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La Pasion de Cristo Que Significa el Bebe

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La Pasion de Cristo Que Significa el Bebe

El sol de Taxco caía a plomo sobre la plaza principal, tiñendo de oro las fachadas coloniales y el olor a incienso flotaba pesado en el aire, mezclado con el sudor de la gente apiñada para la representación de la pasion de cristo. Yo, Ana, de treinta años, con mi falda ligera pegada a las piernas por el calor, observaba hipnotizada cómo los actores cargaban la cruz, sus músculos tensos bajo el maquillaje de sangre falsa. Mi corazón latía fuerte, no solo por la devoción, sino por algo más profundo, un cosquilleo prohibido que me subía desde el estómago.

Ahí estaba él, Alejandro, un moreno alto con ojos negros como el carbón y una sonrisa pícara que prometía pecados. Lo había visto antes en el mercado, vendiendo artesanías de plata, siempre con esa camiseta ajustada que marcaba su pecho ancho. Nuestras miradas se cruzaron mientras el actor gritaba su agonía, y él se acercó, rozando mi brazo con el dorso de su mano callosa. Qué calor, ¿verdad, mamacita? murmuró, su aliento cálido oliendo a tequila y chiles.

—Sí, wey, este sol nos va a derretir —respondí, riendo nerviosa, sintiendo cómo mi piel se erizaba bajo su mirada. Hablamos de la procesión, de cómo la pasion de cristo nos removía por dentro, pero sus ojos decían otra cosa. Me tomó de la mano y me sacó de la multitud, hacia un callejón sombreado donde el eco de los tambores retumbaba como un pulso acelerado.

Nos besamos ahí mismo, contra la pared áspera de adobe, sus labios firmes y urgentes saboreando a sal y deseo. Su lengua exploró mi boca con hambre, y yo me arqueé contra él, sintiendo su dureza presionada contra mi vientre. Bebé, susurró entre besos, eres mi pasion prohibida. Me separé un segundo, jadeante: —¿Qué significa eso de bebé, carnal? Suena tan... íntimo.

Él sonrió, pasando los dedos por mi nuca, enviando chispas por mi espina. —Ya te lo explico, preciosa. Vamos a mi casa, está cerca.

La casa de Alejandro era un rincón acogedor en las afueras, con patio empedrado lleno de buganvillas rojas que perfumaban el aire como un afrodisíaco. Adentro, el ventilador zumbaba perezoso, moviendo el aroma a café de olla y su loción de sándalo. Me sirvió un vaso de agua de jamaica fresca, helada, que bajó como fuego por mi garganta seca. Nos sentamos en el sofá de cuero gastado, nuestras rodillas tocándose, y el silencio se cargó de electricidad.

La pasion de cristo no es solo sufrimiento —dijo él, su voz grave como un ronroneo—, es entrega total, pasión que quema el alma. Y tú, Ana, me provocas eso. Eres mi Cristo en la cruz de este deseo. —Sus palabras me erizaron la piel, un calor líquido se extendió entre mis muslos. Lo miré, vulnerable, mi fe católica chocando con esta lujuria que me hacía sentir viva.

¿Estoy pecando? Neta, su toque me hace olvidar el rosario en mi bolsillo. Pero qué chido se siente este fuego.

Me acerqué, desabotonando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho era un mapa de músculos duros, cubierto de vello negro que olía a hombre puro. Lamí su piel salada, oyendo su gemido ronco, mientras él deslizaba mi falda por mis caderas, exponiendo mis bragas de encaje húmedas. —Bebé —repitió, mordisqueando mi oreja—, significa que eres mi todo, mi ternura sucia, mi adicción dulce. Como el niño en el pesebre, inocente pero que trae salvación... a mi verga dura por ti.

Rií bajito, excitada por su crudeza mexicana. Lo empujé al sofá y me subí a horcajadas, frotándome contra su bulto tieso a través del pantalón. Sus manos grandes amasaron mis nalgas, apretando con fuerza que dolía rico, mientras yo besaba su cuello, saboreando el pulso acelerado bajo mi lengua. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llenaba la habitación, mezclado con el lejano tañido de campanas de la iglesia.

Desabroché su jeans, liberando su miembro grueso, venoso, que saltó caliente contra mi palma. Lo acaricie despacio, sintiendo su latido furioso, el precum resbaloso como miel. —Métemela ya, pendejo —supliqué, mi voz ronca de necesidad. Él gruñó, rasgando mis bragas y posicionándome sobre él. Entró de un empujón lento, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo con un ardor que me arrancó un grito.

Cabalgamos como posesos, mis caderas girando en círculos viciosos, su verga golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. El sudor nos unía, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de carne chocando como un ritmo primitivo. Olía a sexo crudo, a mi humedad chorreando por sus bolas, a su almizcle masculino invadiendo mis fosas nasales. Agarré sus hombros, uñas clavándose, mientras él chupaba mis tetas, mordiendo los pezones duros hasta que dolió de placer.

—Más fuerte, bebé —jadeé, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo. Él embistió desde abajo, salvaje, sus manos guiando mi culo en un vaivén frenético. La pasion de cristo que significa el bebe, pensé en un flash febril, era esto: redención en el éxtasis, el bebé como símbolo de vida nueva en nuestro gozo prohibido. Mis paredes lo apretaron, el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico.

No aguanto más, Virgen santa, me vengo.

Exploté primero, un espasmo que me sacudió entera, jugos calientes empapándonos mientras gritaba su nombre. Él me siguió segundos después, hinchándose dentro, chorros calientes inundándome el útero con un rugido gutural. Colapsé sobre su pecho, temblando, su corazón galopando contra mi mejilla.

Nos quedamos así, enredados, el ventilador secando nuestro sudor mientras el sol se ponía, tiñendo la habitación de rosas y naranjas. Alejandro me besó la frente, suave ahora. —Bebé significa amor puro en lo sucio, Ana. Como Cristo en su pasión, nos salva del vacío.

Me acurruqué, sintiendo su semilla tibia escurrir por mis muslos, un recordatorio pegajoso de nuestra unión. Afuera, las campanas tañían vísperas, pero en mi alma, la paz era total. Esta pasion no era pecado, era mi evangelio personal, escrito en jadeos y caricias. Y supe que volvería por más, por esa explicación eterna de deseo y devoción.

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