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Dorama Limpia con Pasion

8008 palabras

Dorama Limpia con Pasion

Yo siempre he sido un tipo ordenado, pero después de una semana de puro desmadre en el jale, mi depa en la Condesa parecía zona de desastre. Órale, ni yo me aguantaba el relajo de ropa tirada, platos sucios y polvo por todos lados. Así que busqué en la app de servicios y di con ella: Dorama, la que limpia con pasion. Su perfil decía que ponía el alma en cada rincón, con fotos de antes y después que dejaban todo impecable. Le marqué y para mi sorpresa, agendó para esa misma tarde. Neta, qué chido.

Llegó puntual, tocando el timbre con un golpecito firme. Abrí la puerta y ahí estaba: una morra de unos treinta pirulos, curvas que no mienten, cabello negro recogido en una coleta alta que se mecía como péndulo. Vestía un overol ajustado de esos de trabajo, pero en ella parecía outfit de modelo. Olía a jabón fresco mezclado con un perfume dulzón, como vainilla con un toque picante. Sus ojos cafés me clavaron directo, con una sonrisa pícara que dijo más que mil palabras.

—Hola, soy Dorama. ¿Listo para que te deje esto como nuevo?

Le cedí el paso y mientras se ponía unos guantes de látex, no pude evitar fijarme en cómo el overol se pegaba a sus nalgas redondas cuando se agachó por su cubeta.

Carajo, esta mujer no limpia nomás, parece que baila con la escoba
, pensé, sintiendo un cosquilleo en la entrepierna. Empezó por la sala, trapeando con movimientos amplios, sensuales. El sonido del trapo húmedo contra el piso era rítmico, como un tambor bajo que aceleraba mi pulso. El aire se llenó de ese aroma cítrico del desinfectante, pero debajo, su sudor fresco empezaba a filtrarse, terroso y adictivo.

Me senté en el sofá fingiendo checar el cel, pero mis ojos la seguían. Se estiraba para alcanzar los estantes altos, el overol tensándose sobre sus chichis firmes. Cada roce del trapeador contra el piso producía un chap chap húmedo que me ponía la piel de gallina. Ella tarareaba bajito una rola ranchera, moviendo las caderas al ritmo. Dorama limpia con pasion, repetía su lema en mi cabeza, y neta, lo hacía. Sudaba un poquito en el cuello, gotitas que brillaban bajo la luz del atardecer filtrándose por las cortinas.

En la cocina, las cosas se pusieron más intensas. Se subió a una banquita para limpiar los gabinetes de arriba, y yo, como pendejo galante, me acerqué a sostenerla. Mis manos rozaron sus muslos por "accidente", firmes y cálidos bajo la tela. Ella bajó la vista, mordiéndose el labio inferior.

—Cuidado, carnal, que aquí ando yo con todo el fervor, dijo con voz ronca, pero no se apartó. Al contrario, su pierna se presionó un segundo más contra mi palma. El calor de su piel traspasaba el overol, y olía a ella ahora, ese musk femenino mezclado con limón. Mi verga empezó a despertar, endureciéndose contra los jeans.

¿Qué chingados? Esto no es parte del servicio, pero ni modo, el cuerpo manda
.

Terminó la cocina impecable y pasó al baño. Yo la seguí, pretextando buscar algo. Ahí, con el vapor del cloro llenando el aire, se arrodilló para fregar el piso. Su coleta se soltó un mechón que le cayó sobre la cara sudorosa. Se lo quitó con el dorso de la mano, y al voltear, me pilló mirándole el escote. En vez de enojarse, guiñó un ojo.

—Te gusta cómo trabajo, ¿verdad? Limpio con pasion, en todos los sentidos.

El corazón me latía como tamborazo en las costillas. Me acerqué, arrodillándome a su lado. Nuestras rodillas se tocaron, un roce eléctrico que mandó chispas directo a mi entrepierna. Le quité el guante despacio, mis dedos rozando los suyos, suaves pero callosos del trabajo. Ella no se resistió; al revés, entrelazó sus dedos con los míos.

—Dorama, neta que eres una diosa limpiando... y no solo eso, murmuré, mi aliento caliente contra su oreja. Ella se giró, sus labios a centímetros de los míos, hinchados y húmedos. El baño olía a jabón y deseo crudo, su piel salada al tacto cuando le acaricié el brazo.

