Cañaveral de Pasiones Capítulo 72
El sol del atardecer teñía de oro el interminable mar de caña que se mecía con la brisa caliente de Veracruz. Yo, Leticia, caminaba entre los altos tallos verdes, sintiendo cómo el aire húmedo se pegaba a mi piel morena, impregnado del dulce aroma terroso de la tierra mojada y el jugo de la caña recién cortada. Mis sandalias se hundían en el barro suave, y cada paso hacía crujir las hojas secas bajo mis pies. Hacía semanas que no veía a Rodrigo, mi chulo secreto, el capataz que me volvía loca con solo una mirada. Éramos adultos, libres para quemarnos en este fuego que nos consumía, sin ataduras ni culpas.
Mi corazón latía fuerte, como tambor de ranchera lejana, mientras recordaba su cuerpo fuerte, curtido por el sol, sus manos callosas que sabían tocarme como nadie.
¿Y si hoy no viene? ¿Y si este deseo me mata de una vez?me decía en mi mente, acelerando el paso. El cañaveral era nuestro refugio, un laberinto de pasiones donde nadie nos encontraba. Llegué al claro escondido, donde la caña formaba un techo natural, y allí estaba él, recostado contra un tronco grueso, con su camisa blanca abierta dejando ver el pecho velludo brillando de sudor.
—Mi reina —murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, levantándose lento, como un tigre acechando—. Te extrañé tanto, carnalita.
Su sonrisa pícara me derritió. Me acerqué, oliendo su olor varonil mezclado con el de la caña, ese perfume salvaje que me hacía mojarme al instante. Sus brazos me envolvieron, fuertes y cálidos, y su boca capturó la mía en un beso hambriento. Sabía a sal y a promesas, su lengua danzando con la mía, explorando profundo. Gemí bajito contra sus labios, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa delgada, rozando su pecho.
Nos separamos un segundo, jadeantes, mirándonos a los ojos. Los suyos, negros como la noche veracruzana, ardían de deseo puro.
—No aguanto más, Leticia. Quiero comerte entera aquí mismo, en nuestro cañaveral de pasiones.
Su mano bajó por mi espalda, apretando mi nalga con firmeza juguetona. Reí suave, empoderada en mi feminidad, y lo empujé contra la caña, tomando el control.
—Pues ven, pendejo lindo, muéstrame cuánto me quieres —le susurré al oído, mordisqueando su lóbulo.
Acto primero de nuestra danza eterna: el roce inicial, la chispa que enciende el incendio.
La brisa jugaba con mi falda ligera, levantándola para revelar mis muslos suaves. Rodrigo se arrodilló despacio, besando mi ombligo expuesto, su aliento caliente haciendo que mi vientre se contrajera de placer anticipado.
Qué hombre tan sabroso, neta que es mío esta noche, pensé, mientras sus dedos desabotonaban mi blusa con deliberada lentitud. Cada botón liberado era una caricia, un susurro de promesas. Mis tetas saltaron libres, redondas y firmes, los pezones oscuros pidiendo atención.
Él los lamió con devoción, succionando uno mientras pellizcaba el otro suave. El sonido húmedo de su boca, el chasquido de su lengua, me volvía loca. Gemí fuerte, arqueando la espalda, sintiendo el roce áspero de la caña contra mi piel desnuda. El sol poniente pintaba todo de rojo pasión, y el aire se llenaba del aroma almizclado de mi excitación mezclada con su sudor masculino.
—Estás rica, mami, como caña recién pelada —gruñó, bajando más, besando mi monte de Venus a través de las bragas empapadas.
Lo ayudé a quitármelas, tirándolas a un lado. Su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo con maestría, círculos lentos que me hacían temblar. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace gritar. El sonido de mi propia humedad chorreando, el slap slap contra su mano, era música erótica. Mis manos se enredaron en su pelo negro revuelto, guiándolo, empoderándome en el placer.
Pero no quería correrme aún. Lo jalé arriba, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. La masturbé lento, viendo cómo sus ojos se cerraban de gozo, oyendo sus jadeos roncos.
—Chíngame ya, Rodrigo. Quiero sentirte adentro —le rogué, consensual y ardiente.
Nos recostamos en una cama de hojas secas y caña cortada, suave como colchón natural. Él se colocó encima, frotando su punta contra mi entrada húmeda, teasing hasta que supliqué. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El olor de nuestros sexos unidos, el gemido compartido, el crujir de la caña bajo nosotros... todo se intensificaba.
El medio acto ardía: la escalada, donde el deseo se vuelve tormenta. Empezamos lento, un vaivén rítmico que hacía bailar mis tetas. Sus manos amasaban mis nalgas, guiando más profundo. Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas de posesión.
Este wey me lleva al cielo, qué chingón se siente su verga llenándome, rugía mi mente mientras acelerábamos.
Cambié posiciones, montándolo como reina. Sus caderas subían al encuentro de las mías, slap slap slap resonando en el cañaveral. Sudor corría por nuestros cuerpos, salado en mi lengua cuando lo besé. El viento traía ecos lejanos de grillos y un río cercano, pero nada importaba más que su grosor golpeando mi fondo, mi clítoris rozando su pubis.
—Más fuerte, mi rey, ¡dame todo! —grité, sintiendo el orgasmo build-up, esa tensión en mi bajo vientre.
Él obedeció, embistiéndome salvaje, sus bolas golpeando mi culo. Hablábamos sucio, mexicano y juguetón: Estás bien mojada, pinche rica, Ven, córrete conmigo, cabrón. Emocionalmente, nos conectábamos: sus ojos me decían amor, mi alma respondía entrega total. Pequeños conflictos internos —el miedo a ser descubiertos, el anhelo de más— se disolvían en cada penetración.
Volteé a cuatro patas, él detrás, jalando mi pelo suave. Entraba profundo, su vientre chocando mi trasero, manos en mis caderas. El olor a sexo impregnaba el aire, denso y embriagador. Mi placer crecía, olas y olas, hasta que exploté: un grito ahogado, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de jugo mojando sus muslos. Él siguió, gruñendo, hasta vaciarse dentro, caliente y abundante, pulsando con su clímax.
Colapsamos, entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizadas.
El afterglow era puro éxtasis. Yacíamos bajo las estrellas emergentes, la luna bañando el cañaveral en plata. Su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su verga ahora suave, pegajosa de nosotros. El aire fresco secaba nuestro sudor, dejando un brillo perlado en la piel. Saboreé un beso post-sexo, mezcla de semen y mi esencia, íntimo y tierno.
—Esto es nuestro capítulo setenta y dos, Leticia —susurró, trazando círculos en mi vientre—. Cañaveral de pasiones capítulo 72, el mejor hasta ahora.
Reí bajito, empoderada y satisfecha.
Sí, mi amor, y habrá más. Este fuego no se apaga, pensé, mientras el viento susurraba promesas en la caña. Nos vestimos lento, robándonos besos, sabiendo que mañana volveríamos. El cañaveral guardaba nuestros secretos, testigo eterno de esta pasión mexicana, consensual y ardiente. Caminamos de vuelta, tomados de la mano, con el alma plena y el cuerpo vibrando en eco placentero.