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Ejemplos de Pasiones Positivas y Negativas Desatadas

6995 palabras

Ejemplos de Pasiones Positivas y Negativas Desatadas

La noche en la colonia Roma bullía con ese calor pegajoso de mayo en la Ciudad de México. El aire olía a tacos de suadero asándose en la esquina y a jazmines trepando por las paredes de las casas antiguas. Yo, Ana, caminaba con mi amiga Lupe hacia la fiesta en la casa de un cuate común, sintiendo el roce fresco de mi vestido negro contra mis muslos. Hacía meses que no salía así, desde que terminé con ese pendejo de Rodrigo, que me había hecho probar las pasiones negativas hasta el hartazgo.

¿Cuántas veces me desperté con el estómago revuelto por sus celos enfermizos? Esa pasión negativa que te quema por dentro como chile en nogada mal preparado.

Entramos y la música ranchera moderna retumbaba, con trompetas que vibraban en el pecho. Luces tenues, cuerpos bailando pegados. Ahí lo vi: Marco, alto, con esa sonrisa pícara que ilumina como sol de mediodía en Xochimilco. Pelo revuelto, camisa ajustada marcando pectorales firmes. Nuestras miradas chocaron y sentí un cosquilleo en la nuca, como si el tequila que acababa de pedirme ya me subiera a la cabeza.

—Órale, qué chula —me dijo acercándose, con voz grave que me erizó la piel.

Charlamos de todo: de la ciudad que no duerme, de antojos de elotes en la calle. Él era arquitecto, apasionado por restaurar casas porosas en el Centro. Yo le conté de mi trabajo en una galería de arte, pintando paisajes que capturan el alma mexicana. La plática fluyó como mezcal suave, y entre risas mencioné sin pensarlo:

—La vida está llena de ejemplos de pasiones positivas y negativas, ¿no? Como Rodrigo, que me asfixiaba con su control, pura pasión negativa que te deja hecha mierda.

Marco asintió, sus ojos cafés clavados en los míos. —Neta, Ana. Pero las positivas... esas te elevan, te hacen volar como papalote en feria.

El deseo inicial se encendió ahí, en ese roce accidental de manos al pasar el vaso. Su piel cálida contra la mía, un pulso acelerado que latía al ritmo de la cumbia rebajada que pusieron después. Bailamos, cuerpos rozándose, su aliento mentolado mezclándose con el mío de limón y sal. Sentí su erección presionando mi cadera, dura como piedra prehispánica, y en vez de huir, me pegué más. Consentimiento mutuo en cada mirada, en cada susurro al oído.

Salimos a la terraza, el viento nocturno trayendo olor a lluvia lejana. Nos besamos por primera vez: labios suaves, lengua explorando con hambre contenida. Sabía a tequila reposado, con un toque dulce de chicle de tamarindo. Sus manos en mi cintura, bajando lento a mis nalgas, apretando con fuerza que me hizo gemir bajito. Esto es pasión positiva, pensé, el corazón martillando como tambores de son jarocho.

Volvimos adentro solo para despedirnos de Lupe, que nos guiñó el ojo con picardía. —Pórtense chidos, ¿eh?

En su coche, un Tsuru viejo pero limpio, el trayecto a su depa en la Condesa fue puro fuego lento. Su mano en mi muslo, subiendo despacio bajo el vestido, dedos rozando el encaje de mi tanga húmeda ya. Yo le acariciaba el bulto en los jeans, sintiendo el calor irradiar. —Me traes loco, Ana —gruñó, y aceleró, el motor rugiendo como mi propia excitación.

Acto dos: la escalada. Llegamos a su departamento, un loft con vigas expuestas y arte callejero en las paredes. Olía a café recién molido y a su colonia amaderada. Me quitó el vestido con reverencia, besando cada centímetro de piel expuesta: cuello, pechos, ombligo. Mis chichis se endurecieron al aire fresco, pezones rosados pidiendo su boca. Los lamió, succionó, mordisqueó suave, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris palpitante.

Con Rodrigo era todo posesión bruta, pasión negativa que dolía más que gozaba. Aquí, con Marco, cada toque era diálogo, pregunta y respuesta en caricias.

Lo desvestí yo, arrancando camisa y jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, coronada de un glande brillante de precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, y la lamí desde base hasta punta, saboreando salmuera masculina mezclada con su esencia. Él jadeó, —¡Qué rico, nena!, enredando dedos en mi pelo negro largo.

Me tendió en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Besó mi interior de muslos, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Lengua en mi panocha, abriendo labios mayores, lamiendo lento el clítoris hinchado. Gemí alto, caderas arqueándose, jugos fluyendo como chocolate derretido. Introdujo dos dedos, curvándolos en mi punto G, masajeando mientras chupaba. El orgasmo build-up fue gradual: tensión en vientre, pulsos en venas, sudor perlando frentes. Exploté gritando su nombre, temblores sacudiendo mi cuerpo, olas de placer puro.

Pero no paramos. Él se colocó encima, verga en mi entrada resbaladiza. —¿Quieres? —preguntó, ojos pidiendo permiso.

—Sí, cógeme ya, wey —rogué, envolviendo piernas en su cintura morena.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Lleno, profundo. Empezamos lento, ritmos de salsa sensual: embestidas suaves, roces de pelvis. Sus bolas chocando contra mi culo, sonido húmedo obsceno. Aceleramos, piel palmoteando piel, sudor goteando, mezclándose. Olía a sexo crudo, a testosterona y estrógenos bailando. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones; las mías arañando su espalda musculosa.

Inner struggle: recordé flashes de Rodrigo, su pasión negativa que terminaba en gritos y portazos. Pero Marco gemía —Te adoro así, libre, volteándome a cuatro patas para penetrar más hondo. Doggy style intenso, su vientre contra mi culo redondo, verga golpeando cervix con placer punzante. Me volteó de nuevo, misionero íntimo, miradas trabadas mientras el clímax nos acechaba.

—Me vengo —avisó, y yo apreté vaginales, ordeñándolo. Chorros calientes inundándome, mi segundo orgasmo sincronizado, espasmos mutuos, gritos ahogados en besos.

Colapsamos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono. El afterglow fue mágico: suaves caricias en pelo, besos perezosos en hombros. El aire olía a semen y sudor dulce, ventana abierta trayendo brisa con eco de mariachis lejanos.

—Esto es un ejemplo perfecto de pasiones positivas —murmuré, trazando círculos en su pecho velludo.

Él rio bajito. —Y las negativas, que se vayan al carajo. Contigo quiero más ejemplos así, Ana.

Nos quedamos dormidos así, envueltos en sábanas revueltas, el amanecer pintando el cielo de rosa chicle. Esa noche cambió todo: de las sombras de pasiones tóxicas a la luz de las que nutren el alma y el cuerpo. Neta, la vida en México sabe mejor cuando la pasión es positiva, compartida, ardiente como un buen mole poblano.

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