Pasión de Gavilanes Capítulo 142 La Llama Prohibida
La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto caliente y pegajoso, el aire cargado del olor a tacos de la esquina y el zumbido lejano de los coches en Insurgentes. Me recosté en el sofá de mi departamentito en la Roma, con las piernas cruzadas sobre las de Javier, mi carnal de toda la vida que se había convertido en algo mucho más ardiente. Él traía una cerveza en la mano, fría y sudando gotitas que me erizaban la piel cuando rozaban mi muslo desnudo bajo la falda corta. Pasión de Gavilanes estaba a punto de empezar, el capítulo 142 que todos decían que era el más culero de la temporada, puro fuego y traición.
"Órale, Ana, ¿ya viste los spoilers? Dicen que en este pasión de gavilanes capítulo 142 se arma la grande", murmuró Javier con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta, mientras su mano subía despacito por mi pierna, como si no pasara nada.
Yo asentí, sintiendo el calor de su palma contra mi piel suave, el roce leve que ya me hacía apretar los dientes.
¿Por qué carajos este pendejo siempre sabe cómo encender la mecha?Pensé, mientras el tema principal de la novela retumbaba en la tele, con violines dramáticos y un galán que parecía Javier en sus días de juventud salvaje.
La escena abrió con los hermanos Reyes en la hacienda, sudando bajo el sol implacable de los Llanos, pero el foco estaba en Rosalba y Franco, ese par de fieras que se devoraban con la mirada. Yo me acomodé más cerca de Javier, mi pecho rozando su brazo musculoso, oliendo a su colonia barata mezclada con sudor fresco, ese aroma que me volvía loca como tequila puro.
En la pantalla, la pasión estallaba: besos furiosos, manos que arrancaban blusas, gemidos que llenaban el aire. Javier soltó un silbido bajo. "Mira nomás, güey, qué chingonería. ¿Tú crees que así de rico sea?" Su dedo trazó un círculo en mi rodilla, subiendo lento, provocador.
El corazón me latía fuerte, sincronizado con el pulso acelerado de Rosalba en la tele. Sentí mi cuerpo responder, un calor húmedo creciendo entre mis piernas, el sofá de cuero pegándose a mis nalgas desnudas porque no traía calzones. Esto no es buena idea, me dije, pero mi mano ya estaba en su entrepierna, sintiendo cómo se ponía duro bajo los jeans gastados.
La tensión crecía con cada comercial que interrumpía el pasión de gavilanes capítulo 142. Javier me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso que sabía a cerveza y a promesas sucias. Lenguas enredadas, dientes mordiendo labios hinchados, el sonido húmedo de saliva que me hacía jadear. Sus manos expertas subieron mi falda, dedos gruesos explorando mi humedad, rozando el clítoris con esa precisión que solo él tenía.
"Estás chorreando, mamacita", gruñó contra mi cuello, lamiendo la sal de mi piel, inhalando profundo mi olor a mujer excitada. Yo arqueé la espalda, clavando las uñas en su camisa, rasgándola un poco para sentir el calor de su pecho peludo, los músculos tensos como cuerdas de guitarra.
Apagamos la tele a medias del capítulo, pero las imágenes seguían quemando en mi mente: cuerpos enredados en el heno, sudados y jadeantes. Javier me levantó en brazos como si no pesara nada, cargándome al cuarto con pasos firmes. El colchón nos recibió con un crujido familiar, sábanas frescas oliendo a detergente y a nuestras noches pasadas.
Me tiró suave pero dominante, quitándose la camisa de un tirón. Lo miré, su torso moreno brillando bajo la luz tenue de la lámpara, el bulto en sus pantalones pidiendo libertad.
Quiero devorarlo entero, este cabrón me tiene loca, pensé mientras gateaba hacia él, desabrochando su cinturón con dientes y lengua, saboreando el metal frío y la tela áspera.
Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el calor de su deseo. La tomé en la boca, chupando lento al principio, saboreando el gusto salado de su piel, el olor almizclado que me inundaba las fosas nasales. Javier gemía ronco, "¡Ay, pinche Ana, qué rica chupas!", enredando sus dedos en mi pelo largo, guiándome sin forzar, solo instigando.
Yo aceleré, lengua girando alrededor de la cabeza hinchada, tragando hasta la garganta mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. Él temblaba, el colchón vibrando con sus caderas que se alzaban, follándome la boca con cuidado, siempre atento a mis señales. El sonido era obsceno: succiones húmedas, gruñidos guturales, mi propia excitación goteando por mis muslos.
Pero no lo dejé acabar ahí. Me subí encima, frotando mi coño empapado contra su polla dura, lubricándola con mis jugos. "Fóllame ya, Javier, como en la novela", le supliqué, voz quebrada por la necesidad. Él sonrió pícaro, agarrando mis caderas con manos callosas, hundiéndose en mí de un solo empujón profundo.
¡Dios! La plenitud me llenó, estirándome deliciosamente, su grosor rozando cada nervio sensible. Empecé a cabalgarlo lento, sintiendo cada vena palpitar dentro, el roce de su pubis contra mi clítoris enviando chispas por mi espina. El aire se llenó de nuestros olores: sudor salado, sexo crudo, su colonia mezclada con mi perfume floral.
Él se incorporó, mamando mis tetas duras, mordisqueando pezones rosados que dolían de placer. Yo aceleré, nalgas chocando contra sus muslos con palmadas resonantes, el colchón gimiendo bajo nosotros. Esto es mejor que cualquier telenovela, pensé, mientras el orgasmo se acumulaba como tormenta en mi vientre bajo.
Javier rodó, poniéndome debajo sin salir, embistiéndome fuerte ahora, piel contra piel resbalosa de sudor. Sus ojos clavados en los míos, conexión profunda más allá de lo físico. "Te quiero, pinche loca", jadeó, y eso me rompió. Grité su nombre, coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de su verga, olas de placer cegador sacudiéndome entera.
Él siguió unos segundos más, gruñendo como bestia, hasta que se vació dentro de mí con un rugido, chorros calientes inundándome, su cuerpo colapsando sobre el mío en temblores compartidos. Permanecimos así, pegados, pulsos latiendo al unísono, el silencio roto solo por respiraciones agitadas y el tráfico lejano.
Después, en la quietud, Javier me besó la frente, suave, trazando círculos perezosos en mi espalda. Yo sonreí contra su pecho, oliendo nuestro amor mezclado. "Pasión de gavilanes capítulo 142 no tiene nada que hacer con nosotros, ¿verdad?", susurré, riendo bajito.
"Nada, mi reina. Esto es nuestra propia novela, y apenas empieza el capítulo bueno". Su voz era un ronroneo satisfecho, y yo supe que tenía razón. En ese momento, envueltos en sábanas revueltas y el eco de nuestra pasión, el mundo afuera no importaba. Solo nosotros, eternos como las mejores historias de amor.