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Pasion del Corazon Desatada

7180 palabras

Pasion del Corazon Desatada

La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina y a jazmines silvestres, con el rumor de las olas rompiendo en la playa como un susurro eterno. Yo, Ana, acababa de llegar de un viaje relámpago desde Guadalajara, buscando desconectar del ajetreo de la oficina. La fiesta en la playa estaba en su apogeo: luces de colores parpadeando, mariachis mezclados con reggaetón, y cuerpos moviéndose al ritmo de la salsa. Llevaba un vestido rojo ceñido que se pegaba a mi piel sudada, sintiendo el calor tropical subiendo por mis piernas.

Entonces lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que las fogatas. Se llamaba Diego, un pescador local que ahora regentaba un pequeño bar en la zona hotelera. Nuestras miradas se cruzaron mientras bailaba con unas amigas, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila que acababa de tomar se hubiera convertido en fuego líquido. Órale, qué chulo, pensé, mordiéndome el labio. Él se acercó con una cerveza en la mano, su camisa blanca abierta dejando ver el vello oscuro en su pecho.

—¿Bailas conmigo, preciosa? —dijo con esa voz ronca, acento puro jalisciense mezclado con vallartense.

Asentí, y sus manos fuertes tomaron las mías. El ritmo de la música nos envolvió: pasion del corazon latía en mis venas mientras nuestros cuerpos se rozaban. Su aliento olía a ron y menta, y cada giro hacía que su muslo rozara el mío, enviando chispas por mi espina dorsal. Sudábamos juntos, la arena caliente bajo mis pies descalzos, el sonido de las risas y el mar fundiéndose en un caos sensual.

¿Qué estoy haciendo? Solo vine a relajarme, no a enredarme con el primer wey guapo. Pero neta, su toque me quema...

La tensión crecía con cada canción. Hablamos entre sorbos de chela helada: él de sus amaneceres pescando atunes, yo de mis sueños de viajar sin parar. Sus ojos cafés me devoraban, y yo no podía evitar imaginar sus manos explorando más allá de la cintura.

Al final de la noche, cuando la fiesta menguaba, me tomó de la mano.

—Ven, caminemos por la playa. Quiero oler el mar contigo.

No pude decir que no. La luna llena pintaba el agua de plata, y el aire fresco contrastaba con el calor que aún ardía en mi piel.

Nos sentamos en una duna apartada, lejos de las luces. Sus dedos jugaban con un mechón de mi cabello, y de pronto, sus labios rozaron los míos. Fue un beso suave al principio, saboreando el salitre y el dulzor de su boca. Luego se profundizó, su lengua danzando con la mía, manos en mi nuca atrayéndome más cerca. Gemí bajito, sintiendo mis pezones endurecerse contra la tela delgada del vestido.

—Ana, desde que te vi, siento esta pasion del corazon que no para —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Sus palabras me encendieron. Le quité la camisa, mis uñas arañando ligeramente su espalda musculosa, oliendo su aroma masculino mezclado con arena y sudor. Él deslizó las tiras de mi vestido, exponiendo mis senos al aire nocturno. Sus labios bajaron, chupando un pezón con hambre, la lengua girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. Qué rico, carnal, no pares, pensé, mientras mis manos bajaban a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela.

La tensión era insoportable. Nos ayudamos mutuamente a quitarnos la ropa, riendo como pendejos cuando la arena se nos metía por todos lados. Desnudos bajo la luna, su cuerpo era una escultura: abdomen marcado por el trabajo diario, verga gruesa y venosa palpitando de deseo. Yo me sentía poderosa, deseada, con mi coño ya húmedo goteando por mis muslos.

—Te quiero dentro de mí, Diego —le susurré, guiando su mano entre mis piernas.

Sus dedos exploraron mi clítoris hinchado, frotando con maestría mientras yo jadeaba, el sonido de mi respiración entrecortada mezclándose con las olas. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía ver estrellas, el jugo chorreando por su mano. Yo lo masturbé a él, sintiendo la piel suave y caliente de su pito, el precum salado en mi lengua cuando lo probé.

Esto es lo que necesitaba: puro fuego, sin complicaciones. Su mirada me dice que él también lo anhela tanto como yo.

Pero no queríamos acabar así. Diego me recostó sobre una sábana que sacó de quién sabe dónde, besando mi vientre, bajando hasta mi monte de Venus. Su lengua lamió mis labios mayores, saboreando mi miel dulce y salada, chupando el clítoris con succiones que me hacían gritar. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, oliendo mi propio aroma almizclado en el aire. Él gruñía de placer, sus manos apretando mis nalgas carnosas.

—¡Qué rico sabes, nena! —dijo, antes de penetrarme con la lengua profunda.

El orgasmo me pilló desprevenida, un estallido que me dejó temblando, piernas abiertas al cielo estrellado, el corazón latiendo como tambor.

Ahora era mi turno. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Cavalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el slap slap de piel contra piel. Aceleré, mis tetas botando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando la noche.

—¡Fóllame más duro, Ana! —rugió, embistiéndome desde abajo.

Cambié de posición: él encima, misionero apasionado. Sus caderas pistoneaban con fuerza controlada, cada embestida rozando mi G, el sudor goteando de su frente a mi boca. Gemíamos juntos, palabras sucias en mexicano: —¡Qué chingón te sientes, wey! —¡Tu panocha me aprieta como guante, mi reina!

La intensidad crecía, mis uñas clavadas en su espalda, su aliento caliente en mi oreja. Sentí el clímax aproximándose otra vez, un nudo en el vientre deshaciéndose en olas de placer. Él se tensó, gruñendo mi nombre mientras se corría dentro de mí, chorros calientes inundándome, su verga pulsando. Yo exploté con él, coño contrayéndose en espasmos, gritando al mar.

Nos quedamos así, unidos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow era perfecto: su peso sobre mí reconfortante, el mar arrullándonos, el aroma de nuestros jugos mezclados en la brisa. Besos suaves, caricias perezosas.

—Eso fue pasion del corazon pura, Ana. ¿Vuelves mañana? —preguntó con picardía.

Sonreí, sabiendo que sí. Esta noche había despertado algo en mí: no solo deseo físico, sino una conexión que latía hondo. Mientras el sol empezaba a asomarse, pintando el cielo de rosa, me di cuenta de que Puerto Vallarta no era solo un escape. Era el comienzo de algo ardiente, desatado, inolvidable.

Nos vestimos riendo, arena por todas partes, prometiendo más. Caminamos de regreso tomados de la mano, el corazón lleno, el cuerpo saciado. Neta, qué chingonería de noche, pensé, lista para lo que viniera.

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