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Abismo de Pasion Paloma y Gael

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Abismo de Pasion Paloma y Gael

Paloma caminaba por las calles empedradas de San Miguel de Allende, el sol del atardecer tiñendo todo de un naranja ardiente que hacía que su piel morena brillara como miel fresca. Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, el escote profundo dejando ver el valle entre sus senos plenos. Hacía calor, pero no tanto como el fuego que le ardía por dentro desde que él le había mandado ese mensaje: "Ven, mamacita, neta que te extraño". Gael. Ese wey con ojos verdes que la volvían loca, con esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos.

Se detuvieron en la plaza principal, donde un mariachi tocaba rancheras con trompetas que retumbaban en el pecho. Paloma lo vio de lejos, recargado en una fuente, camisa blanca desabotonada hasta la mitad, mostrando el vello oscuro de su torso musculoso. Olía a colonia cara mezclada con el sudor fresco del día, un aroma que la hacía salivar.

"Órale, Paloma, ¿qué onda? Te ves chingona hoy",
le dijo él con esa voz ronca, tomándola de la cintura y jalándola contra su cuerpo duro.

Ella rio, sintiendo el calor de su aliento en el cuello. Este pendejo siempre sabe cómo encenderla, pensó, mientras sus manos subían por la espalda de Gael, arañando levemente la tela. La tensión era palpable, como un elástico a punto de romperse. Hablaron de tonterías, de la vida en la ciudad, pero sus ojos se devoraban. Cada roce accidental –su muslo contra el de ella, sus dedos rozando su cadera– era una chispa que avivaba el deseo.

La noche cayó como un manto estrellado, y terminaron en un bar escondido con luces tenues y velas que parpadeaban. Pidieron tequilas reposados, el líquido ámbar quemando sus gargantas con un sabor ahumado y dulce. Gael la miró fijo, su mano en el muslo de Paloma, subiendo despacio bajo el vestido.

"Neta, Paloma, desde que te vi entrar, mi verga no para de pensarte",
murmuró él, y ella sintió un pulso caliente entre las piernas, húmeda ya de anticipación.

Acto de escalada

Salieron del bar tambaleándose un poco, riendo como chavos, pero el aire fresco de la noche no apagó el fuego. Caminaron hasta un hotel boutique en una callejuela, el tipo de lugar con patios llenos de buganvilia y fuentes murmurantes. En el elevador, solos por fin, Gael la arrinconó contra la pared, sus labios capturando los de ella en un beso feroz. Saboreaba a tequila y a hombre, su lengua invadiendo su boca con hambre. Paloma gimió bajito, el sonido ahogado por su pecho ancho. Sus manos bajaron a las nalgas de él, apretando la carne firme bajo los jeans.

En la habitación, la luz de la luna se colaba por las cortinas de encaje, iluminando la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Gael la desvistió despacio, como si desenvolriera un regalo preciado. Primero el vestido, que cayó al piso con un susurro sedoso, dejando sus tetas al aire, pezones duros como piedras preciosas. Él jadeó,

"Qué ricas estás, Paloma, mira cómo se me para nomás de verte".
Ella lo empujó a la cama, quitándole la camisa para lamer su pecho, saboreando la sal de su piel, oliendo su aroma almizclado de macho excitado.

Paloma se montó a horcajadas sobre él, frotando su coño mojado contra la protuberancia en sus pantalones. Esto es el abismo de pasión, Paloma y Gael, pensó ella, mientras él gemía y sus caderas se movían al ritmo. Le desabrochó el cinturón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante de deseo. La tomó en su mano, sintiendo el calor y la dureza, el precum goteando como néctar. Se la llevó a la boca, chupando la cabeza con labios suaves, lengua girando alrededor. Gael gruñó, enredando los dedos en su cabello negro largo:

"Ay, cabrona, qué chido la chupas, no pares".

El ritmo se aceleró. Él la volteó, besando su vientre plano, bajando hasta su monte de Venus depilado. Separó sus labios mayores con los dedos, inhalando el olor dulce y salado de su excitación. Lamio su clítoris hinchado, succionándolo con maestría, mientras dos dedos entraban y salían de su vagina empapada, curvándose para tocar ese punto que la hacía arquear la espalda. Paloma gritó, órale, este wey sabe cómo hacerme volar, olas de placer recorriéndola como corrientes eléctricas. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos.

No aguantaron más. Gael se colocó encima, su peso delicioso oprimiéndola. La punta de su verga rozó su entrada, untándose en sus jugos.

"¿Quieres que te coja, amor? Dime",
preguntó él, ojos brillantes de lujuria.
"Sí, Gael, métemela toda, hazme tuya",
suplicó ella, clavando las uñas en su espalda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola con su grosor, hasta que sus pelvis chocaron. El placer era abrumador, su coño apretándolo como un guante caliente y húmedo.

Se movieron en sincronía perfecta, él embistiendo profundo, ella levantando las caderas para recibirlo. Sudor perlando sus cuerpos, piel resbaladiza chocando con palmadas rítmicas. Paloma sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el roce en su G-spot enviando chispas al cerebro. Es un abismo de pasión, Paloma y Gael, y yo me lanzo de cabeza. Él aceleró, mordisqueando su cuello, sus bolas golpeando su perineo. Ella se corrió primero, un orgasmo que la sacudió entera, contrayendo su coño alrededor de él, gritando su nombre mientras estrellas explotaban detrás de sus párpados.

Gael la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes de semen. Se derrumbaron juntos, respiraciones entrecortadas, corazones latiendo al unísono.

El afterglow

Se quedaron así un rato, enredados en las sábanas revueltas que olían a sexo y a ellos. Gael le acariciaba el cabello, besando su frente.

"Neta, Paloma, contigo es otro nivel. Eres mi vicio",
murmuró. Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña. Este abismo de pasión, Paloma y Gael, no tiene fondo, y no quiero salir.

Se ducharon juntos después, agua caliente cayendo sobre sus cuerpos magreados, jabón espumoso resbalando por curvas y músculos. Se enjabonaron mutuamente, risas y besos juguetones bajo el chorro. Salieron envueltos en toallas, pidiendo room service: tacos al pastor con piña jugosa y cebolla crujiente, que devoraron en la cama como si no hubiera mañana.

Al amanecer, con el sol colándose otra vez, se despidieron con un beso largo y prometedor. Paloma caminó de regreso a su hotel, piernas flojas pero alma plena, sabiendo que ese abismo de pasión, Paloma y Gael, los llamaría de nuevo pronto. La vida en México era así: intensa, ardiente, sin medias tintas. Y ella no cambiaría nada.

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