Ánimo de Pasión
La noche en Polanco estaba viva con ese bullicio que solo la capital sabe armar: risas estridentes, el tintineo de copas chocando y el aroma dulzón del mezcal flotando en el aire. Yo, Laura, de veintiocho pirulos, acababa de entrar al bar con mis cuates, pero la neta, andaba con un vacío que ni las chelas frías lograban tapar. Hacía meses que no sentía ese cosquilleo en el estómago, ese ánimo de pasión que te hace vibrar como si el mundo entero fuera tuyo.
Estaba recargada en la barra, con mi vestido negro ceñido que marcaba curvas justas, cuando lo vi. Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba "vato peligroso pero chido". Sus ojos cafés me clavaron desde el otro lado del salón, y sentí un calor subiéndome por las piernas. Órale, ¿qué pedo con este wey? pensé, mientras él se acercaba con paso seguro, como si supiera que yo ya estaba enganchada.
—Mamacita, ¿me invitas a un trago o te invito yo? —dijo con voz ronca, ese acento chilango que suena a puro fuego.
Me reí, juguetona. —Simón, pero solo si bailas bien la salsa. No quiero pendejadas de baile de cantina.
La pista estaba que ardía con ritmos latinos, el sudor de la gente mezclándose con perfumes caros. Sus manos en mi cintura fueron como electricidad: firmes, cálidas, guiándome en giros que me pegaban el cuerpo al suyo. Olía a colonia fresca y a hombre, ese olor que te hace morderte el labio. Cada roce de su pecho contra mis tetas me encendía más, y en su mirada vi el mismo hambre.
Este carnal sabe lo que quiere, y neta, yo también lo quiero ya, me dije mientras mi pulso se aceleraba al ritmo de los tambores.
Al final de la canción, jadeando, me jaló hacia un rincón oscuro. Sus labios rozaron mi oreja: —¿Vamos a otro lado, reina? Prometo no decepcionarte.
Consentí con un beso que sabía a tequila y promesas. Salimos al aire nocturno, el viento fresco besando mi piel caliente mientras subíamos a su coche, un cacharro chulo con asientos de piel. En el camino a su depa en Lomas, sus dedos jugaban en mi muslo, subiendo despacito, y yo no pude más: le metí mano por el pantalón, sintiendo lo duro que ya estaba. ¡Qué chingón!
Acto dos: la escalada
El elevador al piso quince fue puro tormento delicioso. Apenas cerraron las puertas, me acorraló contra la pared, besándome con furia. Su lengua exploraba mi boca, saboreando el dulce del mezcal en mis labios, mientras sus manos amasaban mis nalgas. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Su piel sabe a sal y deseo, pensé, arañándole la espalda bajo la camisa.
Entramos al depa, luces tenues iluminando un lugar minimalista con vista al skyline de la ciudad. Me quitó el vestido de un jalón, quedándome en tanga y bra, expuesta ante él. Sus ojos se devoraban mi cuerpo: pechos firmes, cintura estrecha, caderas que pedían ser agarradas. —Eres una diosa, Laura —murmuró, lamiendo mi cuello, bajando hasta mis pezones que ya estaban duros como piedras.
Lo empujé al sofá, queriendo tomar control. Le desabroché el cinturón, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas latiendo contra mi palma. La chupé despacio, saboreando su gusto salado, mientras él gruñía: —¡Qué rico, pinche morra! Sus caderas se movían, follándome la boca suave, pero yo mandaba el ritmo, mirándolo a los ojos para ver su cara de puro placer.
Pero el ánimo de pasión pedía más. Me levantó como pluma, llevándome a la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Se hincó entre mis piernas, besando mi interior de muslos, oliendo mi excitación. Su lengua en mi clítoris fue fuego: lamidas lentas, círculos perfectos, chupando hasta que arqueé la espalda, jadeando. ¡No pares, cabrón! El cuarto se llenó de mis gemidos y el sonido húmedo de su boca devorándome. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto G que me hacía ver estrellas. Mi primer orgasmo llegó como ola, convulsionando, mojadísima, gritando su nombre.
Él no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espinazo, mordisqueando nalgas. Su verga rozaba mi entrada, pidiendo permiso. —Dame luz verde, mi amor —susurró. —¡Ya, métela toda! —rogué, empinándome.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Qué llena me siento! Sus embestidas empezaron suaves, profundas, el sonido de piel contra piel retumbando. Agarraba mis caderas, acelerando, sudando juntos. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con su colonia. Volteamos: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, sus manos en ellas pellizcando pezones.
Este ánimo de pasión nos consume, y qué chido es dejarse llevar, pensé mientras rotaba caderas, sintiendo su verga golpear mi fondo.
La tensión crecía: él debajo, follándome duro, yo rayándole el pecho. Sudor goteando, respiraciones entrecortadas, gemidos convirtiéndose en gritos. —¡Me vengo, Laura! —avisó. —¡Dentro, córrele! —ordené, y explotamos juntos. Su leche caliente llenándome, mi coño contrayéndose en espasmos interminables. Caímos exhaustos, cuerpos enredados, pulsos latiendo al unísono.
Acto tres: el eco del fuego
Despertamos al amanecer, la ciudad despertando allá abajo con bocinas lejanas y el sol tiñendo las cortinas. Su brazo alrededor de mi cintura, piel pegajosa de sudor seco, olía a nosotros: sexo, pasión consumada. Me besó la frente, suave. —Gracias por esta noche, güey. Fue épico.
Nos duchamos juntos, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón resbalando por curvas y músculos. Sus manos en mi jabonoso cuerpo revivieron chispas, pero esta vez fue tierno: caricias, besos lentos. Salimos envueltos en toallas, café negro humeando en tazas, platicando de la vida. Él, ingeniero de treinta, divorciado pero sin dramas; yo, diseñadora gráfica harta de weyes mediocres.
—Neta, despertaste algo en mí —le dije, recargada en su pecho desnudo—. Ese ánimo de pasión que creí perdido.
Me sonrió, jalándome para un último polvo matutino: misionero lento, miradas clavadas, susurrando guarradas al oído. Qué rico saber que esto apenas empieza. Terminamos con risas, besos salados.
Al despedirnos en la puerta, con su número en mi cel, sentí el lingering: piernas flojas, sonrisa boba, el fantasma de su toque en mi piel. Bajé al coche, el sol calentando el volante, y arranqué pensando: La vida en México sabe dar sorpresas chingonas cuando menos te lo esperas. El ánimo de pasión no se apaga; solo espera el momento perfecto para arder de nuevo.