El Unico Compromiso del Ser Humano es con su Pasion
La noche en Polanco bullía con esa energía que solo México City sabe dar en un viernes. Luces de neón parpadeaban sobre las terrazas abarrotadas, el aire cargado de risas, mariachi lejano y el aroma dulce del mezcal recién servido. Yo, Valeria, de treinta y dos años, acababa de romper con mi novio de oficina, ese pendejo que nunca entendió que la vida no es un contrato notarial. Vestida con un vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como un amante impaciente, me senté en la barra del rooftop bar, pidiendo un tequila reposado con limón y sal. Neta, necesitaba soltarme, pensé, mientras el hielo tintineaba en el vaso.
Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa barba recortada que invitaba a rozarla con los labios, y ojos cafés que parecían devorarme desde el otro lado de la barra. Se llamaba Diego, un arquitecto chilango que olía a colonia cara mezclada con el humo sutil de un puro. "Órale, güerita, ¿qué hace una chava como tú sola en un lugar como este?", me dijo con esa sonrisa pícara, su voz grave retumbando en mi pecho como un tambor taquería. Le seguí el juego, coqueteando con el borde de mi vaso. "Buscando algo que prenda, carnal. ¿Tú qué traes?". La química fue instantánea, como chispas de un cohete en el cielo de la Reforma.
Charlamos de todo: de la pinche rutina que nos ahoga, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de cómo el DF te chupa el alma si no le pones salsa. Sus manos rozaron las mías al pasarme el salero, y sentí un cosquilleo eléctrico subir por mi brazo. Era deseo puro, sin compromisos ni dramas. Bailamos salsa en la pista improvisada, sus caderas pegadas a las mías, el sudor perlando su cuello, su aliento cálido en mi oreja. "Ven conmigo", murmuró, y yo asentí, el corazón latiéndome a mil.
El único compromiso del ser humano es con su pasión, pensé de repente, recordando una frase que leí en un libro viejo de mi abuelita. Y en ese momento, supe que era verdad.
Subimos a su departamento en una torre reluciente de la colonia, el elevador oliendo a limpio y a anticipación. Apenas cerramos la puerta, sus labios encontraron los míos. Beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y menta. Sus manos grandes recorrieron mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con firmeza. Gemí bajito, sintiendo mi piel erizarse. "Estás cañón, Valeria", gruñó él, mordisqueando mi lóbulo. Lo empujé contra la pared del pasillo, mis uñas arañando su camisa blanca, desabotonándola para revelar un pecho moreno y musculoso, con vello que pedía ser lamido.
Caímos en el sofá de cuero negro, el aire acondicionado zumbando suave mientras el calor entre nosotros ardía. Le quité la camisa, besando su clavícula, inhalando su olor masculino, mezcla de sudor fresco y loción. Él deslizó mi vestido por los hombros, exponiendo mis senos libres bajo el encaje. Sus labios capturaron un pezón, chupándolo con devoción, la lengua girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. ¡Qué rico, pendejo, no pares!, pensé, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto. Bajó más, besando mi vientre plano, lamiendo el ombligo hasta llegar al borde de mis tangas negras. El roce de su barba en mis muslos internos fue tortura deliciosa, mi panocha ya húmeda palpitando por él.
"Diego, ya, cabrón", supliqué, pero él sonrió malicioso, quitándome la prenda con dientes. Su aliento caliente sobre mi sexo me hizo temblar. Lamidas lentas, expertas, su lengua explorando mis labios mayores, succionando el clítoris con justo la presión. Sentí el jugo correr, el sonido húmedo de su boca devorándome, mis caderas moviéndose solas contra su cara. Olía a mí, a sexo inminente, a deseo liberado. Introdujo dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Grité, las uñas clavadas en sus hombros, el mundo reduciéndose a esa ola de placer que subía y subía.
Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precúm. La tomé en la mano, sintiendo su pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su salado almizcle, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía ronco: "¡Simón, güey, así!". Chupé con hambre, bolas en la mano, mirándolo a los ojos mientras se retorcía. Estaba empoderada, en control, mi boca su templo.
Pero la tensión pedía más. "Cógeme ya", le ordené, montándome a horcajadas. Él se puso condón rápido, guiándome. Me hundí en él, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente. ¡Madre santa, qué llenada!. Cabalgamos duro, piel contra piel chapoteando, sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. El sofá crujía, nuestros jadeos llenaban la sala, olor a sexo denso y embriagador. Cambiamos: él encima, embistiéndome profundo, mis piernas en su cintura, uñas marcando su espalda. Cada estocada rozaba mi G, el placer acumulándose como tormenta en el Zócalo.
Inner struggle: Por un segundo, dudé, recordando al ex, pero Diego me miró fijo: "¿Estás conmigo, amor?". "Sí, neta sí", respondí, y me entregué. La intensidad creció, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. "Me vengo", avisó, y yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, chorros de placer, grito ahogado en su cuello. Él siguió, gruñendo, llenando el condón con espasmos. Colapsamos, sudorosos, pegajosos, respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, yacimos enredados en sábanas frescas de su cama king size, la ciudad titilando por la ventana. Él me acariciaba el pelo, besando mi frente. "Valeria, esto fue chido, ¿verdad?". Sonreí, trazando círculos en su pecho.
El único compromiso del ser humano es con su pasión, susurré, y él rio suave. "Palabras sabias, reina. Sigamos así, sin ataduras".
Me dormí con su calor envolviéndome, el sabor de él en mis labios, sabiendo que había encontrado mi fuego. Mañana sería otro día, pero esta noche, la pasión era todo. Y eso bastaba.