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Las Pasiones del Alma Desnuda

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Las Pasiones del Alma Desnuda

Ana caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, con el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja cálido que hacía brillar las fachadas coloniales. El aire olía a jazmín y a tortillas recién hechas de alguna taquería cercana. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba un poco a su piel por el calor, y sentía esa inquietud familiar en el pecho, como si el alma le pidiera algo más que la rutina diaria. Hacía meses que no se permitía soltar las riendas, desde que dejó a ese pendejo que no sabía ni tocarla bien.

Entró a la plaza principal, donde un mariachi tocaba rancheras con trompetas que retumbaban en el pecho. Ahí lo vio: Javier, recargado en una fuente, con una cerveza en la mano y una sonrisa que parecía sacada de un sueño húmedo. Alto, moreno, con ojos negros que te miraban como si ya supieran tus secretos. Vestía una camisa guayabera entreabierta, dejando ver un pecho firme y velludo que invitaba a pasar los dedos. Órale, qué chulo, pensó Ana, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.

Se acercó, fingiendo casualidad. "¿Vienes seguido por acá, guapo?" le dijo con voz juguetona, el acento guanajuatense saliéndole natural. Él se enderezó, oliendo a colonia fresca y a hombre de verdad. "Neta, cada vez que puedo. ¿Y tú, reina? ¿Buscando aventuras o nomás paseando?" Su voz grave le erizó la piel. Charlaron de la vida, de cómo el arte de San Miguel despertaba cosas profundas. "A veces siento que las pasiones del alma se despiertan en lugares así", murmuró él, rozando su brazo con los dedos. Ana sintió el calor subirle por el cuello.

Este wey me va a volver loca antes de que anochezca
, se dijo.

La noche cayó como un manto estrellado, y terminaron en un mesón con patio iluminado por faroles. Pidieron tacos al pastor y mezcal ahumado que quemaba la garganta como un beso ardiente. Cada sorbo avivaba la tensión: sus rodillas se rozaban bajo la mesa, sus miradas se enredaban. Javier le contó de su vida como artista, pintando desnudos que capturaban el alma en éxtasis. "Quiero pintar la tuya", dijo, y su mano subió por su muslo, deteniéndose justo donde el vestido terminaba. Ana jadeó bajito, el pulso latiéndole en las sienes. "Mejor ven y descubre lo que hay debajo", respondió ella, empoderada, sintiendo su propia fuerza sexual despertar.

Salieron tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego interno. Caminaron hasta su hotel boutique, un lugar con balcones de hierro forjado y velas aromáticas a lavanda. En el elevador, ya no aguantaron: Javier la acorraló contra la pared, besándola con hambre. Sus labios sabían a mezcal y a deseo puro, la lengua explorando su boca como si mapeara un tesoro. Ana le clavó las uñas en la espalda, oliendo su sudor fresco mezclado con el jazmín del jardín abajo. Tan duro, tan mío esta noche.

En la habitación, la luz de la luna se colaba por las cortinas de encaje, bañando la cama king size con sábanas de hilo egipcio. Javier la desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. Primero el vestido cayó al piso con un susurro suave, revelando sus curvas generosas: senos plenos con pezones oscuros ya erectos, caderas anchas que pedían ser agarradas. "Eres una diosa, mamacita", gruñó él, arrodillándose para besar su ombligo, bajando hasta el encaje negro de sus calzones. Ana temblaba, el aroma de su propia excitación llenando el aire, almizclado y dulce.

Lo empujó a la cama, queriendo tomar control. Le quitó la guayabera, lamiendo su pecho salado, mordisqueando los pezones duros. Javier gemía, "¡Ay, qué rica!", mientras ella bajaba la cremallera de sus pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la cabeza brillante de precúm. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza como terciopelo sobre acero. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y masculino, mientras él le enredaba los dedos en el pelo. "Chúpamela, reina, neta que me traes loco". Ella lo hizo, succionando con ritmo, oyendo sus jadeos roncos que resonaban en la habitación.

Pero querían más. Javier la volteó boca abajo, besando su espalda arqueada, bajando hasta sus nalgas redondas. Separó sus piernas, inhalando profundo su esencia íntima. "Hueles a paraíso", murmuró antes de enterrar la lengua en su coño empapado. Ana gritó de placer, el roce húmedo y caliente enviando ondas por todo su cuerpo. Lamía su clítoris hinchado, chupando con maestría, mientras dos dedos entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que la hacía retorcerse.

Las pasiones del alma se desatan así, en este fuego que nos consume
, pensó ella, arqueando la cadera contra su boca, el sonido de succiones obscenas mezclándose con sus gemidos.

La tensión crecía como una tormenta. Ana se montó sobre él, frotando su coño mojado contra su verga dura. "Te quiero adentro, cabrón, ya", exigió. Javier la penetró de un solo empujón, llenándola por completo. ¡Dios, qué estirada se sentía! Cabalgaron así, piel contra piel sudorosa, sus senos rebotando con cada embestida. Él la agarraba las nalgas, guiándola, mientras ella clavaba las uñas en su pecho. El slap-slap de cuerpos chocando, el olor a sexo crudo, el sabor de sus besos salados... todo sensorial, abrumador.

Cambiaron posiciones: él arriba, misionero profundo, mirándose a los ojos. "Siente cómo te follo el alma", jadeó Javier, y Ana lo creyó. Cada estocada rozaba su G, building el orgasmo como una ola imparable. Ella lo rodeó con las piernas, urgiéndolo más rápido. "¡Más duro, wey! ¡Sí, así!". El clímax la golpeó primero: un estallido de luz detrás de los párpados, el coño contrayéndose en espasmos alrededor de su verga, gritando su nombre mientras chorros de placer la inundaban.

Javier la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes de semen que se sentían como lava. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos. El aire olía a orgasmo compartido, a piel saciada. Él la besó la frente, suave ahora. "Eso fue... las pasiones del alma en carne viva".

Se quedaron así, en afterglow, con la luna testigo. Ana sentía una paz profunda, como si hubiera liberado algo ancestral. No era solo sexo; era conexión, empoderamiento mutuo. Al amanecer, con el canto de los gallos lejanos y el aroma a café colándose por la ventana, se despidieron con promesas de más noches. Pero Ana sabía que esta había marcado su alma para siempre, un fuego que ardía eterno en lo más hondo.

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