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El Fruto de la Pasión

7771 palabras

El Fruto de la Pasión

Entraste al mercado de Coyoacán bajo el sol de mediodía, ese calor pegajoso que se te pegaba a la piel como una promesa de algo más intenso. El aire estaba cargado de olores: el dulce de las mangas maduras, el picante de los chiles tostados y el aroma terroso de las hierbas frescas. Tus sandalias chapoteaban contra el piso húmedo por las regaderas matutinas, y sentías el roce de tu falda ligera contra tus muslos, un cosquilleo que te recordaba lo viva que estabas hoy.

Te detuviste frente al puesto de frutas, donde él estaba. Javier, con su camisa de manga corta arremangada hasta los codos, revelando brazos fuertes y bronceados por el trabajo diario. Sus ojos oscuros te atraparon de inmediato, como si ya supiera el secreto que traías guardado. Órale, qué chava tan guapa, pensaste que murmuraba para sí, mientras cortaba un mango con un cuchillo afilado que brillaba al sol.

¿Qué se te antoja, preciosa? ¿Un manguito jugoso o algo más... exótico?
—te dijo con esa voz grave, ronca como el rugido lejano de un volcán, mientras sus labios se curvaban en una sonrisa pícara.

Tu corazón dio un brinco. El fruto de la pasión, viste en un letrero improvisado junto a una pila de maracuyás morados, relucientes como joyas prohibidas. Su piel arrugada prometía un interior dulce y ácido, ese néctar que explota en la boca y te deja temblando.

Dame de esos... el fruto de la pasión
—respondiste, tu voz un susurro juguetón, sintiendo un calor subir por tu cuello. Tus dedos rozaron los suyos al tomar la fruta, un toque eléctrico que te erizó la piel. Olía a tierra fértil y a sudor masculino mezclado con el dulzor de las pasiones.

Acto primero: la chispa. Caminaste por el mercado con la maracuyá en la mano, pero no podías sacarte a Javier de la cabeza. Neta, qué tipo tan mamón, pero en el buen sentido, pensaste, mordiendo la fruta. El jugo ácido te inundó la lengua, fresco y ardiente a la vez, como un beso que no esperabas. Regresaste al puesto al atardecer, cuando las sombras se alargaban y el mercado se vaciaba, dejando solo el eco de las risas y el siseo de las fritangas.

Él te esperaba, limpiando su puesto con movimientos lentos, deliberados. —

¿Ya volviste por más, o nomás querías verme?
—preguntó, acercándose tanto que sentiste su aliento cálido en tu oreja, oliendo a tabaco y a hombre.

Te reíste, un sonido nervioso que vibró en tu pecho. —

Las dos cosas, wey. Enséñame cómo se come de verdad ese fruto
—dijiste, y él tomó tu mano, guiándote hacia el fondo del mercado, donde un callejón angosto olía a jazmín y a lluvia reciente.

Allí, bajo la luz mortecina de una farola, te mostró. Partió la maracuyá con sus dedos callosos, el sonido crujiente como un susurro pecaminoso. —

Mira, así se saborea la pasión. Lento, profundo
—murmuró, acercando la fruta a tus labios. El jugo goteó por tu barbilla, y él lo limpió con el pulgar, su toque áspero enviando ondas de placer directo a tu centro.

Tu pulso se aceleró, el corazón latiendo como tambores en una fiesta de pueblo. Esto es chido, pero ¿y si me lleva a su casa? ¿Quiero eso? La tensión crecía, un nudo delicioso en tu vientre.

Acto segundo: la escalada. Javier te invitó a su pequeño departamento arriba del mercado, un lugar humilde pero acogedor, con paredes pintadas de colores vivos y una hamaca colgada en la sala. El aire estaba perfumado con incienso de copal y el aroma de café recién molido. —

Pasa, no muerdo... a menos que me lo pidas
—bromeó, su risa profunda retumbando en tu pecho.

