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Pasión Capítulo 82 El Susurro Ardiente

7304 palabras

Pasión Capítulo 82 El Susurro Ardiente

Ana se recargó en la barandilla del balcón del hotel en Playa del Carmen, el viento salado del Caribe le acariciaba la piel como una promesa juguetona. El sol se hundía en el horizonte tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos, y el rumor de las olas chocando contra la arena blanca le aceleraba el pulso. Hacía semanas que no veía a Diego, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. Neta, cada vez que pensaba en él, su cuerpo se encendía como si ya estuviera tocándola.

Esta noche va a ser épica, wey —se dijo a sí misma, mordiéndose el labio—. Pasión Capítulo 82, el reencuentro que nos merecemos.
Imaginarlo así, como capítulos de su propia novela erótica, la hacía sentir poderosa, dueña de su deseo. Se había puesto ese vestido rojo ceñido que él adoraba, sin nada debajo, solo para provocarlo desde el primer segundo. El aroma de su perfume, jazmín mezclado con vainilla, flotaba en el aire húmedo, atrayendo ya las miradas de los turistas en la playa.

El sonido de la puerta abriéndose la sacó de su trance. Diego entró con esa sonrisa pícara, su camisa blanca desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho bronceado. Olía a mar y a colonia fresca, ese olor que la hacía salivar. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en las curvas que el vestido marcaba sin piedad.

Mamacita, ¿me extrañaste? —murmuró acercándose, su voz grave como un ronroneo que vibró directo en su entrepierna.

Ana se giró despacio, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo la tela fina. —Más de lo que te imaginas, carnal. Ven, acércate, que ya no aguanto.

Él obedeció, rodeándola con brazos fuertes que olían a sol y esfuerzo. Sus labios rozaron su cuello, enviando chispas por su espina dorsal. El beso empezó suave, un roce de lenguas que sabía a tequila y menta, pero pronto se volvió hambriento. Ana jadeó cuando sus manos grandes bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con posesión juguetona.

—Estás sin calzones, ¿verdad, pendeja traviesa? —rió él contra su boca, y ella solo asintió, perdida en el calor que emanaba de su cuerpo.

La llevó adentro, cerrando la puerta con el pie. La habitación era un paraíso de lujo: cama king size con sábanas de algodón egipcio, velas aromáticas de coco encendidas que llenaban el aire de dulzor tropical. La pusieron sobre la cama con gentileza, pero sus ojos prometían tormenta. Ana sintió el colchón hundirse bajo su peso, el roce de sus dedos trazando líneas de fuego sobre sus muslos.

En su mente, todo era un torbellino.

Esto es Pasión Capítulo 82, el momento en que nos entregamos sin reservas. Quiero grabar cada segundo en mi piel.
Diego se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus rodillas, subiendo lento, torturándola con su aliento caliente. El vestido se arrugó cuando lo levantó, exponiendo su sexo húmedo y palpitante. Él inhaló profundo, gimiendo de placer.

—Hueles a miel, chula. Déjame probarte.

Su lengua la encontró primero con delicadeza, lamiendo los pliegues hinchados como si fuera el néctar más dulce. Ana arqueó la espalda, clavando las uñas en las sábanas. El sonido de su succión era obsceno, mezclado con sus gemidos ahogados. Qué rico, pensó, mientras oleadas de placer la recorrían. Él introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo donde dolía de necesidad, frotando ese punto que la hacía ver estrellas.

—Diego... ¡ay, wey, no pares! —suplicó, las caderas moviéndose al ritmo de su boca experta. El sabor salado de su excitación lo volvía loco, y ella lo sentía endurecerse contra el colchón.

Pero él se detuvo, subiendo para besarla de nuevo, dejándola probarse en sus labios. —Aún no, mi reina. Quiero que ruegues más.

La tensión crecía como una tormenta en el Golfo. Ana lo empujó hacia atrás, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la punta brillando de pre-semen. La tomó en la mano, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Era caliente, pesada, y olía a hombre puro. Lo lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal de su esencia, mientras él gruñía como fiera.

Así, nena, chúpamela toda —ordenó con voz ronca, enredando los dedos en su cabello negro.

Ella lo hizo, tragándosela hasta la garganta, el sonido de saliva y jadeos llenando la habitación. Sus bolas peludas rozaban su barbilla, y el olor almizclado la embriagaba. Diego la miró con ojos nublados de lujuria, conteniéndose para no explotar.

El conflicto interno de Ana bullía: quería prolongar esta delicia eterna, pero su coño ardía por tenerlo dentro.

¿Cuánto más puedo aguantar sin romperme? Esta pasión es adictiva, Capítulo 82 de mi alma en llamas.
Finalmente, él la levantó, colocándola a horcajadas sobre sus caderas. Sus pechos saltaron libres cuando se quitó el vestido, y Diego los devoró con manos y boca, mordisqueando los pezones rosados hasta que dolieron de placer.

—Métetela tú, guapa —dijo, guiándola con las manos en sus caderas anchas.

Ana descendió despacio, sintiendo cómo la cabeza abría su entrada empapada. Inch por pulgada, lo llenó hasta el fondo, un estiramiento glorioso que la hizo gritar. El roce de su pubis contra el de él era eléctrico, pelos rizados enredándose. Empezaron a moverse, lento al principio, saboreando la fricción. El sudor perlaba sus cuerpos, mezclando olores de sexo y mar. Cada embestida profunda tocaba su cervix, enviando ondas de éxtasis.

—Más fuerte, cabrón, dame todo —exigió ella, cabalgándolo como amazona, las nalgas rebotando contra sus muslos musculosos.

Diego la volteó sin salir, poniéndola de rodillas. La penetró por detrás, una mano en su clítoris frotando en círculos furiosos, la otra jalando su cabello para arquearla. El sonido de carne contra carne era hipnótico, slap-slap mezclado con sus alaridos. Ana sintió el orgasmo acercarse como tsunami, sus paredes contrayéndose alrededor de su polla palpitante.

—Me vengo, ¡Diego, me vengo! —chilló, el placer explotando en fuegos artificiales detrás de sus párpados. Chorros de humedad empaparon las sábanas, su cuerpo convulsionando.

Él no tardó, gruñendo como animal mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes pintando sus entrañas. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos.

En el afterglow, Diego la abrazó por detrás, besando su hombro salado. El aire olía a sexo consumado, a pasión satisfecha. Ana sonrió, trazando patrones en su brazo tatuado con un águila mexicana.

—Esto fue Pasión Capítulo 82, mi amor. El mejor hasta ahora —susurró ella, sintiendo su verga semi-dura aún dentro, prometiendo más rondas.

Él rio bajito, mordiéndole la oreja. —Y hay 83 en camino, reina. Tú y yo, eternos.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el rumor del mar arrullándolos. Ana soñó con futuros capítulos, su corazón lleno de un amor ardiente y libre, sabiendo que esta pasión era solo el comienzo de su infinita historia.

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