándome duro —suplicó ella, empalándose ella misma. La invasión fue gloriosa: grueso, estirándola al límite, llenándola hasta el fondo. Empezaron lento, él embistiendo profundo, bolas golpeando su clítoris con cada thrust. Jimena sentía cada centímetro, venas rozando sus paredes internas, pulsos sincronizados con su corazón desbocado.

La intensidad creció. Rodrigo la agarró de las caderas, clavándose más rápido, piel contra piel en palmadas húmedas. Ella se tocaba el clítoris, círculos frenéticos, mientras sus tetas rebotaban libres. "¡Más fuerte, mi amor, rómpeme!" gritaba, voz quebrada por gemidos. El clímax la golpeó primero: un espasmo que la dejó sin aliento, concha contrayéndose alrededor de él como un puño, jugos salpicando sus muslos. Rodrigo la siguió, gruñendo como toro, semen caliente inundándola en chorros potentes que goteaban por sus piernas.

Jadeantes, se derrumbaron en la paja, cuerpos entrelazados, sudor enfriándose al viento que entraba por las rendijas. Rodrigo la besó suave, lengua perezosa ahora. —Eres la pasión viva de Gavilanes, Jimena —murmuró, acariciando su cabello.

Ella sonrió, satisfecha, el cuerpo pesado de placer residual.

Esto es lo que necesitaba, pensó. No solo un polvo, sino un hombre que despierte mi fuego sin apagarlo.
Afuera, el sol subía alto, prometiendo más días de deseo en esa tierra bendita. Jimena, la Pasion de Gavilanes, sabía que esto era solo el principio de muchas noches ardientes.

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