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La Pasion de Cristo Presupuesto Caliente

6418 palabras

La Pasion de Cristo Presupuesto Caliente

En el pequeño teatro de barrio en la colonia Roma de la Ciudad de México, el aire olía a madera vieja y a café de olla recién hecho. Yo, Ana, había aceptado el papel de María Magdalena en La Pasion de Cristo Presupuesto, una obra chafa pero con corazón que montaba el grupo comunitario cada Semana Santa. No era Broadway, ni de chiste; el presupuesto era tan bajo que los vestuarios salían de tianguis y las luces de focos reciclados. Pero cuando vi a Diego, el wey que interpretaba a Jesús, supe que algo iba a prender.

Diego era alto, moreno, con ojos cafés que te miraban como si te desvistieran despacito. Llevaba una túnica improvisada con sábana vieja, y cada vez que ensayábamos la escena del unción en el sepulcro, sus músculos se marcaban bajo la tela. Órale, carnal, qué tipo, pensaba yo mientras aplicaba el aceite falso en sus pies. El olor a aceite de cocina mezclado con su sudor fresco me mareaba. Sus dedos rozaban mi mano accidentalmente, y un cosquilleo subía por mi espinazo.

—Neta, Ana, tu Magdalena es la más ardiente que he visto —me dijo un día después del ensayo, secándose el sudor con el dorso de la mano. Su voz grave, con ese acento chilango puro, me erizaba la piel.

—No mames, Diego, tú eres el Jesús que cualquier morra sueña —le contesté coqueta, mordiéndome el labio. El teatro estaba vacío, solo quedábamos nosotros dos practicando líneas. Afuera, el bullicio de la calle: cláxones, vendedores de elotes, risas de chavos. Adentro, la tensión crecía como humedad en mayo.

Al día siguiente, el director nos pidió una ensayo privado para pulir la escena clave: yo, Magdalena, lavando los pies de Jesús con perfume y lágrimas. Esto va a estar cabrón, me dije, sintiendo ya el calor entre las piernas. Llegamos temprano, el sol filtrándose por las cortinas raídas, pintando rayas doradas en el piso. Diego se sentó en la silla que hacía de piedra del sepulcro, descalzo, sus pies grandes y fuertes.

—Empieza, Magdalena —dijo él, con voz ronca, mirándome fijo.

Me arrodillé, el piso áspero contra mis rodillas. Vertí el "perfume" —agua con esencia de lavanda barata— sobre sus pies. El aroma dulce invadió el aire, mezclado con su olor hombre: salado, terroso. Mis manos masajearon despacio, subiendo por sus pantorrillas. Sentí su piel caliente, los vellos erizados bajo mis dedos.

¿Esto es parte del guión o ya nos estamos pasando?
pensé, pero no paré. Mi respiración se aceleró, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo en fiesta.

Él gimió bajito, un sonido gutural que me mojó al instante. —Ana... eso se siente chido —murmuró, su mano bajando a acariciar mi cabello. Lo miré, sus ojos oscuros ardiendo. Sin palabras, me incliné y besé la piel de su tobillo, saboreando la sal. Subí lento, lengua trazando venas, hasta el interior de su muslo. La túnica se abultaba ya, su verga dura presionando la tela.

Pinche Magdalena pecadora —rió él, pero su voz temblaba. Me levantó, jalándome contra su pecho. Sus labios cayeron sobre los míos, duros, urgentes. Sabían a menta y a deseo puro. Nuestras lenguas bailaron, húmedas, explorando. Sus manos grandes amasaron mis nalgas sobre el vestido ajustado, apretándome contra su erección. Gemí en su boca, el roce enviando chispas por mi clítoris hinchado.

Nos movimos al fondo del escenario, donde las sombras nos cubrían. Él me quitó el vestido con prisa, pero sin rudeza, besando cada centímetro de piel que liberaba. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Qué rico, wey, chúpamelas, supliqué en silencio. Como si leyera mi mente, succionó uno, lengua girando, dientes rozando suave. El placer me arqueó la espalda, un jadeo escapando: —¡Sí, Diego, así!

Mi mano bajó a su túnica, arrancándola. Su verga saltó, gruesa, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé, piel aterciopelada sobre acero, latiendo en mi puño. Él gruñó, empujándome al piso sobre una colcha vieja que servía de utilería. El aire olía a nosotros: sudor, lavanda, coño mojado.

Me abrió las piernas, sus ojos devorándome. —Estás chorreando, morrita —dijo, dedo deslizándose por mis labios vaginales, empapado al instante. Introdujo dos, curvándolos contra mi punto G. El sonido chapoteante, obsceno, me volvió loca. Lamí sus dedos cuando los sacó, sabor mío almizclado y dulce.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santísima, qué pedazo de Cristo! El estiramiento ardía delicioso, paredes apretándolo. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada vena rozarme, sus bolas golpeando mi culo. El sudor nos unía, piel resbaladiza. Sus manos en mis caderas guiaban, fuerte pero tierno.

—Cógeme duro, Ana, hazme tuyo —jadeó él, pellizcando mis pezones. Aceleré, tetas rebotando, clítoris frotando su pubis. El teatro resonaba con mis gritos: ¡Ay, wey! ¡Más! Su olor, su sabor en mi boca aún, el calor de su cuerpo... todo me llevaba al borde.

La tensión creció como tormenta en el Popo. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, verga martillando mi cervix. Cada embestida un plaf húmedo, sus gruñidos animales en mi oído. Mordí su hombro, uñas clavadas en su espalda.

Esto es mejor que cualquier pasión de cristo, presupuesto o no
, pensé entre oleadas de placer.

—Me vengo, pinche Jesús —grité, mi coño convulsionando, ordeñándolo. Chorros de jugo salpicaron sus bolas. Él rugió, hinchándose dentro, semen caliente inundándome, pulso tras pulso. Colapsamos, jadeantes, cuerpos temblando en aftershocks. Su peso sobre mí era perfecto, protector.

Nos quedamos así, piel pegajosa, respiraciones sincronizándose. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aroma de sexo flotaba pesado, mezclado con el perfume derramado. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, ajena a nuestra pasión.

—Neta, Ana, esto fue el mejor ensayo de mi vida —dijo él, riendo bajito, acariciando mi mejilla.

—Y ni hemos terminado la obra, carnal —respondí, guiñando. En ese momento supe que La Pasion de Cristo Presupuesto sería legendaria, pero lo nuestro, eso sí que era eterno. El deseo no se acababa; solo se transformaba, listo para más.

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