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La Pasion Ardiente de un Emprendedor

5993 palabras

La Pasion Ardiente de un Emprendedor

Emilio caminaba por las calles empedradas de la Roma, con el sol de la tarde tiñendo todo de un naranja cálido que le recordaba el fuego que ardía en su pecho. Era un emprendedor hecho y derecho, de esos que no paran hasta que su idea se hace realidad. Su app de delivery de comida gourmet ya tenía inversionistas mordiendo el anzuelo, y hoy tenía una cita clave con Valeria, una inversionista que prometía ser el boleto a la luna. Neta, esta chava va a cambiar todo, pensó mientras ajustaba su camisa ajustada, sintiendo el roce suave de la tela contra su piel bronceada.

Entró al café hipster, oliendo a café de chiapas recién molido y pan dulce calentito. Ahí estaba ella, sentada en una mesa junto a la ventana, con un vestido rojo que abrazaba sus curvas como un amante posesivo. Cabello negro suelto, ojos cafés que brillaban con picardía. Emilio sintió un cosquilleo en el estómago, no solo por los nervios del pitch, sino por esa pasión de un emprendedor que se mezclaba con algo más primitivo, más carnal.

¡Hola, Emilio! Siéntate, wey, que ya pedí unos lattes —dijo ella con esa voz ronca que le erizaba la piel.

Se sentaron y él soltó su presentación, palabras volando como chispas: crecimiento exponencial, mercado saturado pero con huecos, proyecciones que harían babear a cualquiera. Valeria escuchaba, asintiendo, pero sus ojos se desviaban a su boca, a sus manos fuertes. El aire entre ellos se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta en el DF. Él olía su perfume, jazmín y vainilla, dulce y adictivo, que le nublaba la mente.

Al final, ella sonrió: —Me late tu rollo, Emilio. Tienes esa pasión que prende. Vamos a cenar para platicar detalles, ¿va?

Emilio asintió, el corazón latiéndole a mil. Esa noche, en un restaurante en Polanco, con luces tenues y jazz suave de fondo, la tensión escaló. Brindaron con mezcal ahumado, el líquido quemándole la garganta como un beso anticipado. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque accidental que no lo fue.

¿Qué pedo? Esto no es solo negocios, carnal. Su piel es suave como terciopelo, y huele a deseo puro
, se dijo Emilio, mientras ella reía sus chistes, tocándole el brazo con dedos que dejaban rastros de fuego.

La cena se estiró, pláticas de sueños emprendedores mezcladas con coqueteos. —Eres un pendejo ambicioso, pero me gusta —le dijo ella, guiñando un ojo. Él sintió su verga endurecerse bajo los jeans, el pulso acelerado latiendo en sus sienes. Caminaron hacia su hotel cercano, el viento nocturno fresco contra su piel caliente, y de pronto, en el elevador, no aguantaron más. Sus labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando con sabor a mezcal y menta. Manos explorando: él en su cintura, ella en su pecho firme.

La habitación era un remanso de lujo, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo sus cuerpos. Valeria lo empujó contra la puerta, desabotonando su camisa con urgencia. —Quítate todo, emprendedor. Quiero verte entero —susurró, mordiéndole el lóbulo de la oreja. Emilio jadeó, el sonido de su zipper bajando como un trueno en su cabeza. Su piel olía a sudor limpio y colonia masculina, y ella lo inhaló como si fuera oxígeno.

Se tumbaron en la cama, cuerpos entrelazados en una danza lenta al principio. Él besó su cuello, saboreando la sal de su piel, bajando por sus pechos perfectos, pezones duros como piedras preciosas bajo su lengua. Valeria gemía bajito, ay, cabrón, arqueando la espalda. Sus manos bajaron a su entrepierna, acariciando su verga gruesa y palpitante, piel suave sobre acero. Está cañón, wey, no aguanto, pensó él, mientras ella lo montaba, guiándolo dentro de su calor húmedo.

El ritmo empezó suave, caderas moviéndose en ondas, el slap slap de piel contra piel mezclándose con sus respiraciones entrecortadas. Olía a sexo puro, almizcle y fluidos, embriagador. Emilio la volteó, poniéndola a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto para sus manos. Entró de nuevo, profundo, sintiendo cada contracción de ella alrededor de él. —Más fuerte, pendejo, chíngame como sabes —gruñó ella, y él obedeció, embistiendo con la fuerza de su ambición emprendedora, sudor goteando por su espalda.

La pasión de un emprendedor no se queda en medias tintas, y esto era su combustible. Sus pensamientos eran un torbellino:

Esto es lo que necesitaba, neta. No solo deals, sino esto, puro fuego
. Ella gritaba ahora, uñas clavándose en sus hombros, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Cambiaron posiciones, ella encima otra vez, cabalgándolo como una diosa azteca, pechos rebotando, cabello azotando su cara. El placer subía como una ola, tenso, inevitable.

Valeria se tensó primero, su coño apretándolo como un vicio, ondas de éxtasis recorriéndola mientras gritaba su nombre. Emilio la siguió segundos después, explotando dentro de ella con un rugido gutural, semen caliente llenándola, pulsos interminables. Colapsaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones sincronizadas. El aire olía a ellos, a satisfacción profunda.

Después, en la quietud, ella acurrucada en su pecho, escuchando su corazón calmarse. —Eres increíble, Emilio. Tu pasión no solo es por los negocios —murmuró, trazando círculos en su piel con un dedo.

Él sonrió en la penumbra, besándole la frente. Sí, wey, esta pasión de un emprendedor se extiende a todo lo que vale la pena. Pensó en su app, en los millones por venir, pero ahora, con su calor contra él, todo parecía más real, más vivo. La noche se cerraba con promesas: deals firmados, cuerpos explorados de nuevo al amanecer.

Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de sus gemidos aún flotando en el aire. Emilio soñó con imperios, pero con ella a su lado, sabía que su fuego solo crecía.

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