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La Pasión de Cristo 2 Resurrección del Deseo

6970 palabras

La Pasión de Cristo 2 Resurrección del Deseo

El sol de Taxco caía a plomo sobre la calle empedrada durante la procesión de Semana Santa. Lucía caminaba entre la multitud, el incienso del copal llenando sus pulmones con ese aroma terroso y sagrado que siempre la había reconfortado. Llevaba un rebozo negro sobre los hombros, su piel morena brillando bajo el sudor del mediodía. A sus veintiocho años, era maestra en la secundaria local, una mujer de fe profunda, pero con un vacío en el pecho que las oraciones no llenaban. Su último novio la había dejado por ser "demasiado recatada", y desde entonces, sus noches se llenaban de sueños calientes que la despertaban jadeante, con las bragas empapadas.

En medio del murmullo de las saetas y los tambores, sus ojos se clavaron en él. Alto, de hombros anchos, con una playera ajustada que marcaba sus pectorales y un tatuaje de águila en el antebrazo. Alejandro, como se presentó después, repartía volantes de una posada cercana. Órale, güerita, ¿vienes a la vigilia esta noche? Va a estar chido, le dijo con una sonrisa pícara, sus ojos cafés devorándola de arriba abajo. Lucía sintió un cosquilleo en el estómago, como si el Espíritu Santo se hubiera equivocado de fuego.

La procesión avanzó, pero ella no podía quitárselo de la cabeza. El sudor le corría por la espalda, pegándole la blusa al cuerpo, y por un momento imaginó sus manos grandes secándola.

¿Qué me pasa? Esto es pecado, pero neta que se me antoja
, pensó, mordiéndose el labio. Al final del día, cuando el Cristo yacía en su tumba de flores, Lucía se encontró en la posada, bebiendo pulque fresco con él en el patio iluminado por velas. El aire olía a bugambilias y a su colonia amaderada, un olor que le erizaba la piel.

"¿Sabes qué? Esta procesión me recuerda a una película que vi de morrillo, La Pasión de Cristo. Pero yo pienso en la secuela, wey, La Pasión de Cristo 2 Resurrección. Imagínate si Jesús regresa no solo del sepulcro, sino con toda la pasión revivida", dijo Alejandro, su voz ronca rozándole el oído mientras se acercaba. Lucía rio nerviosa, pero el pulque le soltó la lengua. "¿Y cómo sería esa resurrección? ¿Con fuego en las venas?" Él la miró fijo. "Con deseo, carnal. Con un cuerpo que despierta y reclama lo que le quitaron."

La tensión creció como la marea en Acapulco. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, enviando chispas por sus muslos. Lucía sentía su pulso acelerado, el corazón latiéndole en la garganta. Esto es lo que necesito, se dijo. Cuando él la invitó a su habitación con vista al cerro, ella asintió, el calor entre sus piernas ya traicionándola.

La puerta se cerró con un clic suave, y el mundo se redujo a ellos dos. La habitación era sencilla pero acogedora, con sábanas blancas oliendo a lavanda fresca y una brisa nocturna entrando por la ventana. Alejandro la tomó de la cintura, sus manos callosas de trabajar en la construcción contrastando con la suavidad de su piel. "¿Estás segura, preciosa? Porque una vez que empecemos, no hay vuelta atrás", murmuró, su aliento cálido en su cuello. Lucía asintió, temblando de anticipación. "Sí, cabrón. Despiértame".

Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el pulque dulce en su lengua. Ella gimió bajito cuando él le mordió el labio inferior, un sonido gutural que reverberó en el cuarto. Sus manos exploraron, desabotonando su blusa con dedos ansiosos. El aire fresco besó sus pechos liberados, los pezones endureciéndose al instante. Alejandro los miró con hambre, como si fueran manzanas maduras. "Qué chingones están, Lucía. Perfectos", gruñó, antes de lamer uno, chupándolo con succiones lentas que la hicieron arquear la espalda.

Lucía jadeaba, el olor de su excitación mezclándose con el de él, un almizcle masculino que la volvía loca. Sus uñas se clavaron en su espalda mientras él bajaba por su vientre, besando cada centímetro.

¡Virgen santa, esto es el paraíso prohibido!
Le quitó la falda y las bragas de un tirón, exponiendo su panocha húmeda, reluciente bajo la luz de la luna. "Mira cómo te mojas por mí, mamacita. Eres un volcán", dijo, inhalando profundo su aroma salado y dulce.

Él se arrodilló, separándole las piernas con gentileza. Su lengua la rozó primero suave, como una caricia, luego más firme, lamiendo su clítoris en círculos que la hicieron gritar. "¡Ay, Dios! ¡No pares, pendejo!" Lucía se retorcía, el placer subiendo como una ola. Sus jugos le empapaban la cara, y él los bebía con deleite, metiendo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido húmedo de su chupeteo llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados.

Pero Lucía quería más. Lo empujó a la cama, montándose a horcajadas. "Ahora yo", jadeó, desabrochándole el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con una gota de precum en la punta. La olió, ese olor fuerte y varonil que la mareaba, y la lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando la sal. Alejandro gruñó, enredando los dedos en su pelo. "¡Qué chida chupas, wey! Sigue así". Ella lo tragó profundo, sintiendo cómo le llenaba la boca, gimiendo alrededor de su carne dura.

La tensión escalaba, sus cuerpos sudados chocando. Lucía se subió encima, guiando su verga a su entrada. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la haciendo llorar de placer. "¡Estás tan adentro, cabrón! Me rompes", exclamó, comenzando a cabalgar. Él la sujetaba las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada. El slap slap de piel contra piel resonaba, sus pechos rebotando hipnóticos. Olía a sexo puro, sudor y deseo desatado.

Esto es mi resurrección. De las cenizas de mi soledad, renazco en su fuego
, pensó Lucía mientras el orgasmo se acercaba. Cambiaron posiciones: él la puso a cuatro patas, penetrándola profundo, una mano en su clítoris frotando rápido. "¡Ven conmigo, amor! ¡Resucita en mí!", rugió Alejandro, evocando esa fantasía de La Pasión de Cristo 2 Resurrección. Ella explotó primero, su coño contrayéndose en espasmos, chorros de placer mojando las sábanas. Él la siguió, llenándola con chorros calientes, gritando su nombre.

Colapsaron juntos, jadeantes, el aire cargado de su esencia compartida. Alejandro la abrazó, besándole la frente. "Fuiste mi resurrección, Lucía. Volviste a la vida". Ella sonrió, el cuerpo lánguido y satisfecho, el corazón pleno por primera vez en años. Afuera, las campanas de la iglesia tañían la medianoche, anunciando no solo la vigilia, sino su nuevo comienzo. En sus brazos, Lucía sabía que la pasión no era solo sufrimiento, sino éxtasis eterno.

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