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Dibujos Sensuales de la Pasion de Cristo

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Dibujos Sensuales de la Pasion de Cristo

Entré a esa antigua casa en el corazón de Coyoacán, con el sol de la tarde bañando las paredes de adobe como si fueran piel tersa y sudada. El aire olía a jazmín y a algo más, un aroma terroso, como tierra mojada después de la lluvia. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que se la pasa pintando y soñando con cuerpos retorcidos en éxtasis, había venido por una comisión. El dueño, un tipo alto y moreno llamado Diego, me recibió con una sonrisa que me hizo cosquillas en el estómago. Neta, wey, este carnal tiene algo que me prende, pensé mientras lo seguía por el pasillo angosto.

—Pásale por aquí, Ana —dijo él, con esa voz grave que vibra como un tambor en Semana Santa—. Tengo algo que te va a volar la cabeza.

Llegamos a un cuarto polvoriento, iluminado solo por una ventana empañada. Sobre una mesa de madera vieja, un cuaderno abierto mostraba dibujos de la pasión de Cristo. Pero no eran los típicos de la iglesia, con santos sufrientes y madres llorosas. No, estos eran... carnales. Jesús azotado, su espalda marcada por latigazos que parecían caricias furiosas, el sudor brillando en su piel como aceite caliente. La corona de espinas hundiéndose, gotas de sangre resbalando como besos rojos. Y la cruz... ay, la cruz, con su cuerpo arqueado en un gemido eterno, músculos tensos, verga semierecta bajo el taparrabos rasgado. Sentí un calor subiendo por mis muslos, mi panocha palpitando al ritmo de mi pulso acelerado.

¿Qué chingados es esto? Dibujos de la pasión de Cristo que parecen sacados de un sueño mojado. ¿Quién los hizo?

Diego se acercó por detrás, su aliento cálido en mi nuca oliendo a café y tabaco. —Los dibujó mi bisabuelo, un fraile renegado en el siglo XIX. Mezcló la fe con el deseo, dice la leyenda. Prohibidos por la Iglesia, pero aquí están, intactos.

Pasé los dedos por el papel amarillento, sintiendo la textura rugosa como piel erizada. El sonido de las páginas al voltear era un susurro íntimo, como ropa cayendo al suelo. Miré a Diego, sus ojos oscuros fijos en mí, no en los dibujos. Este wey me ve como si yo fuera la siguiente página.

—Me fascinan —murmuré, mi voz ronca—. La pasión... no solo dolor, ¿verdad? Hay placer en el sufrimiento, en entregarse.

Él asintió, su mano rozando la mía accidentalmente. O no tan accidental. El toque fue eléctrico, chispas subiendo por mi brazo hasta mis pezones, que se endurecieron bajo la blusa ligera. El cuarto se sentía más caliente, el aire espeso con olor a polvo viejo y a nuestra excitación creciente, ese almizcle sutil que sale cuando el cuerpo pide guerra.

Nos sentamos en un sillón raído, el cuaderno entre nosotros. Diego volteaba las páginas despacio, narrando. —Mira aquí, el azote. Siente el impacto, la piel rompiéndose, pero el rostro... extasiado. Como si cada golpe fuera una caricia de Dios.

Yo me acerqué más, mi muslo contra el suyo. Sentía el calor de su cuerpo, el roce de su jean áspero contra mi falda corta. Mi mente divagaba: imaginaba sus manos en mi espalda, marcándome como esos latigazos. Quiero que me azote así, suave al principio, luego fuerte, hasta que grite su nombre como un rezo.

La tensión crecía como una tormenta en el DF, lenta pero inevitable. Hablamos de arte, de pecados, de cómo la pasión de Cristo era el ultimate fap material para los reprimidos. Reímos, pero la risa era nerviosa, cargada. Su dedo trazó una línea en el dibujo, y luego, sin pensarlo, en mi antebrazo. Temblé, el tacto suave como pluma, pero prometiendo más.

—Ana, estos dibujos... me prenden igual que a ti —confesó, su voz baja, ojos devorándome—. Neta, desde que entraste, te veo como a María Magdalena, lista para redimir al carnal.

Me volteé, nuestros rostros a centímetros. Olía su colonia mezclada con sudor masculino, delicioso. —Muéstrame entonces, Diego. Hazme sentir esa pasión.

Acto dos: la escalada. Sus labios cayeron sobre los míos como un beso de Judas, traicionero y dulce. Sabían a tequila añejo y deseo puro. Nuestras lenguas bailaron, explorando, mordiendo suave. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el brasier con maestría. Lo dejé caer, mis chichis libres, pezones duros rozando su pecho firme bajo la camisa.

Me levantó como si nada, sentándome en la mesa. Los dibujos crujieron bajo mi culo, un sonido obsceno que me mojó más. Él se arrodilló, besando mi cuello, bajando a mis tetas. Chupó un pezón, tirando con los dientes, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. ¡Chingado, sí! Como los clavos en la cruz, dolor y gozo revueltos.

—Quítate la falda, morra —gruñó, voz ronca de pura lujuria.

Obedecí, mis tanguitas empapadas cayendo al piso. Él inhaló profundo, oliendo mi aroma, esa esencia dulce y salada de panocha lista. Sus dedos abrieron mis labios, rozando el clítoris hinchado. Gemí, el sonido rebotando en las paredes como un eco de agonía santa. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El jugo chorreaba, lubricando todo, el slap slap de sus movimientos llenando el aire.

Pero quería más. Lo jalé arriba, desabrochando su cinturón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. ¡Madre santísima, qué chingona! Como la lanza de Longinos, lista para perforar. La tomé en mi mano, piel caliente y aterciopelada, palpitando. La chupé, saboreando la sal, la vena latiendo en mi lengua. Él jadeaba, manos en mi pelo, follando mi boca suave, sin forzar.

—No aguanto, Ana. Te quiero adentro.

Me recargó en la mesa, los dibujos de la pasión de Cristo testigos mudos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el grosor llenándome, tocando lo más hondo. Gemí fuerte, uñas clavadas en su espalda, marcándolo como a Cristo. Empezó a bombear, lento al principio, building tension. El sudor nos unía, piel resbalosa, olores mezclados: sexo, papel viejo, jazmín.

Acabró el ritmo, clavadas profundas, mis tetas rebotando, su pelvis chocando mi clítoris. Hablábamos sucio, mexicano puro: —¡Cógeme más duro, pendejo! —¡Sí, wey, tu panocha es un paraíso!

La intensidad subía, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Sentí el orgasmo venir, como la resurrección, explosivo. Grité, cuerpo convulsionando, jugos salpicando. Él se vino segundos después, chorros calientes pintando mis entrañas, gruñendo mi nombre como un amén.

Acto tres: el afterglow. Nos derrumbamos en el sillón, jadeando, cuerpos enredados. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a sexo crudo, satisfecho. Miramos los dibujos, riendo bajito.

—Esos dibujos de la pasión de Cristo... nos unieron, carnal —dije, trazando su pecho marcado por mis uñas.

—Y lo volverán a hacer —respondió, besando mi frente—. Esta es nuestra pasión, Ana. Eterna.

Salimos al atardecer, el sol tiñendo todo de rojo sangre. Caminamos de la mano por las calles empedradas, el eco de nuestros gemidos aún en mi piel. Neta, wey, esto es arte vivo. La pasión no muere en la cruz; renace en la cama. Y supe que volvería, por más dibujos, por más de él.

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