Matrimonio sin Pasión Despertado
Me llamo Ana, tengo treinta y cinco años y llevo diez casada con Javier, mi carnal de toda la vida. Nuestro matrimonio sin pasión se había vuelto como un mole recalentado: sabroso al principio, pero ahora puro engrudo sin chispa. Las noches eran de Netflix y ronquidos, el sexo un trámite rápido los sábados si no estaba muy cansado del jale en la constructora. Yo, con mi curvas de morra madura, me sentía invisible. ¿Dónde quedó ese fuego que nos quemaba la piel? me preguntaba mientras me untaba crema en las nalgas frente al espejo del baño, oliendo a vainilla y deseo reprimido.
Una tarde, harta de la rutina, decidí que ya valía madres. Organicé una cena en nuestra casa en Polanco, con velitas y mi vestido rojo ceñido que me hacía ver como una diosa azteca. Preparé tacos de arrachera jugosos, con cilantro fresco y cebolla morada crujiente, y una botella de tequila reposado que olía a tierra húmeda y ahumado. Cuando Javier llegó, sudado del trabajo pero con esa sonrisa pícara que me derretía de joven, lo recibí con un beso en la boca, de esos que duran más de lo normal.
—¡Órale, mi reina! ¿Qué traes hoy? —me dijo, oliendo a hombre trabajado, con ese aroma a sudor limpio y colonia barata que me ponía la piel de gallina.
—Hoy revivimos lo nuestro, cabrón. Siéntate y déjame consentirte —le contesté, rozando mi cadera contra su paquete mientras ponía los platos. Sus ojos se clavaron en mis chichis, que asomaban tentadoras por el escote. Sentí su mirada como un caricia caliente, y ya ahí empezó la calentura.
Comimos despacio, platicando pendejadas del día, pero con miradas que decían todo. El tequila bajaba suave, calentándome la garganta y el vientre. Le conté cómo extrañaba sus manos grandes explorándome, cómo soñaba con que me comiera viva. Él se rio bajito, pero vi cómo se le ponía dura la verga bajo la mesa, rozando mi pierna.
—¿Sabes qué, Ana? Este matrimonio sin pasión me tenía bien agüitado. Pero tú, así de rica, me estás despertando al carnal que soy.
Me levanté y lo jalé de la mano hacia el sillón. Me senté a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza presionando mi concha a través de la tanga húmeda. Nuestros besos se volvieron fieros, lenguas enredadas con sabor a tequila y carne asada. Le quité la camisa, lamiendo sus pezones duros como piedras, oliendo su piel salada. Él gemía bajito, "¡Ay, mamacita, qué chingón se siente!", mientras sus manos amasaban mis nalgas, metiéndose bajo el vestido.
Lo llevé al cuarto, tirando ropa por el camino. La habitación olía a sábanas frescas de lavanda y a nuestra excitación creciente, ese musk dulce y animal. Me desnudé despacio, dejándolo ver mis tetas llenas, mi panza suave de mujer vivida, mi coño depilado brillando de jugos. Javier se quitó el pantalón y su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza roja palpitando.
—Ven, mi amor, chúpamela como en los viejos tiempos —me pidió con voz ronca.
Me arrodillé, oliendo su aroma varonil, ese olor a hombre listo para follar. La tomé en la boca, saboreando la sal de su prepucio, chupando despacio mientras él me acariciaba el pelo. ¡Qué rico su sabor, como tequila puro! gemí en mi mente, sintiendo mi clítoris hinchado rogando atención. Él jadeaba, "¡Sí, así, mi reina, trágatela toda!", empujando suave contra mi garganta.
Pero no quería acabar rápido. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su verga dura como fierro. Sentía cada vena rozándome las labios, lubricándonos mutuamente. Nuestros jadeos llenaban el cuarto, mezclados con el zumbido del ventilador y el tráfico lejano de la ciudad. Le metí la punta, bajando lento, sintiendo cómo me abría, me llenaba hasta el fondo. ¡Puta madre, qué chingón! grité, mientras él me agarraba las caderas.
Empecé a cabalgarlo despacio, sintiendo su calor dentro, mis jugos chorreando por sus bolas. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa. Él se incorporó, mamando mis tetas, mordisqueando los pezones hasta que dolió rico. Esto es lo que necesitaba, este fuego que nos faltaba, pensé, mientras aceleraba, mis nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas.
—¡Muévete más rápido, Ana! ¡Quiero verte gozar! —gruñó, y yo obedecí, sintiendo el orgasmo subir como ola del Pacífico.
Cambié de posición, poniéndome a cuatro patas, mi culo en alto invitándolo. Javier se puso detrás, oliendo mi excitación, lamiéndome el ano y la concha con lengua experta. Saboreaba mis jugos, "¡Qué dulce tu calientura, mi vida!". Luego me embistió fuerte, su verga entrando y saliendo con sonidos chapoteantes. Cada empujón me hacía gritar, sintiendo sus bolas golpear mi clítoris. El cuarto apestaba a sexo puro: sudor, coño mojado, verga sudada.
Me volteó boca arriba, abriéndome las piernas como mariposa. Se hundió profundo, mirándome a los ojos, besándome mientras follaba. Nuestros cuerpos se movían en ritmo perfecto, pulsos acelerados latiendo juntos. Este matrimonio sin pasión ya no existe, pensé en éxtasis, arañándole la espalda.
—¡Me vengo, Javier! ¡No pares, cabrón! —chillaba, y él aceleró, gruñendo como bestia.
El orgasmo me explotó, olas de placer recorriéndome desde el coño hasta las yemas de los dedos. Convulsioné alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se corrió segundos después, llenándome de leche caliente, chorros que sentía salpicar dentro. Gemimos juntos, colapsando en un enredo sudoroso.
Nos quedamos así, respirando agitados, su verga ablandándose aún dentro de mí, jugos mezclados goteando. El aire olía a clímax compartido, a promesas renovadas. Javier me besó la frente, suave.
—Te amo, Ana. Vamos a mantener este fuego encendido, ¿va?
—Sí, mi rey. Nada de matrimonio sin pasión nunca más —le susurré, sintiendo su calor contra mi piel, el corazón latiendo en paz.
Nos bañamos juntos después, jabón espumoso deslizándose por nuestros cuerpos, risas y caricias juguetones. Esa noche dormimos abrazados, soñando con más noches así. Al día siguiente, el sol entraba por la ventana, iluminando nuestra cama revuelta, y supe que habíamos despertado algo eterno.