La Rosa de Guadalupe Pasión Desenfrenada
Yo soy Lupita, una morra de treinta y tantos que vive en un departamentito chido en la colonia Guadalupe, aquí en la CDMX. Todos los días a las cinco de la tarde, me echo en el sillón con mi cafecito y prendo la tele para ver La Rosa de Guadalupe. Esas historias de milagros, de la Virgen que arregla todo, me dan una paz que ni te cuento. Pero últimamente, neta, me dejan con un vacío adentro, como si mi vida fuera puro drama sin final feliz. Mi carnalada anda lejos, y yo aquí, soltera, con el cuerpo pidiendo a gritos algo más que rezos.
Era un jueves caluroso, de esos que el aire se pega a la piel como miel. El sol se colaba por las cortinas, tiñendo todo de dorado. Olía a tortillas calentándose en la comal de la vecina, y al fondo, el claxon de los peseros rompiendo el tráfico. Estaba yo recargada, con mi blusita escotada que deja ver lo suficiente para soñar, cuando de repente ¡toc toc toc! en la puerta. Abrí y ahí estaba Alejandro, el vecino del 302, ese galán con ojos cafés que derriten y brazos que parecen tallados por los dioses aztecas.
¡Órale, Lupita! ¿Me prestas un poco de azúcar? Se me acabó y mi flaca anda en el súper, dijo con esa sonrisa pícara, su voz grave retumbando en mi pecho como tambor de fiesta. Lo miré de arriba abajo, su playera ajustada marcando el pecho velludo, el olor a jabón fresco y hombre mezclado con el sudor ligero del día. Sentí un cosquilleo en el estómago, como mariposas locas.
¿Por qué carajos me pongo así con este wey? Si parezco una pendeja en celo viendo La Rosa de Guadalupe.
Lo invité a pasar, claro, no iba a dejarlo en la puerta como pendejo. Caminó detrás de mí a la cocina, y juro que sentí su mirada quemándome la cola. Saqué el azúcar, pero en el forcejeo con el bote, se me cayó un chorrito en el piso. ¡Ay, qué torpe! Me agaché a limpiarlo, y de reojo lo vi observándome, su respiración un poquito más pesada. Cuando me paré, su mano rozó la mía al tomar el paquete. Electricidad pura, carnal. Nuestros ojos se clavaron, y el aire se espesó como niebla de temazcal.
Acto seguido, empezamos a platicar de la vida, de lo cara que está la tortilla, de cómo el tráfico nos tiene hasta la madre. Se sentó en la mesa, y yo cerca, tan cerca que olía su colonia barata pero rica, esa que me hacía mojarme sin remedio. ¿Sabes qué vi en La Rosa de Guadalupe ayer? Una historia de pasión contenida que termina en milagro, le dije, probando el agua. Él rio, Pasión contenida nada, Lupita, a veces la vida necesita pasión desenfrenada, como en esas novelas locas. Sus palabras me prendieron fuego. La Rosa de Guadalupe con pasión desenfrenada, ¿eh? Suena a pecado mortal, contesté juguetona, mordiéndome el labio.
El ambiente cambió en un parpadeo. Su rodilla tocó la mía bajo la mesa, un roce casual que no lo era. Mi piel se erizó, el corazón latiéndome como conga en quinceañera. Lupita, neta que estás cañona hoy, murmuró, su mano subiendo por mi muslo despacito, como quien acaricia un tesoro. No lo detuve. Al contrario, abrí las piernas un cachito, invitándolo. A ti te digo, Alejandro, me traes con las hormonas alborotadas. Nos besamos ahí mismo, sus labios carnosos saboreando a café y deseo, su lengua explorando mi boca con hambre de lobo.
Lo jalé al sillón donde acababa de ver mi programa favorito. La tele aún encendida, pero ya ni caso. Sus manos grandes amasaron mis chichis por encima de la blusa, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Gemí bajito, el sonido ahogado en su cuello, oliendo su sudor salado que me volvía loca. Me quitó la blusa de un tirón, y yo le arranqué la playera, lamiendo su pecho velludo, saboreando la sal de su piel. ¡Qué rico hueles, cabrón! Sus dedos bajaron a mi short, metiéndose adentro, encontrando mi panocha ya empapada, chorreando jugos calientes.
Esto es mejor que cualquier milagro de La Rosa de Guadalupe, pasión desenfrenada de la buena.
Me recargó en el sillón, besando mi cuello, mordisqueando la orejita mientras sus dedos jugaban con mi clítoris, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. ¡Más, Alejandro, no pares, wey! Olía a sexo en el aire, a mi excitación dulce y almizclada mezclada con su aroma macho. Me quitó el short y las calzones de un jalón, abriéndome las piernas como libro prohibido. Su lengua se hundió en mí, lamiendo despacio, chupando mi botón con maestría. Sentí las olas subiendo, mi cuerpo temblando, el sofá crujiendo bajo nosotros. Grité su nombre cuando el primer orgasmo me partió en dos, jugos salpicando su cara barbuda.
Pero no paró. Se paró, se bajó el pantalón, y ahí estaba su verga tiesa, gruesa, venosa, palpitando como bestia enjaulada. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la dureza aterciopelada. ¡Qué pedazo de pito, carnal! Esto va pa'dentro. Se puso condón rápido, y me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, Diosito! El estirón delicioso, su pelvis chocando contra la mía, el sonido húmedo de carne contra carne. Empezamos a cogernos como posesos, yo arriba primero, cabalgándolo con furia, mis chichis rebotando, sudor resbalando por mi espalda. Él gemía ¡Sí, nena, muévete así!, sus manos en mi culo apretando fuerte.
Cambié de posición, de perrito en el piso alfombrado, él embistiéndome desde atrás, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo suave. Sentía cada vena de su verga rozándome las paredes, el placer acumulándose como tormenta. Olía a nosotros, a sexo crudo, a pasión desenfrenada que no cabe en guion de tele. ¡Me vengo otra vez, Alejandro! grité, y él aceleró, sus bolas golpeándome el culo, hasta que rugió como toro, llenando el condón con su leche caliente.
Caímos exhaustos, jadeando, piel pegajosa de sudor, corazones tronando al unísono. Me acurruqué en su pecho, escuchando su pulso calmarse, oliendo el aftermath de nuestro desmadre. Esto fue mejor que cualquier episodio de La Rosa de Guadalupe, susurré riendo. Él me besó la frente, Pasión desenfrenada, Lupita, de la que hace milagros de verdad. Nos quedamos así, envueltos en sábanas improvisadas, el sol poniéndose tiñendo la habitación de rosa, como la Virgen misma bendiciendo nuestro pecado consentido.
Desde ese día, mi rutina cambió. La tele sigue prendida, pero ahora Alejandro viene más seguido, con excusas tontas. Y en mi mente, La Rosa de Guadalupe pasión desenfrenada se convirtió en nuestro código secreto para noches de fuego. La vida, wey, a veces sí tiene finales felices, calientes y sudados.