Relatos Prohibidos
Inicio Sexo con Maduras Anabantha El Altar de las Pasiones Desoladoras Anabantha El Altar de las Pasiones Desoladoras

Anabantha El Altar de las Pasiones Desoladoras

7269 palabras

Anabantha El Altar de las Pasiones Desoladoras

En las colinas verdes de Oaxaca, donde el sol besa la tierra con un calor que enciende la piel, yo, Anabantha, guardaba mi secreto más ardiente. Mi casa, una hacienda antigua con patios empedrados y flores de bugambilia trepando las paredes, era mi refugio. Ahí, en el corazón del lugar, había construido el altar de las pasiones desoladoras, un rincón prohibido que olía a incienso de copal y a jazmín salvaje. No era un altar religioso, no wey, era mi templo personal para soltar las vergas tensiones que me carcomían por dentro.

Todo empezó una tarde de esas que queman el alma. Yo andaba en el mercado de Tlacolula, comprando chiles secos y moles que picaban como demonios, cuando lo vi. Se llamaba Diego, un morro alto y moreno, con ojos negros que prometían travesuras. Vendía artesanías de barro, sus manos fuertes moldeando figuras que parecían latir con vida propia. Neta, qué chingón, pensé, mientras mi concha se humedecía solo de imaginar esas manos en mi cuerpo. Nuestras miradas se cruzaron, y él sonrió con esa picardía mexicana que dice "ven pa'cá, mami".

Órale, güerita, ¿vienes por un alebrije o por algo más caliente?
me dijo, guiñando el ojo.

Yo reí, sintiendo el pulso acelerarse en mi cuello. Este pendejo sabe lo que quiere, me dije. Le invité un mezcal en el puesto de al lado, y platicamos de la vida, de cómo el calor de Oaxaca nos ponía cachondos a todos. Sus palabras eran como caricias, roncas y directas, oliendo a tierra mojada después de la lluvia. Al rato, le solté la invitación:

—Ven a mi casa esta noche, Diego. Te quiero mostrar el altar de las pasiones desoladoras. Ahí suelto todo lo que me quema por dentro.

Él aceptó sin pensarlo dos veces, y yo me fui a casa con el corazón latiendo fuerte, el aire cargado de anticipación. Preparé el altar: velas de cera de abeja derritiéndose lento, pétalos de rosa esparcidos sobre un tapete de lana oaxaqueña, y un frasco de aceite de masaje que olía a vainilla y deseo puro. Me puse un huipil ligero, transparente en las luces tenues, que dejaba ver mis pezones duros como piedras de obsidiana.

La noche cayó como un manto negro salpicado de estrellas. Diego llegó puntual, con una botella de tequila reposado bajo el brazo. Lo recibí en el patio, donde el grillo cantaba su sinfonía cachonda. Nos sentamos en una banca de madera, bebiendo shots que bajaban ardientes por la garganta, despertando fuegos en el vientre.

Cuéntame de ese altar, Anabantha. Suena a algo que me va a poner la verga dura toda la noche
, murmuró él, su aliento cálido rozando mi oreja.

Mi piel se erizó, un cosquilleo que bajaba hasta mis muslos. Lo tomé de la mano, sintiendo la aspereza de sus callos contra mi palma suave, y lo guie por el pasillo oscuro. Cada paso era una promesa, el suelo de barro fresco bajo mis pies descalzos, el aroma de las velas llamándonos.

Al entrar al cuarto del altar, el aire se volvió espeso, cargado de humo dulce y el olor de mi propia excitación. Diego jadeó, sus ojos devorándome mientras yo encendía la última vela. El altar era una plataforma baja cubierta de seda roja, con cojines mullidos y un espejo grande que reflejaba nuestras siluetas entrelazadas.

Me acerqué a él despacio, mis caderas balanceándose como en un son jarabe. Quiero sentirlo ya, carajo, pero hay que saborear esto, pensé, mientras mis dedos trazaban el contorno de su pecho bajo la camisa. Él me atrapó la cintura, fuerte pero tierno, y me jaló contra su cuerpo. Su boca encontró la mía, un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a tequila y sal. Gemí bajito, el sonido vibrando en mi pecho, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando el huipil que cayó al suelo como una cascada.

Desnuda ante él, sentí el aire fresco lamiendo mi piel caliente, mis tetas pesadas elevándose con cada respiración agitada. Diego se quitó la ropa rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntando hacia mí como un arma de placer. Qué mamalón, justo lo que necesitaba. Lo empujé al altar, y me subí encima, mis rodillas hundiéndose en los cojines suaves.

Empecé con besos lentos por su cuello, saboreando el sudor salado de su piel, el pulso latiendo fuerte bajo mi lengua. Él gruñía, sus manos amasando mis nalgas, dedos hundiendo en la carne blanda. Bajé más, lamiendo su pecho, mordisqueando pezones oscuros que se endurecían al instante. El olor de su excitación me mareaba, almizclado y macho, mezclándose con el incienso.

Chúpamela, Anabantha, neta que me vas a volver loco
, suplicó él, voz ronca como trueno lejano.

Me deslicé abajo, mi aliento caliente sobre su verga palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave estirada al límite. Lamí la punta, sabor pre-semen salado en mi lengua, y luego la engullí despacio, succionando con hambre. Diego arqueó la espalda, sus caderas empujando suave, gimiendo mi nombre como una oración pagana. El sonido de su placer, húmedo y gutural, me ponía la concha chorreando, jugos resbalando por mis muslos.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me incorporé, montándolo como una diosa oaxaqueña. Su verga entró en mí de un solo movimiento, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Ay, cabrón, qué rico, grité en mi mente, mientras empezaba a cabalgar. Mis caderas giraban en círculos lentos, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el roce eléctrico enviando chispas por mi espina.

Él se incorporó, mamando mis tetas con avidez, dientes rozando pezones sensibles. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, sudor perlando la piel, el aire lleno de jadeos y el crujir de los cojines. Aceleré, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas de pasión. El orgasmo se acercaba como una ola del Pacífico, tensionando mis músculos, mi clítoris hinchado frotándose contra su pubis.

¡Métemela más duro, Diego! ¡Hazme explotar en este altar!
le ordené, voz quebrada.

Él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada, sus bolas golpeando mi culo. El placer creció, una tormenta en mi vientre, hasta que estallé. Grité, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugo empapándonos. Él me siguió segundos después, gruñendo como fiera, su leche caliente inundándome, pulsos calientes que me hacían temblar.

Caímos exhaustos sobre el altar, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El humo de las velas danzaba alrededor, el espejo reflejando nuestra entrega total. Diego me besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando patrones perezosos en mi espalda.

Ese altar tuyo es la neta, Anabantha. Las pasiones desoladoras me han dejado hecho polvo, pero chingón
, murmuró.

Yo sonreí, el corazón lleno, el cuerpo saciado. En el altar de las pasiones desoladoras, habíamos encontrado no desolación, sino un fuego que nos unía. Afuera, la noche oaxaqueña susurraba promesas de más noches así, y yo supe que esto era solo el principio.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.