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El Altar de Pasiones Desoladoras

6992 palabras

El Altar de Pasiones Desoladoras

El sol de Oaxaca caía a plomo sobre la hacienda, tiñendo de oro las paredes de adobe y las buganvillas que trepaban como amantes enredados. Yo, Ana, había llegado de la Ciudad de México buscando un respiro de la rutina asfixiante, de esos días donde el tráfico y las juntas eternas te chupan el alma. Qué chido sería encontrar algo que me haga vibrar de nuevo, pensé mientras caminaba por los jardines frondosos, inhalando el aroma dulce de las flores de cempasúchil mezclándose con la tierra húmeda después de la lluvia matutina.

Allí estaba él, Diego, el cuidador de la hacienda. Alto, con piel morena curtida por el sol, músculos que se marcaban bajo la camisa de manta remangada hasta los codos. Sus ojos negros me miraron con una intensidad que me erizó la piel, como si ya supiera todos mis secretos. “Bienvenida, mija”, dijo con esa voz grave, ronca como el mezcal añejo. “Aquí en la hacienda hay lugares que despiertan lo que uno trae guardado bien adentro. ¿Quieres que te muestre el altar de pasiones desoladoras?”

Mi corazón dio un brinco. Había oído rumores en el pueblo: un viejo altar en la capilla abandonada, donde según las abuelas, las pasiones se desataban sin freno, dejando el alma temblando entre éxtasis y vacío. No era un lugar desolado, no; era un rincón mágico, rodeado de velas eternas y ecos de amores antiguos. “Órale, cuéntame más”, le respondí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al centro de mis muslos.

Me llevó por un sendero empedrado, el aire cargado de jazmín y el zumbido perezoso de las abejas. Cada paso avivaba la tensión; su mano rozó la mía accidentalmente, y juro que sentí una corriente eléctrica que me humedeció de golpe. ¿Qué me pasa con este wey? Neta, parece que me lee la mente. Hablamos de todo y nada: del mole oaxaqueño que se deshace en la boca, de cómo el tequila quema pero libera, de deseos que uno esconde por miedo al qué dirán.

Al llegar a la capilla, el altar se reveló ante nosotras como un trono de piedra labrada, cubierto de pétalos secos y sombras danzantes de la luz que se colaba por las vitrinas rotas. Olía a copal quemado, a tierra sagrada y a algo más primitivo, como el sudor de cuerpos enredados. Diego se acercó, su aliento cálido en mi nuca. “Aquí, carnal, las pasiones se desolan el alma, pero qué rico se siente. ¿Te animas a probar?”

Me giré, nuestros rostros a centímetros. Sus labios carnosos me llamaban, y sin pensarlo, lo besé. Fue como prender una fogata en la oscuridad: su lengua invadiendo mi boca con sabor a chile y miel, manos fuertes agarrándome la cintura, apretándome contra su pecho duro. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes como un secreto compartido. Esto es lo que necesitaba, neta.

La noche cayó como un manto negro salpicado de estrellas, y regresamos al altar con una botella de mezcal y velas que Diego encendió con manos expertas. El fuego crepitaba, lanzando destellos sobre su piel, haciendo que sus abdominales parecieran tallados por dioses prehispánicos. Me quité el vestido flojo, quedando en brasier de encaje y tanga, el aire fresco besando mi piel erizada. Él me devoraba con la mirada, “Estás cañón, ricura, me traes loco”, murmuró mientras se desabotonaba la camisa, revelando un pecho velludo que invitaba a morderlo.

Nos sentamos en el borde del altar, el piedra fría contrastando con el calor de nuestras piernas entrelazadas. Bebimos de la botella, el líquido ardiente bajando por mi garganta, avivando el fuego en mis venas. Sus dedos trazaron mi espina dorsal, lentos, deliberados, enviando ondas de placer que me hacían arquear la espalda. “Dime qué quieres, Ana”, susurró, su aliento olfateando a mezcal y deseo. “Todo, pendejo juguetón, pero despacito, que lo disfrute”, le contesté riendo, empoderada, dueña de mi hambre.

La escalada fue un torbellino sensorial. Sus labios bajaron por mi cuello, chupando la sal de mi piel, mordisqueando el lóbulo de mi oreja hasta que jadeé. Manos expertas desabrocharon mi brasier, liberando mis senos que él tomó con avidez, lengua girando alrededor de los pezones endurecidos como piedras preciosas. El sonido de mi respiración agitada se mezclaba con el crujir de las hojas secas bajo nosotros, el aroma de mi excitación flotando pesado en el aire.

¡Ay, wey, no pares! Esto es el paraíso, no el altar de pasiones desoladoras, ¡es puro fuego!

Lo empujé contra la piedra, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela, palpitante, lista. Desabroché su pantalón, liberándola: gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que lamí con deleite, sabor salado y masculino que me volvió loca. Él gruñó, “¡Qué chida chupas, mami!”, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca hambrienta. El altar vibraba con nuestra energía, como si los espíritus ancestrales aplaudieran.

La intensidad creció. Me recostó sobre los pétalos suaves, quitándome la tanga con dientes, exponiendo mi coño húmedo y ansioso. Su lengua exploró cada pliegue, lamiendo mi clítoris con maestría, chupando hasta que mis muslos temblaron y grité su nombre al cielo estrellado. Dedos gruesos entraron en mí, curvándose justo ahí, el punto que me deshacía. Olas de placer me recorrían, piel sudada pegándose a la piedra cálida ahora por nuestro calor.

Finalmente, el clímax. “Entra en mí, Diego, ya no aguanto”, rogué, guiándolo. Su verga me llenó de una embestida lenta, profunda, estirándome deliciosamente. Nos movimos en sincronía perfecta: él empujando fuerte, yo clavando uñas en su espalda, arqueándome para recibirlo todo. El slap-slap de carne contra carne, gemidos roncos, el olor almizclado de sexo puro. “¡Más rápido, cabrón, dame todo!”, exigí, empoderada en mi placer. Él obedeció, follándome con furia contenida, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

El orgasmo nos golpeó como un rayo: yo primero, explotando en espasmos que me dejaron muda, viendo estrellas más brillantes que las del firmamento. Él me siguió, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que se desbordaron por mis muslos. Colapsamos juntos sobre el altar, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono, sudor enfriándose en la brisa nocturna.

En el afterglow, fumamos un cigarro compartido, el humo danzando como fantasmas felices. Diego me acarició el cabello, “El altar de pasiones desoladoras nos desoló chido, ¿verdad? Pero qué rico deja el vacío”. Reí, besándolo suave. Neta, esto es lo que necesitaba: pasión que quema y regenera. Al amanecer, nos fuimos de la mano, el sol besando nuestra piel marcada por la noche. La hacienda parecía más viva, y yo, renacida, lista para lo que viniera. El altar guardaría nuestro secreto, pero en mi alma, ardía eterno.

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