El Color de la Pasión Capítulo 98 Fuego en la Piel
La noche en la hacienda de Tequila envolvía todo con su manto morado y dorado, como si el cielo mismo supiera que esta era el color de la pasión capítulo 98 de mi vida con Bruno. Yo, Rebeca, había regresado después de meses de enredos familiares, de esos dramas que parecen salidos de una novela pero que duelen en el alma. Él me esperaba en el patio central, con su camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver ese torso moreno que tanto extrañaba. El aire olía a agave fermentado y jazmín silvestre, y el sonido lejano de mariachis en la fiesta de la familia me ponía la piel chinita.
—Rebeca, mi reina —murmuró él, acercándose con esa mirada de fuego que me derretía—. No sabes cuánto te he extrañado, carnala.
Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Lo miré de arriba abajo, su jean ajustado marcando esas piernas fuertes, y sentí un calor subiendo por mis muslos.
¿Por qué carajos me fui? Este pendejo es mío, y yo soy suya. Basta de juegos, esta noche lo voy a devorar, pensé mientras me lanzaba a sus brazos. Nuestros labios se encontraron en un beso salado por el sudor de la noche calurosa, sus manos grandes recorriendo mi espalda baja, apretándome contra él. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como palo de escoba, y un gemido se me escapó.
Nos separamos solo para jadear. —Ven, vamos adentro —dijo, tomándome de la mano. Caminamos por los pasillos empedrados, el eco de nuestros pasos mezclándose con el crujir de las hojas de nopal en el viento. Entramos a su recámara, iluminada por velas de cera de abeja que olían a miel y deseo. La cama king size con sábanas de algodón egipcio nos llamaba, pero no nos tiramos de inmediato. Bruno me giró despacio, desabrochando mi vestido rojo pasión, ese que compré pensando en él.
—Eres una chula, Rebeca. Mira cómo te ves, con esas tetas perfectas —susurró, besando mi cuello. Su aliento caliente me erizó los vellos, y el roce de su barba incipiente raspaba delicioso. Me quité el vestido, quedando en tanga negra y bra de encaje. Él se desvistió rápido, su cuerpo desnudo brillando bajo la luz temblorosa: pectorales firmes, abdomen marcado por horas en el gimnasio de la hacienda, y esa verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un tejo listo para el tiro.
Acto primero: la chispa. Nos miramos, el silencio cargado de promesas. Me acerqué, rozando mis pezones duros contra su pecho. —Te quiero, Bruno. No más mentiras, no más distancias. Esta noche soy tuya al cien —le dije, mi voz ronca. Él me levantó en brazos, como si no pesara nada, y me recostó en la cama. Sus labios bajaron por mi clavícula, lamiendo el valle entre mis senos. El sabor salado de mi piel lo enloqueció; gemí cuando chupó un pezón, tirando suave con los dientes.
¡Ay, wey, qué rico! Sigue así y me vengo ya.
Sus manos exploraban: una en mi nalga, amasándola como masa de tamal, la otra bajando por mi monte de Venus, rozando la tanga empapada. —Estás chorreando, mi amor. ¿Tanto me deseas? —preguntó con esa sonrisa pícara. Asentí, arqueándome. Me quitó la tanga con dientes, oliendo mi aroma almizclado de mujer en celo. Su lengua se hundió en mí, lamiendo clítoris hinchado, chupando mis labios vaginales como si fueran elotes untados en mayonesa. El placer era eléctrico, mis caderas bailando al ritmo de su boca. Grité su nombre, el sonido rebotando en las vigas de madera.
Pero no lo dejé acabar ahí. Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas. Su verga palpitaba contra mi entrada, caliente, resbalosa por mi saliva cuando la lamí de abajo arriba, saboreando su pre-semen salado y ligeramente dulce, como mezcal añejo. —Ahora yo mando, cabrón —le dije juguetona, bajando despacio. Su grosor me estiró delicioso, llenándome hasta el fondo. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas. El slap-slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo mezclándose con el jazmín, sus manos en mis caderas guiándome.
Acto segundo: la llama crece. Bruno se incorporó, abrazándome fuerte. Nuestros pechos pegados, sudor perlando nuestras pieles, besándonos con lengua profunda, saboreando mutuamente. Cambiamos posiciones; él encima ahora, embistiéndome con ritmo zacateco, profundo y constante. —¡Qué chingón se siente, Rebeca! Tu panocha es de oro —gruñó, mordiendo mi hombro. Yo clavaba uñas en su espalda, dejando surcos rojos. El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, pero lo frené.
Necesito más, que dure esta pasión eterna.
Nos pusimos de lado, cucharita ardiente. Su mano delante, frotando mi clítoris en círculos mientras me penetraba desde atrás. Sentía su corazón tronando contra mi espinazo, su aliento en mi oreja: —Te amo, mi vida. Eres el color de mi pasión. Lágrimas de emoción brotaron; esto no era solo sexo, era redención. Aceleró, mis gemidos convirtiéndose en alaridos: ¡Más duro, Bruno! ¡Dame todo!. El orgasmo me golpeó como tormenta en el Volcán de Colima: temblores, chorros de placer mojando las sábanas, mi voz quebrada.
Él no se vino aún. Me volteó boca abajo, levantando mis nalgas. Entró de nuevo, poseyéndome como toro en celo. El azote suave en mi culo resonó, picante y consentido. —¿Te gusta así, nena? —Sí, ¡pégame más!. Cada embestida mandaba ondas de placer, su saco golpeando mi clítoris. Finalmente, rugió, llenándome con chorros calientes, su semen espeso mezclándose con mis jugos. Colapsamos, exhaustos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas.
Acto tercero: el resplandor. Bruno me acunó, besando mi frente sudorosa. El cuarto olía a nosotros, a sexo satisfecho y velas apagándose. —Esto es nuestro capítulo 98, Rebeca. Pero hay miles más —dijo, su voz suave como tequila reposado. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.
Al fin, el color de la pasión es rojo sangre, nuestro rojo eterno. Afuera, los mariachis cantaban Cielito Lindo, pero nada comparado con nuestra sinfonía interna.
Nos quedamos así, entrelazados, hasta que el alba teñiría el cielo del mismo tono ardiente. Mañana enfrentaríamos el mundo, pero esta noche, en la hacienda, éramos invencibles. El deseo no se apaga; se transforma, listo para el siguiente capítulo.