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Pasion Morena Cancion

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Pasion Morena Cancion

Entré al bar de la Zona Rosa esa noche de viernes, con el calor de la ciudad pegándome en la cara como un beso ardiente. El lugar estaba a reventar, luces neón parpadeando sobre cuerpos que se movían al ritmo de la banda en vivo. Yo, un pendejo de treinta y tantos que trabaja en una oficina del centro, solo buscaba un trago para olvidar la semana de mierda. Pero entonces la vi. La morena. Subida al escenario, con su piel cobriza brillando bajo los reflectores, el pelo negro cayéndole en ondas salvajes por la espalda. Vestía un vestido rojo ceñido que marcaba cada curva, como si el tela estuviera pintada sobre sus chichis firmes y su culo redondo.

Agarró el micrófono y empezó a cantar. Su voz era ronca, profunda, como miel quemada derramándose en mis oídos. "Pasion Morena Cancion", anunció con una sonrisa pícara que me erizó la piel. La letra hablaba de deseos prohibidos, de cuerpos que se buscan en la oscuridad, de lenguas que prueban el salado de la piel. Cada nota vibraba en mi pecho, bajando directo a mi verga que se despertaba sola. La miré fijo, hipnotizado por cómo movía las caderas al ritmo, sus labios carnosos articulando palabras que me ponían la mente en corto. Olía a jazmín y tequila desde mi mesa, un aroma que se colaba entre el humo y el sudor del lugar.

¿Quién es esta chava? Neta, parece salida de un sueño mojado. Sus ojos negros me clavan, ¿o soy yo el que la mira como un hambriento?
Pensé mientras daba un trago a mi chela, el frío del vidrio contrastando con el fuego que me subía por las venas.

La canción terminó en un gemido prolongado que hizo que todo el bar aplaudiera como locos. Ella bajó del escenario, riendo, con el sudor perlando su escote. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Sonrió, y yo sentí un tirón en el estómago. Me levanté como un imán y me acerqué a la barra donde ella pedía un shot de tequila.

Órale, güey, qué voz tan chingona —le dije, tratando de sonar casual, pero mi voz salió ronca.

Se giró, ladeando la cabeza. —Gracias, carnal. Soy Lupita. ¿Y tú?

—Alex. Neta, esa pasion morena cancion me dejó loco. ¿La escribiste tú?

Rió, un sonido gutural que me vibró en los huevos. —Sí, de mis noches solas. ¿Quieres otra chela conmigo?

Nos sentamos en una mesa apartada, hablando de la vida en la CDMX, de cómo la ciudad te come vivo pero también te da estos momentos. Sus manos morenas rozaban las mías al gesticular, su piel tibia como arena caliente de playa. Olía a su perfume mezclado con el sudor fresco de la actuación, un olor que me ponía la polla tiesa bajo la mesa. Contó anécdotas de giras por Guadalajara y Monterrey, yo le hablé de mis escapes a Polanco para olvidar el estrés. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental que ya no era accidental.

La banda tocaba rancheras electrificadas, y ella me jaló a la pista. —¡Baila conmigo, pendejo! —gritó sobre la música.

Sus caderas se pegaron a las mías, moviéndose en un vaivén que imitaba el sexo puro. Sentí su culo apretado contra mi entrepierna, mi verga endureciéndose contra ella. Sus manos en mi cuello, mi aliento en su oreja. Sudábamos juntos, el olor a deseo crudo llenando el aire. Sus labios rozaron mi mejilla, y susurró: —Me gustas, Alex. Vamos a mi depa, está cerca.

No lo pensé dos veces. Salimos al fresco de la noche, el bullicio de la avenida contrastando con el pulso acelerado en mis sienes. Tomamos un taxi, sus dedos jugueteando en mi muslo todo el camino, subiendo peligrosamente cerca de mi paquete. En su departamento en la Condesa, todo era arte callejero en las paredes y velas aromáticas que olían a vainilla y canela.

Esto va a pasar. Su piel morena bajo mis manos, su boca en la mía. No puedo esperar más.

La besé apenas cerró la puerta. Sus labios suaves, sabían a tequila y menta, su lengua invadiendo mi boca con hambre. La empujé contra la pared, mis manos amasando sus chichis por encima del vestido. Gimió en mi boca, un sonido que me erizó todo el cuerpo. —Quítamelo todo, güey —jadeó.

Le bajé el vestido de un tirón, exponiendo sus tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos como chocolate amargo. Los chupé con ganas, saboreando su salado, sintiendo cómo se arqueaba contra mí. Sus uñas en mi espalda, arañando justo lo suficiente para doler rico. Olía a su excitación, ese musk femenino que nubla la razón.

La cargué al sillón, quitándome la camisa mientras ella me desabrochaba el pantalón. Mi verga saltó libre, gruesa y palpitante. —¡Qué chula está tu verga! —dijo con ojos brillantes, lamiéndose los labios.

Se arrodilló, su boca caliente envolviéndome. Sentí su lengua girando en la cabeza, succionando con maestría, el sonido húmedo de su saliva mezclándose con mis gemidos. La polla me latía en su garganta, el calor de su boca como un horno. La miré, su piel morena contrastando con mi carne, el pelo negro cayendo sobre sus hombros mientras me mamaba como una diosa.

La subí al sillón, abriéndole las piernas. Su panocha depilada brillaba de jugos, rosada y hinchada. La olí primero, ese aroma dulce y almizclado que me volvió loco. Lamí su clítoris despacio, saboreando su miel salada, metiendo la lengua adentro mientras ella se retorcía. —¡Ay, cabrón, no pares! ¡Chúpame más! —gritaba, sus muslos temblando alrededor de mi cabeza.

La penetré de un solo empujón, su coño apretado y húmedo tragándome entero. Era como volver a casa, cálido y perfecto. Empecé a bombear lento, sintiendo cada vena de mi verga rozando sus paredes. Sus tetas rebotaban con cada estocada, sus ojos fijos en los míos, llenos de fuego. —Más fuerte, Alex, rómpeme —suplicó.

Aceleré, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación, sudor goteando de mi frente a su pecho. Sus piernas en mi cintura, talones clavándose, urgiéndome más profundo. El olor a sexo puro, a cuerpos en combustión. Sentí sus contracciones primero, su orgasmo explotando en gritos ahogados, su coño ordeñándome. —¡Me vengo, pendejo! ¡Sí!

No aguanté más. Me corrí dentro de ella con un rugido, chorros calientes llenándola, mi cuerpo convulsionando. Colapsamos juntos, jadeando, piel pegajosa contra piel.

Después, recostados en su cama con sábanas revueltas, fumamos un cigarro compartido. Su cabeza en mi pecho, el latido de su corazón calmándose contra el mío. —Netamente chingón, carnal —murmuró, trazando círculos en mi abdomen.

Tú eres la pasion morena cancion que necesitaba —le respondí, besando su frente.

La noche se estiró en caricias perezosas, promesas de más canciones y más pasión. Salí al amanecer con el cuerpo satisfecho, el alma en llamas, sabiendo que esta morena había marcado mi piel para siempre.

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