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Maria y Jesus La Pasion de Cristo Carnal

6989 palabras

Maria y Jesus La Pasion de Cristo Carnal

Era Viernes Santo en Mazatlán, el sol se ponía tiñendo el malecón de rojos intensos como sangre fresca. Yo, María, caminaba tomada de la mano de Jesús, mi carnal de toda la vida, pero últimamente algo había cambiado entre nosotros. Ese güey siempre había sido el que me hacía reír con sus chistes pendejos, el que me cargaba en hombros en las fiestas de la playa. Pero ahora, con treinta años encima, su mirada se clavaba en mí de una forma que me erizaba la piel, como si me estuviera desnudando con los ojos.

Habíamos ido a ver la obra callejera Maria y Jesus La Pasion de Cristo, esa representación tan chida que arman cada año en la plaza. El aire olía a mar salado mezclado con el humo de los elotes asados y las velas de los penitentes. La multitud murmuraba oraciones, pero yo solo podía pensar en cómo Jesús rozaba mi cintura con los dedos, un toque casual que mandaba chispas por mi espina.

¿Por qué carajos me siento así? Es Jesús, mi compa de la infancia. Pero míralo, con esa camisa ajustada marcando sus pectorales bronceados por el sol sinaloense. No mames, María, contrólate, me dije mientras la actriz que hacía de María Magdalena ungía los pies del Jesús de la obra con aceite perfumado. El aroma dulce flotaba hasta nosotros, y Jesús se inclinó a mi oído:

—Órale, carnala, qué intensa está esta escena. Me da escalofríos.

Su aliento cálido contra mi cuello fue como una caricia prohibida. Sentí mi corazón latiendo fuerte, un pulso traicionero entre mis piernas. Asentí, muda, apretando su mano más de lo necesario.

La obra avanzó: el látigo chasqueando en el aire, los gemidos del actor crucificado. La pasión religiosa se mezclaba con algo más primitivo en el ambiente, un calor colectivo que nos envolvía. Cuando terminó, la gente aplaudía, pero nosotros nos quedamos sentados en la banca de madera astillada, nuestros muslos pegados, sudados por la humedad del Pacífico.

—Vamos a mi depa, ¿no? —propuso él, su voz ronca—. Hay chelas frías y podemos platicar de esto.

No pude decir que no. Caminamos por las calles empedradas, el sonido de las olas rompiendo a lo lejos, risas de borrachos en los bares. Su mano en mi espalda baja me quemaba como brasa.

En su departamento, un loft chulo con vista al mar, el ventilador zumbaba perezoso. Sacó dos coronitas heladas, el vidrio empañado goteando condensación. Nos sentamos en el sofá de cuero desgastado, tan cerca que podía oler su colonia de sándalo mezclada con sudor masculino. Hablamos de la obra, de cómo Maria y Jesus La Pasion de Cristo siempre nos ponía pensativos.

—Esa María Magdalena... tan devota, tan entregada —dijo él, mirándome fijo—. ¿Tú serías así?

Mi boca se secó. El deseo bullía en mi vientre como tequila puro.

—Tal vez —susurré, rozando su rodilla con la mía—. Depende de quién sea el Jesús.

Se rio bajito, pero sus ojos se oscurecieron. Se acercó, su mano subió por mi muslo, bajo la falda ligera de algodón. El tacto áspero de sus callos de pescador me hizo jadear. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, saboreando la cerveza fría y el salitre del mar. Su lengua danzó con la mía, suave al principio, luego hambrienta, como si hubiera esperado años por esto.

¡Qué rico sabe! Duro, posesivo, pero con esa ternura que solo él tiene.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, sus bíceps tensos contra mi espalda. Me llevó a la cama king size, las sábanas blancas oliendo a detergente fresco y a él. Me recostó con cuidado, besando mi cuello mientras desabotonaba mi blusa. Sus labios trazaban senderos de fuego en mi clavícula, bajando a mis pechos. Lamía mis pezones endurecidos, el roce húmedo enviando ondas de placer directo a mi centro.

—Eres tan hermosa, carnala —murmuró contra mi piel—. Siempre lo supe.

Le arranqué la camisa, mis uñas rasguñando su pecho lampiño, marcado por horas en el gym improvisado de la playa. Bajé la cremallera de sus jeans, liberando su verga erecta, gruesa y palpitante, con una gota perlada en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. Él gimió, un sonido gutural que me mojó más.

Nos desnudamos mutuamente con urgencia contenida, piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. El cuarto se llenó del aroma almizclado de nuestra excitación, mezclado con el jazmín del balcón abierto. Sus dedos encontraron mi panocha empapada, resbaladizos por mis jugos. Me abrió despacio, frotando mi clítoris hinchado en círculos expertos.

—Estás chingona de mojada, María —gruñó, introduciendo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda.

Yo jadeaba, mis caderas moviéndose al ritmo de su mano, el sonido chapoteante de mi humedad obscenamente delicioso. Lo empujé hacia atrás, montándolo como una amazona. Su verga se hundió en mí centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer era cegador, una fricción perfecta que rozaba cada nervio.

¡Ay, Dios! Es enorme, me parte en dos de lo bueno que se siente.

Cabalgaba con furia, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Él embestía desde abajo, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas. Sudábamos a raudales, el colchón crujiendo bajo nosotros, el ventilador azotando nuestro cabello revuelto. Le mordí el hombro para no gritar demasiado pronto, saboreando su piel salada.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero profundo. Me abrió las piernas como en oración, penetrándome con embestidas lentas y tortuosas, luego rápidas y salvajes. Nuestros ojos conectados, vi su alma en esa mirada: amor, lujuria, devoción. Como en la obra, pero real, carnal.

—Te amo, Jesús —confesé entre gemidos, mis uñas clavadas en su espalda.

—Y yo a ti, mi María —respondió, acelerando, su verga hinchándose dentro de mí.

El orgasmo nos golpeó como una ola gigante. El mío primero, un estallido que me contrajo alrededor de él, chorros de placer escapando, empapando las sábanas. Él rugió, vaciándose en mí con espasmos calientes, su semen llenándome, goteando por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados, el corazón tronando al unísono.

Después, en la penumbra, con la brisa marina enfriando nuestro sudor, nos besamos suaves, perezosos. Él trazaba círculos en mi vientre, yo jugaba con su cabello negro ondulado.

—Esa obra... Maria y Jesus La Pasion de Cristo —dijo él riendo bajito—. Nos prendió la mecha, ¿verdad?

—Sí, pero esto es mejor que cualquier pasión santa —repliqué, acurrucándome en su pecho.

El mar susurraba afuera, prometiendo más noches así. Habíamos cruzado el umbral, de amigos a amantes, y no había vuelta atrás. En ese momento, con su calor envolviéndome, supe que nuestra propia pasión apenas comenzaba.

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