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Final del Abismo de Pasión 2022

7437 palabras

Final del Abismo de Pasión 2022

Era la noche del final de abismo de pasión 2022, pero no como lo pintan en las novelas, sino en carne viva, en el calor pegajoso de un rooftop en Polanco. El aire olía a mezcal ahumado y jazmines flotando desde los macetones, mientras la ciudad bullía abajo con bocinas lejanas y risas de borrachos. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa pendeja lista para la conquista, llegué con mis compas del trabajo. Neta, solo quería desquitarme del pinche año que se iba, con sus broncas de oficina y el corazón hecho mierda por un ex que no valía ni madres.

Ahí lo vi. Marco, alto, moreno, con esa barba de tres días que raspaba la imaginación y ojos que te chupaban el alma. Estaba recargado en la baranda, con una chela en la mano, platicando con unos cuates. Su camisa blanca abierta hasta el pecho dejaba ver un tatuaje que asomaba, algo tribal que gritaba peligro delicioso. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en pólvora. Sentí un cosquilleo en la nuca, el estómago se me revolvió de esa forma que sabes que vas a caer hondo. Me acerqué con mi mejor pose, meneando las caderas al ritmo de la cumbia rebajada que tronaba en los parlantes.

¿Qué wey es este que me mira así? Neta, parece que me va a devorar entera.

—Órale, güerita, ¿vienes a robarme el año nuevo o qué? —me soltó con esa voz grave, ronca como tequila reposado.

Reí, tocándole el brazo sin pensarlo. Su piel estaba caliente, dura bajo mis dedos, y olía a colonia cara mezclada con sudor fresco. —Tal vez, carnal. ¿Tú qué traes pa'l trueque?

Charlamos un rato de pendejadas: el tráfico de la Roma, lo chido de los tacos de suadero en la esquina, cómo el 2022 nos había puesto a madurar a la fuerza. Pero debajo de las risas, la tensión crecía como humedad en la piel. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis tetas que el vestido apenas contenía, y yo sentía mi concha palpitar, húmeda ya, traicionera. Bailamos salsa, pegaditos, su mano en mi cintura baja, rozando el borde de mi nalga. Cada giro, su aliento en mi oreja: —Neta, Ana, me estás volviendo loco.

Las doce campanas del reloj lejano marcaron el fin del año viejo. Todos gritaban, besaban, lanzaban cohetes que estallaban como orgasmos en el cielo. Nosotros nos comimos la boca ahí mismo, su lengua invadiendo la mía con sabor a limón y cerveza, manos enredadas en el pelo. El mundo se desvaneció; solo existía su cuerpo duro contra el mío, el latido de su corazón tronando en mi pecho.

—Vámonos de aquí, mi reina —murmuró, mordiéndome el lóbulo de la oreja.

Terminé en su depa en la Condesa, un lugar chulo con ventanales al parque, luces tenues y una cama king size que parecía hecha para pecados. El aire acondicionado zumbaba suave, pero el calor entre nosotros era infernal. Nos sentamos en el sofá de piel, con una botella de mezcal que él sirvió en vasos de cristal. Hablamos de verdad ahora, sin máscaras. Él era diseñador gráfico, freelance, con un divorcio fresco que lo había dejado hecho pedazos. Yo confesé mis miedos, cómo el abismo de la soledad me aterraba más que nada.

Este wey me entiende, neta. Siento que si me dejo ir, no hay vuelta atrás.

Sus dedos trazaban círculos en mi muslo desnudo, subiendo lento, torturándome. El roce era eléctrico, piel de gallina en todo el cuerpo. Lo besé primero, suave, probando su boca salada. Él respondió con hambre, manos en mi espalda bajando el zipper del vestido. La tela cayó como cascada, dejándome en brasier de encaje y tanga. Sus ojos se oscurecieron, devorándome.

—Eres una chulada, Ana. Déjame adorarte.

Me levantó en brazos, fuerte, seguro, y me llevó a la cama. El colchón se hundió bajo nuestro peso, sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Se quitó la camisa, revelando ese torso esculpido, músculos que se flexionaban con cada movimiento. Olía a hombre puro, a deseo crudo. Besó mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a mis pechos. Sacó un nipple con los dientes, suave al principio, luego chupando fuerte hasta que gemí alto, arqueándome.

—Sí, así, mi amor. Gime pa' mí.

Mis manos exploraban su espalda, uñas clavándose en la carne mientras él lamía mi vientre, el ombligo, llegando al borde de la tanga. La quitó con los dientes, animal, y su aliento caliente rozó mi panocha empapada. Sentí su lengua primero, plana y lenta, saboreando mis jugos dulces y salados. —Qué rica estás, nena. Como miel de maguey.

Mi clítoris palpitaba bajo sus labios, succiones expertas que me hacían ver estrellas. Gemí su nombre, piernas temblando, manos en su pelo negro revuelto. —¡Marco, no pares, pendejo! ¡Me vengo!

El orgasmo me azotó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, jugos chorreando en su boca. Él lamió todo, bebiendo mi placer, hasta que me quedé jadeando, piel erizada.

Pero no paró. Se puso de pie, quitándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que brillaba bajo la luz. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo caliente. La masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos, gruñir bajo. —Chúpamela, Ana. Quiero tu boca.

Me arrodillé, obediente, lengua girando en la cabeza salada, saboreando su esencia masculina. Lo tragué profundo, garganta relajada, saliva chorreando. Él embestía suave, manos en mi cabeza, gimiendo: —¡Qué chingona eres, wey!

No aguantó mucho. Me levantó, me tiró a la cama boca arriba. Se colocó entre mis piernas, verga rozando mi entrada húmeda. —Dime que sí, mi vida. Quiero hundirme en ti.

—Sí, métemela toda. Hazme tuya.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno total, pulsando dentro. Gemimos juntos, piel sudada pegándose. Empezó a moverse, lento al principio, salidas y entradas que rozaban mi punto G. El sonido era obsceno: carne contra carne, jugos chapoteando, respiraciones roncas. Aceleró, embestidas profundas, bolas golpeando mi culo.

Yo clavaba uñas en su espalda, piernas enredadas en su cintura. —¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo!

El ritmo se volvió frenético, cama crujiendo, sudor goteando de su frente a mis tetas. Sentía cada vena de su verga, cada roce en mis paredes sensibles. El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle y pasión pura. Mi segundo orgasmo crecía, tensión en el bajo vientre, pezones duros como piedras.

Esto es el abismo, neta. El final de todo lo que conocía, y qué chido caer.

—Me vengo, Ana. ¡Juntos!

Explotamos al unísono. Su verga se hinchó, chorros calientes inundándome, mientras mi concha ordeñaba cada gota, espasmos interminables. Grité, él rugió, cuerpos temblando en éxtasis. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono.

Después, en el afterglow, él me acunaba, besos suaves en la frente. El amanecer teñía las cortinas de rosa, 2023 empezaba afuera, pero nosotros flotábamos en nuestro mundo. —Esto fue el final de abismo de pasión 2022, mi amor. El mejor cierre.

Sonreí, piel pegajosa y satisfecha, corazón lleno por primera vez en años. No sabía si sería para siempre, pero esa noche nos había marcado. El abismo no era oscuridad; era luz pura, pasión que ilumina. Y yo, Ana, salí renacida, lista para lo que viniera.

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