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Escena de Diario de una Pasión

6592 palabras

Escena de Diario de una Pasión

Querido diario, hoy te confieso esta escena de diario de una pasión que me tiene el cuerpo ardiendo todavía. Neta, no sé por dónde empezar porque desde que vi a Diego en esa fiesta en la Roma, supe que la noche iba a ser épica. Yo andaba con mi vestido negro ajustado, el que me hace ver las curvas como diosa azteca, y él, órale, con esa camisa blanca desabotonada que deja ver el pecho moreno y tatuado. Hacía años que no nos veíamos, desde la uni, cuando éramos unos chamacos calientes que se comían a besos en los pasillos. Pero ahora, con treinta y tantos, la química explotó como tequila añejo en la lengua.

La fiesta estaba chida, con mariachi fusion y luces neón que pintaban todo de rojo pasión. El aire olía a tacos al pastor y a su colonia, esa que siempre usaba, madera y especias que me hacía mojarme de solo olerla. Nos miramos al otro lado de la barra, y su sonrisa pícara me derritió. "¿Qué onda, Ana? Sigues siendo la reina del desmadre", me dijo con esa voz grave que vibra en el pecho. Yo le guiñé el ojo, sintiendo el pulso acelerado como tambor de concheros. "Y tú el pendejo que me vuelve loca", le contesté, rozando su mano al tomar mi michelada. Ese toque fue eléctrico, piel contra piel, cálida y áspera por el trabajo en la construcción que ahora hace.

Charlamos de todo y nada, pero el deseo crecía como tormenta en el Popo. Sus ojos cafés me devoraban las tetas, y yo sentía mis pezones endureciéndose bajo la tela.

¿Por qué carajos me afecta tanto este carnal? Es como si mi cuerpo lo recordara todo: su boca en mi cuello, sus manos fuertes abriéndome las piernas.
Bailamos salsa, pegaditos, su verga dura presionando mi culo. Olía a sudor fresco mezclado con su esencia masculina, y yo me arqueaba contra él, gimiendo bajito al oído. "Te quiero ahorita, Diego", le susurré, y él me mordió la oreja: "Vámonos a tu depa, mi reina".

En el Uber, ya no aguantábamos. Sus manos subían por mis muslos, dedos juguetones rozando mi tanga empapada. Yo le besaba el cuello, saboreando la sal de su piel, mientras el chofer fingía no ver. Llegamos a mi depa en la Condesa, el corazón de la ciudad latiendo afuera con cláxones y risas nocturnas. Apenas cerré la puerta, me estampó contra la pared. Sus labios devoraron los míos, lengua invasora con gusto a cerveza y hambre. Qué rico besas, cabrón, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda musculosa.

Me quitó el vestido de un jalón, exponiendo mis tetas llenas al aire fresco del ventilador. "Eres una chingona, Ana, mira cómo te ves", gruñó, chupando un pezón con succión que me hizo jadear. El sonido de su boca húmeda, chup chup, y mi gemido agudo llenaban el cuarto. Olía a mi arousal, ese almizcle dulce que impregna todo cuando estoy encabronada de deseo. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho, bajando hasta el ombligo, donde el vello oscuro me picaba la lengua. Sus manos enredadas en mi pelo, guiándome a su pantalón.

Lo bajé, y ahí estaba su verga tiesa, gruesa como mi muñeca, venosa y palpitante.

Neta, esta cosa me ha hecho gritar de placer mil veces en sueños.
La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando el precum salado. Él jadeaba, "Así, mi amor, trágatela", y yo obedecí, metiéndomela hasta la garganta, el olor a macho puro invadiéndome. Tosí un poco pero seguí, mis jugos chorreando por las piernas.

Diego me levantó como pluma y me llevó a la cama, las sábanas frescas contrastando con nuestra piel hirviendo. Me abrió las piernas, admirando mi panocha depilada, hinchada y brillante. "Estás chorreando por mí, ¿verdad?", dijo, y hundió la cara ahí. Su lengua experta lamió mi clítoris, círculos lentos que me arquearon la espalda. Sentí cada roce, áspero y húmedo, el sonido de su chupeteo obsceno, slurp slurp, y olía a sexo puro, mi néctar mezclado con su saliva. Grité "¡Sí, Diego, no pares, pendejo!", mis caderas moviéndose solas contra su boca. Me metió dos dedos gruesos, curvándolos en mi punto G, y exploté en un orgasmo que me dejó temblando, luces estallando en mi visión.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, azotando mi culo con palmadas que ardían delicioso, dejando marcas rojas. "Te voy a coger como te mereces", prometió, y sentí la cabeza de su verga en mi entrada, resbalosa. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome hasta el fondo. Qué llenura, cabrón, me partes en dos. El dolor placer inicial dio paso a éxtasis puro, su pelvis chocando contra mi culo con plaf plaf rítmicos. Sudábamos como en sauna, el olor a sexo y esfuerzo impregnando las sábanas. Me jalaba el pelo, arqueándome, y yo empujaba hacia atrás, queriendo más.

Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo rebotaba, su verga golpeando profundo. Veía su cara de placer, ojos semicerrados, boca abierta gimiendo "Qué rico te sientes, Ana, apriétame". Mis paredes lo ordeñaban, y el roce en mi clítoris me llevaba al borde otra vez. El cuarto olía a nosotros, a pasión desatada, con el zumbido del tráfico lejano como banda sonora.

Esta es la pasión que extrañaba, la que me hace sentir viva, mujer total.

Se sentó, yo en su regazo, cara a cara, besándonos salvaje mientras follábamos lento y profundo. Sentía su corazón galopando contra el mío, pulsos sincronizados. Aceleramos, mis uñas en su espalda, su aliento caliente en mi cuello. "Vente conmigo, mi vida", jadeó, y lo hice, un orgasmo brutal que me contrajo toda, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes que desbordaron, goteando por mis muslos. Colapsamos, enredados, piel pegajosa y resbalosa.

Después, en la afterglow, fumamos un cigarro en la ventana, mirando las luces de la ciudad. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en la sien. "Esto no fue un rato, Ana, neta quiero más", murmuró. Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, saboreando el eco de placer en mis músculos.

Diario, esta escena de diario de una pasión me ha recordado que el fuego nunca se apaga del todo. Mañana lo invito a desayunar, y quién sabe, capaz revivimos esto.
Polvo de estrellas en el alma, así me siento ahora. Fin de entrada, pero no de esta historia.

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