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Descargando Telenovela Pasion para Encender la Noche

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Descargando Telenovela Pasion para Encender la Noche

Era un viernes chido en mi depa del DF, con el calor de mayo pegándome en la piel como una caricia insistente. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, soltera y con ganas de algo que me sacara del hastío de la chamba. La tele escupía comerciales pendejos, así que agarré mi laptop y me puse a googlear descargar telenovela pasion. Neta, había oído que esa novela era puro fuego, con besos que te dejan mojadita y tramas que te hacen soñar con amores prohibidos. Encontré un sitio rapidito, di clic y mientras bajaba el primer capítulo, el olor a mi café recién hecho me llenó la nariz, mezclado con el aroma fresco de las sábanas que acababa de cambiar.

Me recargué en el sofá, piernas cruzadas, sintiendo el roce suave del short de algodón contra mis muslos. La pantalla se iluminó con los créditos: actores guapísimos, música ranchera sensual que me erizó la piel. La prota, una morra bien buena, discutía con su galán en una hacienda, pero de pronto, ¡zas! Se avientan un beso que parece que se van a comer vivos. Sentí un cosquilleo en el estómago, bajito, como si mi cuerpo despertara de un letargo.

Órale, esto está cañón
, pensé, mientras mis dedos jugaban con el borde de mi blusa, rozando accidentalmente un pezón que se paró de golpe.

De repente, toquido en la puerta. Abrí y ahí estaba Lupita, mi compa de la prepa, con una six de chelas en la mano y esa sonrisa pícara que siempre trae. ¡Wey, qué buena onda que viniste! le grité, abrazándola fuerte. Su perfume dulzón, a vainilla y algo más salvaje, me invadió. Lupita, de curvas que matan y ojos negros como la noche mexicana, se dejó caer en el sofá conmigo. ¿Qué vergas estás viendo? preguntó, echando ojo a la laptop.

Descargué telenovela Pasión, carnala. Es puro desmadre romántico, le dije, pasándole una chela fría que sudaba gotitas como mi piel empezaba a hacer. Chocamos botellas, el sonido metálico resonó en el silencio de la noche, y seguimos viendo. La escena escaló: el galán arrinconó a la morra contra la pared, sus manos grandes palpando sus chichis por encima del vestido. Lupita se removió a mi lado, su muslo rozando el mío, cálido y firme.

Pinche novela, me está poniendo caliente
, murmuró ella, y su voz ronca me vibró por dentro.

El aire del depa se sentía pesado, cargado con el olor a cerveza y a nosotras dos, ese aroma femenino que sale cuando el deseo asoma. Yo tragué saliva, sintiendo mi corazón latir fuerte contra las costillas. En la pantalla, se quitaban la ropa despacio, piel morena brillando bajo la luz de velas. Lupita giró la cabeza hacia mí, sus labios carnosos entreabiertos. ¿Y si...? susurró, sin terminar la frase. Nuestras miradas se engancharon, y neta, el mundo se detuvo. Extendí la mano, temblorosa, y le acaricié la mejilla, suave como pétalo de cempasúchil. Ella cerró los ojos, un gemidito escapó de su garganta.

Nos besamos como si no hubiera mañana. Sus labios sabían a chela fría y a menta de su chicle, su lengua juguetona explorando mi boca con hambre. La jalé hacia mí, cayendo las dos sobre el sofá, cuerpos enredándose. Sentí sus chichis grandes presionando contra las mías, pezones duros como piedras preciosas rozándose a través de la tela fina. Te quiero tanto, wey, jadeé entre besos, mientras mis manos bajaban por su espalda, clavándose en sus nalgas redondas y firmes. Ella gimió, arqueándose, y mordisqueó mi cuello, enviando chispas de placer directo a mi entrepierna.

Apagué la laptop de una patada, pero la telenovela seguía en mi cabeza, inspirándonos. Lupita me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire cálido. ¡Qué chulas! exclamó, lamiendo un pezón con la lengua plana, succionando hasta que vi estrellas. El sonido húmedo de su boca, chup chup, se mezclaba con nuestros jadeos. Yo le bajé los leggings, revelando su panocha depilada, ya brillando de jugos. El olor almizclado de su excitación me mareó, delicioso, como tierra mojada después de la lluvia.

Me puse de rodillas en el piso, el tapete áspero contra mis rodillas, y separé sus piernas. Su clítoris asomaba rosadito, hinchado. Lo besé suave, saboreando su salinidad dulce, y ella gritó: ¡Ay, cabrona, no pares! Metí la lengua adentro, lamiendo sus labios mayores, chupando su néctar mientras mis dedos jugaban con su ano fruncido. Lupita se retorcía, sus uñas clavándose en mi pelo, tirando fuerte.

Esto es mejor que cualquier telenovela
, pensé, mientras mi propia panocha palpitaba, empapando mis panties.

Me levantó, nos paramos tambaleantes, y nos fuimos al cuarto, dejando un rastro de ropa. La cama nos recibió con sábanas frescas, contrastando con nuestra piel ardiente y sudada. Ella me tumbó boca arriba, besando mi panza, bajando hasta mis caderas. Ahora te toca a ti, mamacita, ronroneó. Sus dedos separaron mis labios, metiéndose dos de golpe, curvándose para tocar ese punto que me hace ver fuegos artificiales. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mientras ella lamía mi clítoris en círculos rápidos. El placer subía como ola, tenso, apretado en mi vientre.

No aguanté más. ¡Ven, fóllame! le supliqué. Lupita sonrió maliciosa, sacó de su bolsa un consolador doble que traía escondido –la pendeja siempre preparada–. Lo untó con nuestro slick, y nos posicionamos de lado, cara a cara. Empujó lento, el plástico grueso abriéndome, llenándome hasta el fondo. Yo empujé de vuelta, metiéndoselo a ella también. Nuestros caderazos se sincronizaron, piel contra piel chapoteando, sudor resbalando entre nosotras. Olía a sexo puro, a deseo mexicano crudo y honesto. Más rápido, Lupita, chíngame duro, le rogué, y ella obedeció, nuestras tetas rebotando, bocas devorándose.

El clímax nos golpeó como tormenta. Sentí las contracciones primero en mi útero, extendiéndose como rayos, mi grito ahogado en su cuello. Ella se vino segundos después, temblando violentamente, sus jugos chorreando por mis muslos. Nos quedamos pegadas, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas. El cuarto olía a nosotras, a victoria compartida.

Después, envueltas en las sábanas húmedas, prendimos la tele del cuarto y seguimos descargando telenovela Pasión en mi cel. Reíamos bajito, comentando las escenas, pero ahora con manos entrelazadas, piernas enredadas. Esto se va a repetir, ¿verdad? pregunté, besando su hombro salado. Ella me miró con ojos brillantes: Neta, todas las noches si quieres, mi amor. El deseo no se apagó; solo mutó en algo más profundo, como las pasiones eternas de esas novelas que tanto nos gustan. Afuera, la ciudad ronroneaba, pero adentro, éramos fuego vivo.

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