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En 2004 Produje y Dirigí La Pasión de Mi Cristo

6458 palabras

En 2004 Produje y Dirigí La Pasión de Mi Cristo

Era 2004, el año en que en 2004 produjo y dirigió la pasión de cristo Mel Gibson, esa película que nos pegó duro a todos con su crudeza y su febril intensidad. Yo, Ana, acababa de cumplir veinticinco y vivía en un departamentito chiquito en la Condesa, México. Ese viernes por la noche, mi carnal Luis llegó con el DVD recién salido, oliendo a taquería de la esquina y con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. "Neta, Ana, esto va a estar cabrón", me dijo mientras sacaba las chelas del six pack.

Nos echamos en el sillón viejo, con las cortinas corridas para que no entrara la luz de la calle. El cuarto olía a incienso de vainilla que yo había prendido antes, mezclado con el sudor ligero de su camisa después de un día de chamba en la constructora. Puse play y desde los primeros latigazos en la pantalla, sentí un cosquilleo en el estómago. No era solo el dolor de la película, era esa pasión desbordada, ese entrega total que me hacía apretar las piernas sin darme cuenta. Luis se recargó en mí, su brazo musculoso rodeándome la cintura, y su aliento cálido rozándome el cuello. "¿Te late?", murmuró, y su voz grave vibró contra mi piel.

Yo asentí, mordiéndome el labio. Qué wey tan rico, pensé, mientras veía cómo sus dedos jugaban distraídos con el borde de mi blusa. La película avanzaba, los gemidos de agonía se mezclaban con nuestra respiración que se aceleraba. Olía a su colonia barata, esa que siempre me ponía caliente, y a mi propio aroma de excitación empezando a subir. No aguanté más y giré la cara, buscando su boca. Nuestros labios chocaron suaves al principio, como probando, pero pronto se volvió un beso hambriento, con lenguas enredadas y saliva dulce de chela.

"Luis... esto es como la película, pero mejor", susurré contra su boca, y él rio bajito, ese sonido ronco que me erizaba la piel.

Acto primero de nuestra propia producción: nos levantamos del sillón sin apagar la tele, donde Cristo cargaba la cruz entre gritos. Yo lo jalé al cuarto, mis manos temblando de anticipación mientras le quitaba la playera. Su pecho ancho, bronceado por el sol de las obras, brillaba con un sudor fino que lamí con la lengua, saboreando sal y hombre. Él me desabrochó el brasier con dedos torpes pero ansiosos, y mis tetas saltaron libres, los pezones ya duros como piedras.

En el colchón deshecho, nos tumamos lado a lado, explorándonos con calma. Sus manos grandes me recorrían la espalda, bajando hasta mis nalgas, amasándolas con fuerza. Yo metí la mano en su jeans, sintiendo la verga tiesa latiendo bajo la tela. "Estás bien puesto, carnal", le dije juguetona, y él gimió cuando la saqué, gruesa y venosa, con la cabeza roja brillando de precum. La piel era suave como terciopelo sobre hierro, y olía a él, a deseo puro mexicano.

Pero no íbamos a correr. Queríamos dirigir esto bien, como en la película que sonaba de fondo, ahora con martillazos en la cruz. Le pedí que me besara despacio, y él obedeció, bajando por mi cuello, chupando mis tetas hasta que arqueé la espalda gimiendo. Su lengua en los pezones era fuego húmedo, círculos lentos que me hacían jadear. Neta, qué chingón besas, pendejo, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda. El cuarto se llenaba de nuestros sonidos: resuellos, besos chapoteantes, la fricción de piel contra piel.

Luis se hincó entre mis piernas, abriéndolas con gentileza. "Déjame verte, nena", dijo, y yo abrí todo, exponiendo mi panocha mojada, los labios hinchados brillando. Él sopló suave, haciendo que mi clítoris palpitara, y luego lamió desde abajo, saboreando mis jugos que sabían a miel salada. Gemí fuerte, agarrando sus greñas. Su lengua entraba y salía, chupando mi botón con maestría, mientras dos dedos gruesos me penetraban despacio, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El olor a sexo nos envolvía, espeso y embriagador, mezclado con el incienso que ya se apagaba.

Yo quería más control, así que lo empujé boca arriba. "Ahora yo dirijo", le dije riendo, y monté su cara. Su nariz rozaba mi clítoris mientras yo me mecía, follando su boca con ritmo. Él gruñía de placer, manos en mis caderas guiándome. Sentía su barba raspándome las nalgas, el calor de su aliento, y pronto el orgasmo me pegó como latigazo: un estallido de placer que me hizo gritar, mis jugos corriéndole por la cara. Me corrí temblando, el mundo reduciéndose a pulsos en mi concha y su lengua no parando.

Escalada al clímax: lo volteé, lista para la penetración final. Su verga apuntaba al techo, latiendo, y yo la guié a mi entrada, bajando despacio. Lo sentí estirándome, llenándome hasta el fondo, un ardor delicioso que me sacó un "¡Ay, cabrón!". Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. Él me agarraba las nalgas, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas húmedas, el colchón crujiendo como la cruz en la película que ya nadie veía.

"Más fuerte, Luis, dame todo", le rogué, y él se incorporó, volteándome a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo, su vientre peludo golpeando mi culo. Cada embestida era un trueno: su verga rozando mis paredes, el glande besando mi cervix. Yo metí la mano abajo, frotando mi clítoris hinchado, mientras él me jalaba el pelo suave, como riendas. Esto es nuestra pasión, nuestra película privada, pensé en medio del delirio. Olía a sudor, a semen próximo, a mi excitación chorreando por mis muslos.

Sus gemidos se volvieron animales, "Me vengo, Ana, neta me vengo", y aceleró, martillando sin piedad pero con amor. Yo exploté primero, un orgasmo que me contrajo toda, ordeñando su verga. Él rugió, hundiéndose al máximo, y sentí los chorros calientes llenándome, desbordando, goteando calientes por mis piernas. Colapsamos juntos, jadeando, su peso cálido sobre mí como bendición.

En el afterglow, nos quedamos enredados, la película terminada en loop silencioso. Su semen se enfriaba dentro de mí, un recordatorio pegajoso y satisfactorio. Besos suaves, caricias perezosas. "En 2004 produje y dirigí la mejor pasión de mi vida contigo", le dije al oído, y él rio, apretándome contra su pecho que aún latía fuerte. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en nuestro mundo, todo era paz y promesas de más noches así. Neta, qué chido fue.

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