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La Pasion Sensual de Cristo de Jim Caviezel

7224 palabras

La Pasion Sensual de Cristo de Jim Caviezel

Tú estás recostada en el sofá de tu depa en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a velas de vainilla flotando en el aire. Es Viernes Santo, pero neta, no estás para procesiones ni rezos eternos. Tus dedos recorren el control remoto, y de repente, das play a La Pasión de Cristo de Jim Caviezel. Esa película te ha llamado siempre, con ese Jesús sufriente pero tan intenso, tan varonil. Jim Caviezel con su mirada penetrante, su cuerpo marcado por el látigo, sudado y lleno de vida. Sientes un cosquilleo en el estómago, como si el calor de la pantalla te lamiera la piel.

Te quitas la blusa ligera, quedas en bra de encaje negro que aprieta tus chichis justito. El sonido de los azotes resuena, ¡zas! y tú aprietas las piernas, notando cómo tu panocha se humedece poquito a poquito.

Órale, ¿por qué me prende tanto este cuate sufriendo? Es como si su dolor se convirtiera en mi deseo, carnal y prohibido.
El olor de tu propia excitación sube, mezclado con el perfume dulce que te echaste. Tus pezones se endurecen contra la tela, y pasas una mano por tu panza suave, bajando despacio hacia el borde de tus calzones.

De pronto, el timbre suena, rompiendo el trance. Es Raúl, tu carnal de toda la vida, el wey que te hace volar con solo una mirada. Entras a abrir, descalza, con el pelo revuelto y esa bra que deja poco a la imaginación. Él te ve de arriba abajo, sus ojos cafés brillando como los de Caviezel en la cruz.

Neta, güey, ¿qué traes puesto? ¿Estás viendo porno religioso o qué? —te dice riendo, pero su voz sale ronca, y ya notas el bulto en sus jeans.

—Pásale, pendejo. Estoy viendo La Pasión de Cristo de Jim Caviezel. Ven, siéntate conmigo —le contestas, jalándolo del brazo. Su piel huele a colonia fresca y a hombre, ese aroma que te hace agua la boca.

Se acomoda a tu lado, su muslo musculoso pegado al tuyo. La película sigue: Jim azotado, sangrando, pero con esa fuerza que te eriza la piel. Raúl pone su mano grande en tu pierna, acariciando despacio, subiendo el calor. Tú sientes su pulso acelerado contra tu piel, el roce áspero de sus callos de tanto gym.

Acto primero del deseo: el roce inocente que se vuelve fuego. La pantalla muestra a Cristo cargando la cruz, sudando bajo el sol de Jerusalén, y tú imaginas ese sudor salado en tu lengua. Raúl se acerca, su aliento cálido en tu cuello.

Este cuate es intenso, ¿verdad? Me prende verte así de mojada por él —murmura, y su mano llega a tu entrepierna, presionando suave sobre los calzones empapados.

Tú gimes bajito, el sonido de la película ahogando tu voz. ¡Qué rico! Sus dedos separan la tela, tocando tu clítoris hinchado, resbaloso de jugos. El olor a sexo fresco llena el cuarto, mezclado con el humo de las velas. Tus caderas se mueven solas, buscando más.

Pero no es suficiente. Apagas la tele con un clic, la imagen de Jim congelada en sufrimiento apasionado. Raúl te besa el cuello, mordisqueando suave, su barba de tres días raspando delicioso. Te volteas, desabrochándole la camisa, besando su pecho ancho, lamiendo el salado de su piel. Él sabe a hombre limpio, a deseo puro.

Quiero ser tu Cristo esta noche, nena. Déjame sufrir por ti —te dice juguetón, y tú ríes, pero el fuego en tu vientre arde más fuerte.

Acto segundo: la escalada, donde el alma y el cuerpo se funden en tensión. Lo empujas al sofá, te subes a horcajadas sobre él. Sus manos amasan tus nalgas firmes, apretando con fuerza que duele rico. Desabrochas sus jeans, liberas su verga dura, gruesa, palpitante. La tocas, sientes las venas hinchadas bajo tus dedos, el calor que quema.

Es como la cruz de Jim, pesada, lista para cargar mi pecado más dulce.

Te inclinas, lames la punta, saboreando el precum salado, ese gusto amargo que te enloquece. Él gruñe, enreda los dedos en tu pelo, guiándote sin forzar. Chupas más profundo, tu boca llena, la saliva chorreando por su tronco. El sonido húmedo de tu mamada se mezcla con sus jadeos roncos: ¡Ay, cabrona, qué chingona eres!

Pero quieres más. Te levantas, te quitas los calzones de un jalón, exponiendo tu panocha rasurada, reluciente. Te sientas en su cara, y él lame ansioso, su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris. Sabes a miel caliente, piensas mientras tus jugos le mojan la barba. Tus muslos tiemblan, aprietas sus orejas con las piernas, montándolo como a un toro.

El sudor nos cubre a los dos, gotas resbalando por tu espalda, por su pecho. El aire huele a sexo crudo, a panocha mojada y verga sudada. Tus pezones rozan su abdomen mientras te mueves, y él mete dos dedos gruesos dentro de ti, curvándolos justo en ese punto que te hace ver estrellas. Gritas bajito, ¡Más, wey, no pares! La tensión crece, tu vientre se contrae, pero no corres aún. Quieres que explote todo junto.

Te deslizas abajo, posicionas su verga en tu entrada. Bajas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, te llena hasta el fondo. ¡Qué pinche delicia! Empiezas a cabalgar, lento al principio, el roce de su pubis contra tu clítoris enviando chispas. Sus manos en tus caderas guían el ritmo, fuerte, posesivo pero tierno. Miras sus ojos, y por un segundo, ves a Jim Caviezel, sufriendo placer en vez de dolor.

Aceleras, el sofá cruje bajo nosotros, piel contra piel en palmadas húmedas. ¡Plaf! ¡Plaf! Tus chichis rebotan, él las agarra, pellizca los pezones duros. El olor a nuestro sudor es embriagador, como incienso pagano. Sientes su verga hincharse más, palpitando dentro, y tu orgasmo se acerca como una ola.

Acto tercero: la liberación, el éxtasis que borra todo. Cambian de posición, él te pone a cuatro, entra de nuevo de un embestida profunda. ¡Sí, cabrón, así! Te coge duro, sus bolas golpeando tu clítoris, el sonido obsceno llenando el depa. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, y explotas primero: un grito ahogado, tu cuerpo convulsionando, jugos chorreando por tus muslos. El placer te ciega, olas y olas, el mundo reduce a su verga dentro de ti.

Él sigue, gruñendo como animal, ¡Me vengo, nena! Sientes el chorro caliente llenándote, su semen espeso mezclándose con tus jugos. Se derrumba sobre tu espalda, besando tu nuca sudada, su peso reconfortante.

Quedan así, jadeando, el corazón latiendo al unísono. El aire fresco del AC enfría el sudor en sus pieles pegadas. Te volteas, lo besas lento, saboreando el salado de labios y lágrimas de placer.

Fue como revivir La Pasión de Cristo de Jim Caviezel, pero en versión carnal, ¿no? —dices riendo suave.

Neta, la mejor pasión de mi vida —responde él, acariciando tu mejilla.

Se acurrucan en el sofá, envueltos en una cobija suave, el afterglow envolviéndolos como niebla tibia. Piensas en cómo una película santa despertó lo más sucio y puro de ti, y sonríes. Mañana será otro día, pero esta noche, el deseo ha sido redentor.

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