Te sentaste en el sofá raído, sintiendo la tela áspera contra tus piernas desnudas. Él trajo más frutos de la pasión, una fuente rebosante, y se sentó a tu lado, tan cerca que sus muslos rozaban los tuyos. Hablaron de todo: de la vida en el mercado, de cómo el sol quema la piel pero endulza las frutas, de deseos reprimidos en la rutina diaria.

Sabes, este fruto es como el amor: por fuera parece simple, pero adentro es puro fuego
—dijo, sus ojos devorándote. Tomó una maracuyá, la partió y te la ofreció. Esta vez, sus dedos entraron en tu boca junto con el jugo, y chupaste suavemente, saboreando la sal de su piel mezclada con el ácido dulce. Un gemido escapó de tus labios, y él se inclinó, capturando tu boca en un beso hambriento.

El beso fue como explotar el fruto: intenso, jugoso, con lenguas danzando en un torbellino de sabores. Sus manos exploraron tu espalda, deslizándose bajo tu blusa, tocando la curva de tu cintura con reverencia. Sentiste su erección presionando contra tu cadera, dura y prometedora. ¡Carajo, qué rico se siente esto! Quiero más, todo, pensaste, mientras tus pezones se endurecían bajo el roce de su pecho.

La intensidad subió. Te quitó la blusa con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclado con tus jadeos. Olías su aroma almizclado, el sudor fresco de su excitación, y el tuyo propio, ese olor femenino de deseo que te hacía palpitar entre las piernas.

¿Estás segura, mi reina? No hay prisa
—preguntó, sus ojos buscando los tuyos, pidiendo permiso con una ternura que te derritió.

Sí, Javier. Quiero saborear el fruto de la pasión contigo
—respondiste, tirando de su camisa, exponiendo su torso musculoso, marcado por el sol y el esfuerzo.

Te recostó en la hamaca, que se mecía suavemente como una cuna erótica. Sus labios bajaron por tu cuello, lamiendo el rastro de jugo de maracuyá que aún quedaba, hasta llegar a tus senos. Chupó un pezón con delicadeza, luego con hambre, mientras su mano se colaba bajo tu falda, encontrando tu humedad a través de las bragas empapadas. El tacto de sus dedos gruesos frotando tu clítoris fue eléctrico, ondas de placer recorriendo tu espina dorsal.

Te arqueaste, gimiendo alto, el sonido rebotando en las paredes. Es como si me abriera entera, como el fruto maduro. Él se desvistió, revelando su miembro erecto, grueso y venoso, palpitante de necesidad. Lo frotaste con tu mano, sintiendo el calor pulsante, la piel suave sobre la dureza.

La tensión alcanzó su pico cuando te penetró lentamente, centímetro a centímetro, llenándote por completo. El estiramiento delicioso, el roce de su pubis contra tu clítoris, el slap de piel contra piel. Ritmo creciente: lento al principio, como saborear el fruto, luego feroz, como devorarlo. Sudor goteando, mezclándose; olores de sexo crudo, pasión pura; gemidos convirtiéndose en gritos ahogados.

Acto tercero: la liberación. El clímax llegó como una tormenta tropical, tu cuerpo convulsionando alrededor del suyo, contracciones que lo ordeñaban. Él gruñó tu nombre —

¡Ay, mi amor!
—y se derramó dentro de ti, caliente y abundante, sellando el unión.

Quedaron entrelazados en la hamaca, meciéndose en el afterglow. Su pecho subía y bajaba contra el tuyo, corazones latiendo al unísono. El aire olía a sexo satisfecho, a maracuyá madura y a promesas futuras. Besaste su hombro salado, sintiendo una paz profunda.

Esto fue el verdadero fruto de la pasión, ¿no?
—murmuró él, acariciando tu cabello.

Sonreíste, el cuerpo lánguido y pleno. Neta, nunca había sentido algo tan chingón. El mercado afuera callaba, pero dentro de ti, la pasión seguía latiendo, lista para más frutos por cosechar.

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