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Pasión de Gavilanes Capítulo 42 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 42 Fuego en las Venas

La noche caía suave sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, con ese calor pegajoso que invita a quitarse la ropa y dejarse llevar. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá de la sala amplia, con el aire perfumado a jazmín del jardín colándose por las ventanas abiertas. Diego, mi amor de ojos fieros y cuerpo curtido por el sol, se sentó a mi lado, su mano grande rozando mi muslo desnudo bajo la falda ligera. Habíamos cenado tacos de arrachera jugosos, con esa salsa picosa que nos hacía sudar y reír como pendejos.

Qué chido estar así, solos en esta casa enorme, pensé mientras encendía la tele. Quería ver Pasión de Gavilanes capítulo 42, esa novela que nos tenía enganchados con sus dramas calientes y venganzas que terminan en besos robados. Diego me jaló más cerca, su aliento cálido contra mi cuello oliendo a tequila reposado. "Órale, mami, ponla ya, que me muero por ver qué pasa con esos Reyes", murmuró, su voz ronca como grava.

La pantalla cobró vida. Los Gavilanes, con sus camisas ajustadas y miradas de fuego, discutían en medio de una tormenta. La pasión de gavilanes capítulo 42 se desarrollaba con esa tensión que te eriza la piel: miradas que prometían más que palabras, toques accidentales que encendían chispas. Sentí el pulso de Diego acelerarse contra mi cadera. Su mano subió por mi pierna, lenta, explorando la suavidad de mi piel morena. El sonido de la lluvia en la novela se mezclaba con el trueno lejano afuera, y yo ya jadeaba bajito.

Pinche novela, siempre me pone caliente como lava, se me cruzó por la mente, mientras su dedo trazaba círculos en mi interior del muslo.

En la pantalla, uno de los hermanos besaba a su amor con hambre, las bocas chocando como si el mundo se acabara. Diego giró mi rostro hacia él, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a chile y deseo puro. Su lengua invadió mi boca, danzando con la mía, mientras sus manos me apretaban las nalgas con fuerza juguetona. "Eres mi gavilán, Ana", gruñó contra mi piel, mordisqueando mi oreja. El olor de su sudor fresco me embriagaba, mezclado con el aroma almizclado de su excitación creciendo bajo los jeans.

No aguanté más. Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi panocha ya húmeda. La falda se arremolinó alrededor de mi cintura, y él la subió del todo, exponiendo mis bragas de encaje negro. Sus ojos se oscurecieron de lujuria mientras lamía mis pezones por encima de la blusa delgada. "Quítatela, cabrón", le ordené con voz temblorosa, y él obedeció riendo, rasgando los botones con impaciencia. Mis tetas saltaron libres, los pezones erectos pidiendo su boca.

La novela seguía de fondo, pero ya nadie la veía. Diego chupaba un pezón con succión profunda, el sonido húmedo retumbando en mis oídos, mientras su mano se colaba en mis bragas. Sus dedos gruesos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. Neta, este wey sabe cómo volverme loca, pensé, mientras el placer subía como oleadas calientes. Mi jugo empapaba sus dedos, el olor dulce y salado de mi arousal llenando el aire. Él metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hace gritar.

"Más, Diego, no pares", gemí, moviendo las caderas contra su mano. Él aceleró, su pulgar en mi clítoris, mientras con la otra mano me pellizcaba el otro pezón. El sofá crujía bajo nosotros, y el calor de su cuerpo contra el mío era como un horno. Sudábamos juntos, piel resbaladiza, corazones latiendo al unísono. Lo besé con furia, mordiendo su labio inferior, saboreando el leve sabor metálico de sangre mezclada con su saliva.

Pero quería más. Bajé al suelo, de rodillas entre sus piernas abiertas. Le desabroché los jeans con dientes, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de necesidad. El prepucio se retrajo solo, mostrando el glande rojo y brillante de precum. "Mira qué rica está tu pija", le dije juguetona, lamiendo la punta con la lengua plana. Él gruñó profundo, sus manos enredándose en mi cabello. El sabor salado me volvió loca, y lo engullí hasta la garganta, chupando con fuerza mientras mis manos masajeaban sus huevos pesados.

Diego jadeaba como animal, "¡Ay, wey, así me vas a matar!". La novela gritaba diálogos apasionados de fondo, pero nuestro mundo era solo bocas, lenguas y gemidos. Lo mamé lento al principio, saboreando cada vena, luego rápido, la saliva goteando por mi barbilla. Él se tensó, pero lo paré. "Aún no, amor. Quiero sentirte adentro".

Me puse de pie, quitándome las bragas de un tirón. Mi panocha brillaba de jugos, hinchada y lista. Lo empujé al sofá y me monté de nuevo, guiando su verga a mi entrada. Lentamente, me hundí en él, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me estiraba deliciosamente. ¡Qué chingón se siente, llenándome toda! Gemí alto cuando toqué fondo, su pubis raspando mi clítoris. Empecé a cabalgar, lento al inicio, sintiendo cada roce, el calor de su piel contra la mía, el slap slap de carne contra carne.

Sus manos en mis caderas me guiaban, fuerte pero tierno. "Eres tan mojada, tan caliente, mi reina", murmuraba, mirándome con ojos de fuego. Aceleré, rebotando con fuerza, mis tetas saltando, sudor volando. El placer crecía en espiral, mi vientre contrayéndose. Él se incorporó, chupando mi cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Cambiamos: él me volteó sobre el sofá, de perrito, embistiéndome profundo desde atrás.

Sus bolas golpeaban mi clítoris con cada estocada, el sonido obsceno y excitante. "¡Más duro, pendejo, rómpeme!", le supliqué, y él obedeció, agarrándome el cabello como riendas. El olor de sexo nos envolvía, espeso y adictivo. Sentía su verga hincharse más, lista para explotar. Mi orgasmo llegó primero, un tsunami que me hizo convulsionar, gritando su nombre mientras chorros de placer me mojaban las piernas.

¡Virgen de Guadalupe, esto es el paraíso!

Diego rugió, clavándose hasta el fondo y llenándome con chorros calientes de semen. Colapsamos juntos, su peso sobre mí protector, nuestros cuerpos temblando en la resaca del clímax. La tele seguía con pasión de gavilanes capítulo 42, pero ahora era solo ruido blanco.

Jadeando, rodamos al suelo alfombrado, él aún dentro de mí, suave ahora. Besos lentos, lenguas perezosas. "Te amo, Ana, neta que eres mi todo", susurró, acariciando mi espalda sudada. Yo sonreí, oliendo nuestro amor mezclado con el jazmín nocturno. El trueno retumbó afuera, pero aquí dentro solo había paz ardiente.

Nos quedamos así un rato, piel con piel, pulsos calmándose. Luego, riendo como niños, nos levantamos a darnos una ducha. El agua caliente lavó el sudor, pero no el fuego que pasión de gavilanes capítulo 42 había avivado en nosotros. En la cama king size, envueltos en sábanas de algodón egipcio, nos acurrucamos. Su mano en mi vientre, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón fuerte.

Estas noches son las que valen la vida, pensé mientras el sueño nos vencía. Mañana sería otro día de ranchería, caballos y risas, pero esta pasión quedaría grabada en las venas, como un capítulo eterno de nuestra propia novela.

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