Nos besamos como hambrientos. Su boca sabía a menta fresca y un leve dulzor de chicle. Lenguas danzando, explorando, mientras mis manos bajaban por su espalda, apretando esas nalgas que tanto me habían tentado. Ella gimió bajito, un sonido gutural que vibró en mi pecho. Se puso de pie, jalándome con ella, y cerramos la puerta del baño con el pie. El espejo empañado reflejaba nuestras siluetas borrosas, como en un sueño febril.

Le bajé el overol por los hombros, revelando unos senos perfectos, pezones oscuros endurecidos por el fresco del baño. Los besé, lamiendo el sudor salado, sintiendo su pulso acelerado bajo mi lengua. Ella jadeaba, arqueando la espalda, sus uñas clavándose en mi nuca con delicioso dolor. —Sí, así, chingame con la boca, cabrón, susurró con acento chilango puro, voz entrecortada por el placer.

La recargué contra la pared fría de azulejos, contrastando con su piel ardiente. Bajé más el overol, hasta sus caderas anchas. Sus bragas de algodón estaban empapadas, el aroma almizclado de su excitación invadiendo todo. Las arranqué con un tirón juguetón, y ella rio, ronca: —¡Pendejo, esas eran mis favoritas! Pero abrió las piernas, invitándome. Mi lengua encontró su concha rasurada, jugosa, sabor salado-dulce como mango maduro. Lamí despacio, círculos lentos alrededor del clítoris hinchado, mientras ella gemía más fuerte, el slurp de mi boca mezclándose con sus jadeos. Sus muslos temblaban contra mis orejas, piel suave como terciopelo caliente.

Me levantó, desesperada, y me desabrochó los jeans. Mi verga saltó libre, dura como fierro, venosa y palpitante. Ella la tomó con mano experta, masturbándome lento, el pre-semen lubricando su palma.

Esto es puro fuego, esta morra sabe lo que hace
. Me jaló al piso, encima de una toalla que había puesto antes, precavida. Se montó encima, guiándome adentro con un movimiento fluido. Estrecha, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. Empezó a cabalgar, tetas rebotando, sudor chorreando entre ellas.

El ritmo subió, sus caderas girando en círculos viciosos, mi verga hundiéndose hasta el fondo con cada embestida. Sonidos de carne contra carne, plaf plaf, ecos en el baño pequeño. Olía a sexo puro: sudor, fluidos, jabón. Le apreté las nalgas, marcando con dedos, mientras ella clavaba uñas en mi pecho. —Más fuerte, Dorama, limpia mi alma con esa pasion tuya, gruñí. Ella aceleró, gimiendo mi nombre —Alejandro, sí, carajo, me vengo—, su concha contrayéndose en espasmos que me ordeñaron.

Me volteó bocabajo, yo arriba ahora, embistiendo profundo. Sus piernas enroscadas en mi cintura, talones presionando. Cada thrust mandaba ondas de placer desde la punta de mi verga hasta el cerebro. Sudábamos como en sauna, pieles resbalosas pegándose y despegándose. La besé feroz, mordiendo su labio, mientras el orgasmo me barría. Eyaculé dentro, chorros calientes llenándola, su concha ordeñándome hasta la última gota. Ella se vino otra vez, gritito ahogado contra mi hombro.

Caímos exhaustos en la toalla, respiraciones entrecortadas sincronizándose. Su cabeza en mi pecho, pelo húmedo cosquilleando mi piel. El baño seguía oliendo a cloro y pasión, vapor disipándose lento. La acaricié la espalda, trazando círculos perezosos.

—Neta, Dorama, limpias con pasion de verdad. Mi depa... y a mí, dije riendo bajito.

Ella levantó la cara, ojos brillando satisfechos. —Eso es mi lema, carnal. Vuelvo la próxima semana, ¿sale?

Nos vestimos despacio, robándonos besos y toques. El depa quedó impecable, pero lo mejor era el desorden delicioso en mi alma. Salí a despedirla, viendo su overol marcado con huellas de nosotros.

Esta no es la última vez. Dorama limpia con pasion, y yo me dejo limpiar siempre
.

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