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Pasión Capítulo 93 Fuego en la Piel

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Pasión Capítulo 93 Fuego en la Piel

El sol de Puerto Vallarta se ponía como una bola de fuego sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en las olas perezosas. Yo, Ana, estaba recostada en la terraza de nuestra suite en el hotel, con el viento salado revolviéndome el cabello y el bikini apenas cubriéndome la piel bronceada. Habían pasado dos semanas desde que Jorge se fue a ese pinche viaje de negocios a la Ciudad de México, y cada noche soñaba con sus manos ásperas recorriendo mi cuerpo, con su aliento caliente en mi cuello. Ya mero llega el wey, pensé, mientras el aroma a coco de mi loción se mezclaba con el salitre del mar.

Escuché el ruido de la puerta corredera abriéndose y mi corazón dio un brinco. Ahí estaba él, mi Jorge, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas, cargando una maleta y una botella de tequila reposado. Vestía una camisa guayabera blanca que se le pegaba al pecho musculoso por el sudor del viaje, y unos shorts que dejaban ver sus piernas fuertes.

"¡Órale, mi reina! ¿Me extrañaste?"
dijo con esa voz grave que me erizaba la piel, soltando todo para correr hacia mí.

Sus brazos me envolvieron como un torbellino, y sentí su calor contra mi cuerpo casi desnudo. Olía a hombre, a sudor fresco mezclado con su colonia favorita, esa que siempre me ponía caliente. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia, saboreando el sabor salado de su boca y el dulzor de mi gloss de fresa. Qué chido se siente volver a tenerlo así de cerca, pensé mientras mis manos bajaban por su espalda, clavando las uñas suavemente en su piel. La tensión de estas semanas se acumulaba en mi vientre, un cosquilleo que subía hasta mis pechos endurecidos.

Pero no era solo deseo físico; era esa conexión profunda que habíamos construido en años de risas, pleitos tontos y noches locas. Jorge me había mandado mensajes calientes toda la semana, contándome cómo se la jalaba pensando en mí, y yo le respondía con fotos de mi panocha mojada. Ahora es real, carnal. Lo empujé hacia la cama king size, con las sábanas blancas revueltas por el viento, y me subí encima de él, frotando mi entrepierna contra la dureza que ya palpitaba en sus shorts.

La noche avanzaba lenta, como preludio a la tormenta. Jorge me desató el bikini con dedos temblorosos, liberando mis tetas llenas que rebotaron libres al aire fresco. Sus ojos se clavaron en ellas, hambrientos.

"Eres una diosa, Ana, neta que me vuelves loco"
, murmuró antes de succionar un pezón con avidez. Sentí su lengua áspera girando, mordisqueando justo lo suficiente para que un gemido se me escapara. El sonido de las olas chocando contra la playa se mezclaba con mis jadeos, y el olor a sexo empezaba a flotar, ese almizcle dulce que tanto nos gustaba.

Mis manos exploraban su pecho, bajando hasta desabrocharle los shorts. Saqué su verga dura, gruesa, venosa, que saltó libre palpitando contra mi palma. La apreté suave, sintiendo el calor y el pulso acelerado. Pinche verga rica, ya quiero que me llene. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris hinchado. Me volteó boca arriba con facilidad, sus músculos tensos bajo mi tacto, y besó un camino ardiente desde mi cuello hasta mi ombligo. Cada roce de sus labios era electricidad, haciendo que mi piel se erizara y mi concha se humedeciera más.

En el medio de todo, recordé esas noches solitarias donde leía mis propios relatos en el blog, Pasión capítulo 93 era el que más views tenía, una historia de amantes separados que explotaban al reunirse. Como nosotros ahorita, pensé con una sonrisa interna mientras Jorge separaba mis muslos. Su aliento caliente rozó mi panocha depilada, y lameteó despacio, saboreando mis jugos.

"Estás empapada, mi amor, sabe a gloria"
, dijo entre chupadas, su lengua hundida en mis labios mayores, girando alrededor del botón sensible. Grité bajito, arqueando la espalda, el placer subiendo como olas en mi vientre. Mis dedos se enredaron en su cabello negro, empujándolo más profundo, mientras el sabor salado del mar se colaba por la ventana abierta.

La intensidad crecía, pero no queríamos apresurar. Jorge se incorporó, besándome con mi propio sabor en su boca, y me penetró de un solo empujón lento, milimétrico. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, su verga rozando ese punto que me volvía loca. ¡Ay, wey, qué rico!. Empezamos a movernos en ritmo, él embistiendo profundo, yo clavando las caderas contra las suyas. El slap slap de piel contra piel resonaba, mezclado con nuestros gemidos roncos. Sudor perló nuestros cuerpos, goteando entre mis tetas y por su abdomen marcado. Olía a sexo puro, a deseo desatado, con toques de tequila cuando él dio un trago y me lo pasó con un beso.

Pero había más que puro instinto; en medio del vaivén, Jorge susurró

"Te amo, Ana, eres mi todo"
, y algo se rompió en mí, una barrera emocional. Lágrimas de placer rodaron por mis mejillas mientras lo montaba ahora yo, rebotando sobre su polla dura, mis tetas saltando hipnóticas frente a su mirada. Mis paredes internas lo apretaban rítmicamente, ordeñándolo, y él gruñía
"¡Sí, así, cabrona, chíngame más!"
. El clímax se acercaba como un tren, mi clítoris frotándose contra su pubis, chispas de éxtasis recorriendo mi espina.

De repente, explotamos juntos. Mi orgasmo me sacudió como un terremoto, jugos chorreando por su verga mientras gritaba su nombre, el mundo volviéndose blanco. Él se vació dentro de mí con rugidos animales, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando bajo el mío. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, el sudor enfriándose en la brisa marina. El olor a semen y mi esencia flotaba pesado, delicioso.

Después, en el afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Esto es pasión de verdad, no como en mis cuentos del blog, pensé, acariciando su espalda. Jorge levantó la vista, ojos brillantes.

"¿Sabes? Este capítulo 93 de nuestra vida supera cualquier fantasía"
. Reí suave, besando su frente. La luna ahora iluminaba la playa, y el mar susurraba promesas de más noches así. Nos dormimos entrelazados, satisfechos, con el alma en paz y el cuerpo aún vibrando.

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